Este se encontraba aún usando un corsé ortopédico, y sólo contaba con un grupo de oficiales, unos pocos mapas, doscientos mil hombres -en teoría-, y la orden de Hitler de lanzar una poderosa contraofensiva desde la misma zona que estaba ocupada por las cabezas de puente de Simpson. El plan consistía en abrir un pasillo de trescientos veinte kilómetros de profundidad a través de la zona de Simpson, hasta llegar al área del Ruhr. De poderse conseguir esto, se salvaría a los efectivos de Model de la trampa en que se hallaban, y los ejércitos de Montgomery y Bradley quedarían separados entre sí.
El 13 de abril, Hitler mandó llamar al joven oficial de operaciones de Model, coronel Günther Reichhelm, y le comunicó que desde ese momento era el jefe de Estado Mayor del general Wenck.
– El 12.° Ejército deberá introducir una cuña entre las tropas inglesas y norteamericanas, hasta llegar al Grupo de Ejército B. ¡Tienen que avanzar sin detenerse, hasta el Rhin!
Para aquel que hubiera contemplado la situación desesperada en que se hallaba la bolsa del Ruhr, aquello era una insensatez descomunal. Pero, además, Hitler quería poner en práctica una artimaña que utilizaban con frecuencia los rusos.
– Estos se infiltran en nuestras líneas por la noche, con pocas municiones y armamento.
Hitler ordenó que Richhelm reuniera doscientos «Volkswagen» y los utilizase para introducirse en las líneas enemigas, provocando tal confusión en su retaguardia, que el 12.° Ejército pudiera contraatacar sin dificultades.
Model no se sentía tan optimista como el Führer en sus mensajes. Se daba cuenta de que Wenck seguramente no llegaría a entrar en contacto con sus tropas. Los trescientos mil hombres del Grupo de Ejército B se encontraban en esos momentos rodeados en una zona de cincuenta kilómetros escasos de diámetro, con comida y municiones para poco más de tres días. La situación era tan desesperada que el nuevo jefe de Estado Mayor de Model, general Carl Wagener, urgió a Model a que pidiese autorización al alto mando para rendirse. Dijo que una petición de tal naturaleza, proviniendo de un militar tan pundonoroso como Model, quizá haría que el alto mando llegase incluso a poner fin a una guerra que ya estaba irremediablemente perdida.
– No me es posible hacer una petición de esa clase -contestó Model, al que repugnaba la idea de rendirse.
Al terminar aquel mismo día, sin embargo, se hizo evidente que la capitulación era inevitable. Las tres ciudades más importantes que se hallaban entre Berlín y éclass="underline" Hannover, Brunswick y Magdeburgo, habían caído en poder de los norteamericanos. Con un acento que Wagener difícilmente pudo reconocer, Model declaró que tenía la responsabilidad personal de salvar a sus hombres, y decidió tomar una medida que no tenía precedente: iba a disolver por mandato el Grupo de Ejército B, librando a las tropas de la humillación de tener que rendirse. Pero instruyó a Wagener para que antes desmovilizase a los soldados más jóvenes y más ancianos, a fin de que pudieran regresar a sus hogares como civiles. Los demás dispondrían de setenta y dos horas para decidirse por una de las tres alternativas siguientes: podrían regresar a sus casas, rendirse individualmente o tratar de retirarse luchando.
Al día siguiente, 15 de abril, los Aliados seccionaron en dos la bolsa del Ruhr. Cuando Hitler se enteró, ordenó que las dos partes volvieran a unirse. Model se limitó a ojear el telegrama y no se molestó en transmitir aquella orden imposible de llevar a cabo. Todo era inútil, y al anochecer la bolsa oriental cayó en poder de los Aliados.
El general Ridgway, comandante del XVIII Cuerpo Aerotransportado, acababa de enviar a su ayudante, el capitán F. M. Brandstetter, al puesto de mando de Model, con una bandera blanca, para pactar. El capitán portaba una generosa carta de Ridgway, que debió dejar asombrado a Model, si en aquellos momentos éste pudiera aún asombrarse de algo.
«Nunca la historia, ni la profesión militar, han registrado la existencia de un carácter más noble, un maestro más brillante en el arte de la guerra, y un subordinado más fiel a los intereses del Estado, que el general americano Robert E. Lee. Este mes hace ochenta años que con su mando diezmado, carente de medios de combate y totalmente rodeado por fuerzas que le superaban considerablemente en número, eligió una honrosa capitulación.
