Era ya tarde -pasada la medianoche- cuando Rudel dejó a Hitler. Al pasar por la antesala, el aviador advirtió que ésta se hallaba llena de personas que deseaban felicitar al Führer con motivo de su cumpleaños.
Entretanto, en el sanatorio del doctor Gebhardt, Himmler y Schellenberg brindaban por Hitler con unas copas de champaña. La ocasión estaba muy lejos de ser placentera. El reichsführer tenía aspecto de hallarse sumamente preocupado, y no dejaba de hacer girar en su dedo el anillo en forma de serpiente. Lo mismo que Hitler, parecía a punto de derrumbarse físicamente.
Durante los últimos meses una docena de personajes, por lo menos, le habían exhortado sin cesar a que tomase una decisión trascendental. A todos les hizo promesas. En algunos casos pensaba cumplirlas, pero en otros las rompía unos minutos más tarde.
Tal vez la promesa más importante la hizo a Kersten y a Schellenberg. Al fin Himmler consintió en entrevistarse con Gilel Storch, el funcionario del Congreso Mundial Judío, para discutir sobre la suerte de los judíos que aún sobrevivían en los campos de concentración. Pero en cuanto supo que Storch se disponía a tomar el avión para Alemania, su decisión se vino abajo por temor de que Kaltenbrunner se enterase e informase de ello a Hitler. Pero Schellenberg le tranquilizó, recordándole que Kaltenbrunner salía hacia Austria. La entrevista con Storch podía celebrarse, sin que nadie se enterase, en la finca de Kersten, en el norte de Berlín.
– Es usted el único, aparte de Brandt (el ayudante de Himmler), en quien puedo confiar por completo -dijo Himmler a Schellenberg.
Admitió luego que la paz con el Oeste no podría negociarse a menos que Hitler dejase el poder. Pero, ¿quién iba a librarse del Führer? No podían matar a Hitler de un tiro, ni envenenarle, ni siquiera detenerle, ya que entonces todo el engranaje militar se vendría abajo.
Schellenberg manifestó que aquello no tenía importancia. Sólo había dos posibilidades: hacer renunciar a Hitler o echarle por la fuerza.
El valor de Himmler se evaporó instantáneamente, y con semblante pálido manifestó:
– Si hablase al Führer de que debe renunciar, le daría tal acceso de cólera que me mandaría fusilar al momento.
Los problemas de Himmler se agudizaron en la víspera del cumpleaños del Führer. El conde Schwerin von Krosigk insistió en que debía convencer a Hitler para que negociase un armisticio por intermedio del Papa o del doctor Burkhardt.
– ¿Acaso el Führer no es capaz de considerar la situación con realismo, sin vanas ilusiones? Yo me pregunto qué es lo que está esperando.
Himmler se mordisqueó la uña del dedo pulgar y contestó: -Es que el Führer tiene un plan, si bien no nos revela cuál es.
– Entonces debe usted librarse del Führer de cualquier modo -dijo el conde, en tono desesperado.
– ¡Todo se ha perdido! Mientras viva el Führer no hay la menor posibilidad de poner término a la guerra -manifestó Himmler, al tiempo que miraba a su alrededor con gesto amedrentado, y se colocaba una mano ante la boca, como si quisiera retener las traicioneras palabras que había pronunciado.
El conde se preguntó si su interlocutor se habría vuelto loco de repente. Luego Himmler levantó una mano y repitió varias veces, con gran excitación, que no podía prometer absolutamente nada.
No bien Himmler acababa de abandonar furtivamente el despacho del conde, por una puerta trasera, cuando el ministro de Trabajo, Franz Seldte, fue introducido en la estancia. Seldte manifestó haber oído un rumor según el cual el conde iba a ver a Himmler, y quería animarle al respecto. Cuando Schwerin von Krosigk explicó que acababa de hablar con el reichsführer, Seldte propuso que le entrevistasen los dos.
– Es mejor que le hable usted solo -aconsejó el conde-. Si ve a dos personas, se pondrá tan nervioso que no conseguiremos nada.
Seldte se encaminó a la oficina de Himmler, y una vez ante él le dijo:
– Tiene que hacer algo. El Führer debe tratar de negociar la paz. Ya no se trata de un asunto personal; es el destino de todo el pueblo alemán el que se halla en juego.
Himmler prorrumpió en manifestaciones de fidelidad hacia el Führer.
– Mi buen Himmler -le interrumpió Seldte-. Sólo tiene usted una solución: ¡matar a Hitler!
