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– De todos modos, es usted quien tiene que actuar ahora, herr reichsmarschall.

Bouhler asintió, pero Goering aún se mostraba vacilante. Tal vez Hitler hubiera nombrado sucesor a Bormann, y no a él. Bormann, antiguo enemigo de Goering, podía haberle enviado aquel telegrama con el fin de hacerle caer en una trampa, empujándole a apoderarse del mando prematuramente.

– Si actúo, me llamará traidor, y si no lo hago, me acusará de abstenerme en el momento más crítico -dijo Goering.

Mandó llamar luego al ayudante personal de Bormann, quien se hallaba casualmente en la vecindad, y al comandante del destacamento de las SS en Obersalzberg. También requirió la presencia de Hanns Lammers, jefe de la Cancillería del Reich y experto legal, que tenía bajo su custodia los dos documentos oficiales redactados por el mismo Hitler en 1941, donde establecía quién había de ser su sucesor legal. En dichos documentos, Hitler nombraba a Goering delegado para el caso de que él se viera temporal o perpetuamente impedido de desempeñar sus funciones. También sería el sucesor de Hitler, en caso de muerte.

Goering quiso saber si la situación militar en Berlín se sostendría un tiempo, pero Lammers no pudo pronunciarse en tal sentido. Goering estaba al corriente de que su influencia sobre el Führer se había desvanecido, al tiempo que aumentaba la de Bormann, y preguntó si Hitler había dado alguna orden desde el año 1941, invalidando su decisión anterior.

Lammers contestó negativamente.

– Si el Führer dio alguna vez tal orden, ciertamente me hubiera llamado la atención -manifestó, añadiendo que cada cierto tiempo se había asegurado de que los documentos no hubiesen sido anulados.

El decreto, aseguró, tenía fuerza de ley, y ni siquiera hacía falta promulgarlo de nuevo.

Alguien sugirió enviar un mensaje por radio, para asegurarse de si el Führer deseaba que Goering fuese nombrado su sucesor. Todos se mostraron de acuerdo, y Goering comenzó a escribirlo, pero como se extendiera demasiado, Koller le interrumpió para decirle que un mensaje tan largo no podría ser enviado.

– Sí, tiene razón -concedió Goering-. Redacte usted uno, en tal caso.

Tanto Koller como Brauchitsch redactaron un mensaje cada uno, y Goering eligió el que decía: «Mi Führer, ¿es su deseo, en vista de su decisión de permanecer en Berlin, que asuma el mando absoluto del Reich, de acuerdo con el decreto del 29 de junio de 1941?»

Cuando Goering lo hubo leído, añadió: «Con plenos poderes en los asuntos nacionales y extranjeros», esto con el fin de poder negociar la paz con los Aliados.

Preocupado aún, manifestó:

– Supongamos que no llega respuesta alguna. Debemos establecer un tiempo máximo para esperar la contestación.

Koller propuso un plazo de ocho horas, y Goering añadió debajo: «Si a las diez de la noche no se ha recibido respuesta alguna, interpretaré que se ha visto usted privado de su libertad de acción, y consideraré que se hallan en vigor los términos de su decreto, actuando yo entonces en beneficio de nuestro pueblo y de la Patria.» Goering hizo una pausa, y luego añadió apresuradamente: «Debe comprender lo que siento hacia usted en la hora más difícil de mi vida. No encuentro palabras para expresarlo. Dios le bendiga y le haga venir aquí lo antes posible. Su leal, Hermann Goering.»

El reichsmarschall se recostó pesadamente contra el respaldo de su sillón.

– Es terrible -dijo-. Si no recibo una contestación antes de las diez de esta noche, tendré que hacer algo inmediatamente, como dirigir una proclama a las Fuerzas Armadas, apelar a la población, y otras cosas similares.

Pero su actuación comenzó a ponerse en claro cuando al fin dijo:

– Haré cesar la guerra inmediatamente.

Mientras tanto, y por extraña coincidencia, Hitler estaba siendo aconsejado por Albert Speer para que nombrase a Doenitz como sucesor suyo. Preocupado, el Führer consideró la proposición, pero no dijo nada.