»Ante usted se presenta ahora la misma elección. Por el honor militar, por la reputación del Cuerpo de Oficiales alemán y en beneficio del futuro de su nación, le exhorto a que deponga las armas al momento. Las vidas alemanas que usted pueda salvar servirán para restituir a su nación al lugar que le corresponde dentro de la sociedad. Las ciudades alemanas que se salven de la destrucción gracias a usted serán un bien insustituible para el bienestar futuro de su pueblo.»
Brandstetter regresó con uno de los oficiales del Estado Mayor de Model, el cual le contestó verbalmente que Model no podía rendirse, pues así se lo había jurado personalmente a Hitler, y la sola consideración a la proposición de Ridgway hubiera significado atentar contra su honor.
A unos trescientos veinte kilómetros al Este, Simpson se hallaba en su puesto de mando del frente, cerca del río Elba, haciendo los planes finales para la toma de Berlín, cuando le llamaron por teléfono. Era Bradley, el cual deseaba que se trasladase inmediatamente al cuartel general táctico del 12.° Grupo de Ejército, situado en Wiesbaden. Simpson supuso que Bradley querría saber cuándo iba a atacar Berlín el Noveno Ejército. Ya en camino hacia el puesto de mando de Bradley, Simpson revisó de nuevo sus planes. En cuarenta y ocho horas, las divisiones 2.ª Acorazada y 83° de Infantería atacarían en grupo a lo largo de la autopista que conducía hasta Berlín. En cuanto regresase, daría las órdenes finales.
Cuando descendió del avión en Wiesbaden, Bradley ya le estaba esperando. Se estrecharon la mano, y lo primero que manifestó Bradley fue lo siguiente:
– Voy a decírselo ahora mismo: debe usted detenerse donde se encuentre; no puede seguir adelante.
– ¿Quién demonios ha dado esa orden?-inquirió Simpson, estupefacto-. ¡Podría hallarme en Berlín dentro de veinticuatro horas!
– Acabo de recibir la orden de Ike.
Simpson insistió en que había escasa oposición al otro lado del Elba. En su opinión había camino libre hacia Berlín, y no esperaba hallar defensa alguna hasta llegar a los suburbios de la capital. Pero las discusiones no servían de nada, y totalmente descorazonado, Simpson regresó a su puesto de mando.
– Bien, señores, esto es lo que ha sucedido -dijo a los corresponsales de guerra, que estaban esperándole-. Tengo órdenes de detenerme donde estoy. No puedo seguir hacia Berlín.
– ¡Eso es vergonzoso! -exclamó un periodista.
Simpson trató de disimular su propia decepción, y dijo con tono forzado:
– Esas son las órdenes que he recibido, y no tengo más comentarios que hacer.
Una de las razones que decidieron a Eisenhower a eludir Berlín, hacia fines de mayo, fue el hecho de que los rusos se hallaban mucho más cerca de la capital alemana, y sin duda llegarían primero. Pero dos semanas más tarde, Simpson y Zhukov se encontraban casi a la misma distancia de la Cancillería del Reich, y la declaración de Simpson al manifestar que podía estar en Berlín al cabo de veinticuatro horas, no era una simple bravata. A excepción de algunas unidades alemanas dispersas, la mayoría de las cuales ofrecería poca o ninguna resistencia, nada se interponía entre él y Hitler, más que Eisenhower. [51]
[51] Seis días después, Bedell Smith manifestó en una conferencia de Prensa celebrada en el "Hotel Scribe", de París, que Berlín "ya no es importante". Un periodista preguntó si Eisenhower se había detenido en el Elba debido a algún acuerdo con los rusos. "No -contestó Smith-, nuestro único acuerdo con los rusos ha consistido en elegir la zona en que esperamos reunirnos con ellos. En nuestra correspondencia de hace un tiempo -de hace unas siete u ocho semanas, para precisar- convinimos 'con los rusos que nos encontraríamos en la zona de Leipzig-Dresde."
Al día siguiente, Drew Pearson escribió en el
Harry Hopkins escribió una indignada réplica:
Esto era cierto, pero las siguientes frases de Hopkins revelan una indudable ignorancia acerca de la verdadera situación que reinaba a orillas del Elba.