Himmler salió huyendo hacia el sanatorio del doctor Gebhardt, donde le esperaban más problemas. Kersten acababa de llegar en avión a Tempelhof, con el representante del Congreso Mundial Judío, Norbert Masur (sustituto de Storch, el cual había decidido no hacer el viaje por cierto número de razones). [53] Un automóvil de la Gestapo llevaba en esos momentos a Masur y a Kersten a la finca de éste, Gut Harzwalde, a sólo unos pocos kilómetros de distancia. Y eso no era todo: el conde Bernadotte no tardaría en llegar a Berlín, para solicitar otra entrevista con el reichsführer.
Himmler estaba sumamente excitado, y comenzó a dar pueriles excusas. Dijo que no podía recibir a dos personas al mismo tiempo, y que consideraba mejor postergar ambas entrevistas. Por fin, desesperado, pidió a Schellenberg que se trasladase a Gut Harzwalde y que sostuviese una «entrevista preliminar» con Masur. Schellenberg accedió y como acababa de dar la medianoche, ambos brindaron por el Führer, que cumplía años el día que se iniciaba.
Pero Schellenberg se mostró desanimado por las últimas vacilaciones de Himmler, de modo que despertó a Kersten para contarle lo que había sucedido. Hablaron incansablemente, tratando de hallar una forma de convencer a Himmler. Poco antes de irse a dormir, a las cuatro de la madrugada, llegaron a la conclusión de que no había otra alternativa que hacer nuevos intentos para obligar a Himmler a tomar una medida decisiva. Varias horas después, Schellenberg se despertó con el estruendo de los aviones aliados y de sus bombas. Durante el desayuno, Kersten presentó entre sí a Masur y Schellenberg. Este dijo que era el día del cumpleaños del Führer, y que Himmler no podría hablar con Masur hasta últimas horas de la noche. Schellenberg afirmó esto confiadamente, y rogó en silencio que tuviera razón. Más tarde Bernadotte le llamó desde la legación sueca, y dijo que sólo estaría en Berlín veinticuatro horas. Con igual muestra de confianza, Schellenberg contestó que Himmler le vería por la noche, en el sanatorio del doctor Gebhardt.
Masur pasó la tarde recorriendo la propiedad y hablando con la gente que allí trabajaba. Pertenecían a una secta religiosa especial -algo así como los Testigos de Jehová-, y como se habían negado a tomar las armas y a decir «Heil Hitler», pues para ellos sólo se podía saludar con el «Heil» a Dios, habían sido recluidos allí desde el advenimiento de Hitler al poder. Tres hombres hablaron a Masur de las estremecedoras experiencias que habían sufrido en Buchenwald durante algunos años. Las cosas se pusieron mejor para ellos en noviembre de 1938, afirmaron los alemanes, «cuando llevaron allí a gran número de judíos, y el sadismo de los guardias se volcó sobre los recién llegados».
Mientras Kersten, Schellenberg, Schwerin von Krosigk y otros alentaban a Himmler para que negociase con Occidente, Kaltenbrunner y el general de las SS Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, aconsejaban cautela. En especial, desaprobaban la peligrosa asociación de Himmler con los judíos.
El obersturmbannführer (teniente coronel) de SS Karl Adolf Eichmann, encargado del «problema judío» en la Gestapo, reprobó tales contactos aún más abiertamente que su jefe. Con tono de reproche dijo a un funcionario de la Cruz Roja que los judíos del campamento de Theresienstadt estaban recibiendo mejores alimentos y cuidado sanitario que los ciudadanos alemanes, y ello debido a la reciente orden de Himmler de tratar a los judíos con «humanidad».
– Personalmente no estoy de acuerdo con tales métodos -dijo Eichmann-, pues constituyen una deslealtad hacia el Führer.
[53] "No abandoné Suecia por varias razones -escribió Storch recientemente-. En primer lugar, no recibí el pasaporte sueco en el momento de marcharme, si bien éste no fue el motivo principal. En segundo lugar, Kleist se enteró de que me marchaba, y por ello no quise abandonar Estocolmo. Tercero, habíamos conseguido, en efecto, nuestro propósito de trasladar diez mil judíos a Suecia. El único motivo fue evitar que Kaltenbrunner lo impidiese, como había hecho en Buchenwald… Como yo no podía marcharme, elegí a Masur en el último momento. Le preferí a él porque tenía bigote y parecía mayor que los demás. Por desgracia, Masur no estaba al corriente de nuestras negociaciones, y en vista del poco tiempo que teníamos (dos horas), no pude explicárselo con detalle."