Speer había llegado a Berlín para despedirse personalmente de Hitler, y para hacerle una confesión. Sin pedirle disculpas, manifestó que durante las últimas semanas había estado obstaculizando la política de «tierra arrasada» de Hitler, tratando de convencer a generales y funcionarios para que no destruyesen los puentes y fábricas. (Pero no confesó, claro está, que hacía poco había proyectado asesinar a Hitler vertiendo un tóxico en el sistema de ventilación del bunker, lo que fracasó debido a existir una cubierta protectora alrededor del conducto de ventilación.) A los veintinueve años, Speer comenzó a trabajar bajo la dirección del arquitecto de Hitler, profesor Paul Troost. Poco después, el Führer incluía al joven en el círculo de sus allegados, y en esos momentos le consideraba afectuosamente como uno de sus amigos más íntimos. Speer esperaba ser detenido y tal vez fusilado, pero Hitler sólo se mostró «profundamente conmovido» por la revelación de su ministro.

Aún se encontraba Speer con Hitler cuando llegó el telegrama de Goering. Antes de que el Führer pudiese hacer comentario alguno, Bormann, indignado, calificó de ultimátum la petición de enviar una respuesta antes de las diez de la noche. Parecía más irritado que nadie, y lo mismo que Goebbels exigió la ejecución de Goering.

Hitler vaciló, y al fin admitió que se había dado cuenta en los últimos tiempos de la decadencia de Goering. El reichsmarschall era, además, adicto a las drogas. No obstante, Hitler pareció no tomar esto en cuenta.

– Aún es capaz de negociar la capitulación -dijo el Führer-. Da lo mismo quien lo haga.

Prevaleció, sin embargo, la opinión de sus consejeros, y aunque se negó a ordenar la muerte de Goering, le convencieron para que mandase el siguiente telegrama:

«Su modo de obrar constituye alta traición contra el Führer y el Nacional Socialismo. La pena con que se castiga la traición es la muerte, pero en atención a sus anteriores servicios al Partido, el Führer no ordenará la pena máxima si renuncia a todos sus cargos. Conteste sí o no.»

Este telegrama había sido dictado por Bormann, y un poco más tarde, Hitler envió otro:

«El Decreto del 29-6- 41 ha quedado anulado por orden mía. No se puede poner en tela de juicio mi libertad de acción. Le prohibo cualquier actuación suya en tal sentido.»

Siguió luego un tercer mensaje que difería marcadamente de los dos anteriores. En él, Hitler expresaba con mayor precisión su propia actitud:

«Su creencia de que me encuentro privado de realizar mis deseos es totalmente errónea, e ignoro cuál pueda ser el ridículo origen de la misma. Exijo que combata inmediatamente esta suposición, y afirmo, al mismo tiempo, que sólo entregaré el poder a quien yo considere oportuno, y en el momento que crea conveniente. Hasta entonces, seguiré ejerciendo el mando yo mismo.»

Bormann debió de temer que este último mensaje fuese el comienzo de una actitud benévola, y clandestinamente envió por radio una orden al comandante de las SS en Obersalzburg, para que detuviese a Goering por alta traición. [54]

5

Las catástrofes ocurridas durante las últimas semanas habían llegado a causar la desintegración en el mando militar, tan venerado por los oficiales germanos. Nunca en la historia de la Wehrmacht hubo tantos comandantes que se independizaron hasta llegar al borde del amotinamiento. Primero fue Guderian el que se encaró abiertamente con Hitler, hasta hacerse acreedor a su destitución. Luego, Heinrici manifestó su oposición al Führer, y por último, era Wenck quien ignoraba las órdenes directas y se decidía a proseguir por su cuenta la guerra en el Este.

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[54] Krebs llamó por teléfono a Von Keitel desde el bunker y le contó detalladamente lo relativo a la destitución de Goering. Keitel se mostró "horrorizado", y manifestó que allí debía haber alguna interpretación errónea. De pronto Bormann intervino en la conversación y dijo que Goering había sido destituido "hasta de su cargo de Cazador Mayor del Reich". Von Keitel no se dignó contestarle. A su entender, la situación era "demasiado seria para hacer manifestaciones tan sarcásticas". El feldmarschall no pudo dormir, después de oír novedades tan desalentadoras. De pronto se dio plena cuenta "del ambiente de desesperación que reinaba en la Cancillería del Reich, y de la creciente influencia de Bormann". Sólo él pudo llevar al Führer a la situación temeraria en que se hallaba, pensó Von Keitel. Luego se preguntó qué ocurriría a continuación. ¿Acaso Hitler había decidido dar muerte a Goering y suicidarse después en el último momento?