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Estos mensajes no indicaban, sin embargo, la creciente resolución de Roosevelt a colaborar firmemente con Churchill, en contra de Stalin. Eso sólo se puso de manifiesto al final de su nota para el primer ministro, cuando declaró: «Debemos mostrarnos firmes, y por otra parte, seguir con nuestra actitud, que hasta el momento es correcta.» Pero para un nuevo presidente, semejante consejo resultaba demasiado sutil.

Como había ocurrido con todos los vicepresidentes que asumieron antes que él la suprema magistratura del país, Truman tampoco se hallaba al corriente de los enormes problemas con que debía enfrentarse el presidente. Por ejemplo, no se le había revelado la existencia de la habitación de mapas secreta de la Casa Blanca, hasta que Roosevelt partió para Yalta, y aun así, todavía Truman no había entrado en ella. El nuevo presidente, en consecuencia, se hallaba deficientemente preparado para encarar tal cantidad de abrumadoras responsabilidades. Sólo su agilidad mental y su gran dosis de sentido común le permitirían librarse de cometer imperdonables errores en los días que se avecinaban.

En la mañana del 17 de abril convocó Truman su primera conferencia de Prensa. Un número no igualado anteriormente de representantes de periódicos, emisoras y revistas, en número de 350, trataron de congregarse en su despacho, pero ello no fue posible, y muchos tuvieron que permanecer en el vestíbulo. Con sus característicos modales, bruscos pero afables, Truman contestó a las preguntas que se le hicieron, las cuales unas veces eran claras, y otras no lo eran tanto.

Uno de los corresponsales le preguntó si deseaba entrevistarse con los otros dirigentes aliados, es decir, con Stalin y Churchill.

– Sería para mí una gran satisfacción poder encontrarme con ellos, y también con el general Chiang-Kai-Chek -contestó Truman-. Lo mismo que con el general De Gaulle. Si éste desea verme, yo lo haré con gusto. Estoy dispuesto a entrevistarme con los jefes de todos los Gobiernos aliados.

El 18 de abril, Truman se enteró por vez primera acerca de las zonas de ocupación de Alemania, cuando Churchill le envió un telegrama exhortándole a que ordenase a sus tropas avanzar todo lo posible hacia el Este, y a que se mantuvieran firmes en el territorio conquistado. [52] Este era otro espinoso problema del que Truman sabía poco o nada. «Me sentí como si hubiera vivido cinco vidas enteras en mis cinco primeros días de presidente -escribió posteriormente-. Es un salto considerable el que se da desde la vicepresidencia a la presidencia, cuando se ve uno forzado a hacerlo sin previo aviso.»

La misma noche del 18 de abril, Truman escribió a su madre y a su hermana:

«Ya antes de prestar el juramento, tuve que tomar dos decisiones de trascendental importancia: seguir adelante con la guerra, y confirmar la realización de la Conferencia de Paz en San Francisco. El sábado y el domingo transcurrieron entre las ceremonias fúnebres del desaparecido presidente. El lunes tuve que manifestar ante el Congreso cuál iba a ser mi actuación futura. Me pasé todo el domingo por la tarde, la mitad de la noche y el lunes hasta las once de la mañana, redactando el discurso. Creo que estuve inspirado al escribirlo, ya que el Congreso y el país se pronunciaron unánimemente en mi favor, según parece. El lunes por la tarde recibí a numerosas personas y tomé toda clase de decisiones, cada una de las cuales afectaba a millones de seres humanos. El martes por la mañana todos los periodistas de la ciudad y también de otros lugares, vinieron a hacerme innumerables preguntas. Me proporcionaron quince minutos bastante arduos, pero hasta de semejante pesadilla parece que salí bien parado.

»Luego tuve que pasarme la tarde y las primeras horas de la noche preparando un discurso de cinco minutos para transmitir por radio a los combatientes, hombres y mujeres. Hasta la una no me fui a acostar. El día de hoy también ha sido bastante atareado. Estaba a punto de acostarme, pero pensé que debía escribiros unas letras. Espero que sigáis bien.

»Con todo cariño,

»Harry.»

Truman mandó llamar a Harriman a Moscú para sostener con él una entrevista personal, y ambos se reunieron al mediodía del 20 de abril. El presidente tenía gran interés por conocer la impresión directa del embajador acerca de los rusos.

Según Harriman, la Unión Soviética consideraba que podía llevar a cabo con éxito dos políticas simultáneamente: colaborar con Estados Unidos y Gran Bretaña, y a la vez extender el dominio soviético sobre los Estados vecinos, por medio de una actuación independiente. Algunos de los consejeros de Stalin interpretaban erróneamente la buena voluntad de Norteamérica, confundiéndola con debilidad.

– En mi opinión, el Gobierno soviético no tiene ningún deseo de romper con Estados Unidos, debido a que necesitan nuestra ayuda para la reconstrucción -declaró Harriman, y afirmó que, en consecuencia, Estados Unidos podían demostrar firmeza en los asuntos importantes, sin peligro de correr graves riesgos.

Cuando Harriman comenzó a señalar determinadas dificultades, Truman le interrumpió diciendo:

– No temo a los rusos. De todos modos, creo que éstos nos necesitan más a nosotros, que nosotros a ellos.

Luego manifestó que mostraría hacia Rusia una actitud firme, aunque correcta.

– A mi juicio, nos hallamos enfrentados con una invasión bárbara de Europa -advirtió Harriman-. Debemos decidir la actitud que hay que tomar en vista de un hecho tan desagradable.

Prosiguió diciendo Harriman que aquello no quería decir que él se mostraba pesimista. Por el contrario, podía llegarse a un acuerdo con los rusos.

– Esto nos exigirá estudiar de nuevo nuestra política -añadió el embajador-, y abandonar cualquier ilusión de que el Gobierno soviético llegue a actuar de acuerdo con los principios a que se ajusta el resto del mundo en los asuntos intercontinentales.

Truman comprendió que deberían hacerse ciertas concesiones por ambas partes. No esperaba que Stalin le concediese el ciento por ciento de lo que iba a pedirle.

– Pero creo que podremos conseguir un ochenta por ciento -manifestó.

Inquirió Harriman si Truman consideraba importante el asunto polaco en relación con la Conferencia de San Francisco, y la participación de Norteamérica en las Naciones Unidas. Truman contestó rápidamente que, a menos que la cuestión polaca quedase solucionada de acuerdo con lo estipulado en Yalta, el Senado nunca aprobaría el ingreso en una organización de naciones.

– Pienso decirle esto a Molotov, con esas mismas palabras cristalinas -manifestó el presidente, enfáticamente-. Estoy dispuesto a mostrarme firme en mis relaciones con el Gobierno soviético.

Al terminar la entrevista, Harriman dijo confidencialmente que el único temor que tuvo al regresar a Washington fue que Truman no llegase a comprender, como lo había comprendido Roosevelt, que Stalin estaba quebrantando sus convenios.

– Mi temor -concluyó diciendo el embajador- se basaba en el hecho de que usted no habría tenido tiempo aún de estudiar los últimos telegramas intercambiados, pero me satisface mucho comprobar que los ha leído todos, y ver que vamos a hacer frente a la situación.

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[52] Churchill también hizo una última petición para que se tomase Berlín, pero Truman reaccionó como antes lo había hecho Roosevelt, es decir, apoyando a Eisenhower.