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En horas tempranas de aquella misma mañana, Schoerner, que había sido ascendido recientemente a generalfeldmarschall, descendía de un avión que había tomado tierra en las cercanías de Berlín y se encaminó hacia el bunker. Hitler le había mandado a llamar, y Schoerner temía que el Führer se hubiera enterado de sus tentativas de negociación con los aliados occidentales. A semejanza de Himmler, Wolff y Steiner -todos ellos dirigentes de las SS-, Schoerner había actuado por cuenta propia. La iniciativa, sin embargo, partió del doctor Hans Kauffmann, [55] un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que había tenido algunos altercados con Von Ribbentrop, por lo que le habían trasladado a un batallón de ametralladoras del Grupo de Ejército del Centro. El doctor Kauffmann llegó a convencer a Schoerner de que los nacionalistas checos podían ser utilizados para concertar un armisticio con los aliados occidentales. Se trataba de un plan complicado, pero después de numerosos viajes secretos del doctor Kauffmann, dos aviones alemanes llenos de checos fueron enviados, uno a Suiza y el otro a Italia, con el fin de entablar negociaciones. Pero los ingleses y americanos, ignorando que Schoerner estuviese detrás de todo aquello, rechazaron todas las proposiciones.
Mas Schoerner no tenía nada que temer. Hitler acogió a su comandante preferido con el entusiasmo y afecto con que solía recibirle. Sin embargo, las siguientes palabras del Führer causaron una enorme sorpresa a Schoerner:
– Trasládese de zona y organice un reducto defensivo en los Alpes.
Añadió que la zona montañosa situada entre Alemania y Austria debería fortificarse lo más rápidamente posible, enviándose allí a las mejores tropas disponibles. Siguió explicando el Führer que aquella defensa no se establecía contra el Occidente sino como último baluarte contra los bolcheviques.
Schoerner abandonó el bunker para entrevistarse con Goebbels y el doctor Naumann. El ministro de Propaganda explicó que existía un Proyecto Norte, semejante, que estaba llevando a cabo Doenitz en el canal del Kaiser Guillermo (el canal de Kiel). Ambos reductos tendrían gran importancia política, aseguró Goebbels, y puso de manifiesto que era indispensable mantener una estricta disciplina militar en ambas zonas. Entonces, si se hacía necesario rendirse a los occidentales, las tropas se hallarían bajo un control tan perfecto, que Eisenhower sin duda permitiría a los jefes militares alemanes que asumieran el mando de las mismas.
Añadió Goebbels que los pueblos occidentales no tardarían en enterarse de los lamentables acuerdos estipulados en la Conferencia de Yalta, que permitían a Rusia ocupar la mayor parte de Europa oriental, y que obligarían a Churchill y Truman a atacar la Unión Soviética. Y los jefes aliados sabían que solos no podrían vencer al Ejército Rojo, por lo que aceptarían agradecidos la ayuda de las tropas alemanas establecidas en los reductos norte y sur del país.
El movimiento envolvente que efectuaban las tropas soviéticas en torno a Berlín estaba a punto de completarse. El pasillo existente entre Zhukov y Konev sólo tenía ya unos pocos kilómetros de anchura. La lucha era especialmente enconada en los suburbios del sur, cerca del aeropuerto de Tempelhof, donde hubiera resultado casi suicida el intento de cualquier aparato que pretendiese tomar tierra.
Weidling pasó la mayor parte de la jornada reorganizando sus defensas en torno a la ciudad, y era cerca de la medianoche cuando llegó al bunker para dar un informe de la situación. Hitler se hallaba en ese momento examinando un mapa que se encontraba sobre una mesa. Goebbels aparecía sentado sobre un banco, como si fuera un ave, frente a él. Weidling pasó junto a los demás y señaló sobre el gran mapa, al tiempo que decía hoscamente que el anillo no tardaría en cerrarse sobre Berlín. Hitler se irguió, con el ceño fruncido. Weidling hizo caso omiso de esto, y manifestó que podía advertirse en el mapa que las fuerzas oponentes eran iguales: una división alemana se enfrentaba con otra de los rusos.
– Sólo que nuestras divisiones no existen más que en teoría -añadió sarcásticamente-, además de que el número de soldados soviéticos es diez veces superior al de los nuestros, y la potencia de la artillería aún mayor.
Hitler se negó a reconocer las verdades de Weidling. Afirmó que la caída de Berlín supondría la ruina de Alemania, por lo que permanecería en el bunker, se ganase o se perdiese. Luego habló Goebbels, sólo para hacerse eco de cuanto había dicho Hitler. La manera de pensar de ambos era tan semejante que a menudo el uno parecía terminar las frases del otro.
Weidling se sintió irritado al comprobar que nadie era capaz de opinar de modo diferente. Todo lo que decía Hitler quedaba implícitamente aceptado. ¿Acaso estaban todos demasiado atemorizados para hablar? Se sintió tentado de gritar: «¡Qué locura, mi Führer! ¡Una gran ciudad, como Berlín, no puede ser defendida con las endebles fuerzas y las escasas municiones que nos quedan! ¡Piense, mi Führer, en las intolerables privaciones que pasará el pueblo de Berlín durante esta batalla!» Pero él también, quizá contagiado por los demás, optó por callarse.
El frente de Heinrici era un desbarajuste en su totalidad, si bien éste había recibido un informe que tenía algo de esperanzador: Biehler había logrado al fin romper el cerco en torno a Francfort, tras unirse a los efectivos del Noveno Ejército, y Busse comenzaba a retirarse hacia el Oeste, adonde se hallaba Wenck.
Manteuffel también estaba a punto de quedar aislado por los ataques conjuntos de Zhukov, por el Sur, y Rossokovsky, por el Norte. A pesar de todo, Hitler insistía en que Manteuffel debía seguir resistiendo.
– ¿Tiene posibilidades de cumplir esta orden?-le preguntó Heinrici.
– Podremos aguantar donde estamos, probablemente durante el resto del día -fue la respuesta de Manteuffel-, pero luego tendremos que retirarnos.
Heinrici manifestó que aquello seguramente significaría combatir en marcha.
– No nos queda mucho donde elegir -replicó Manteuffel-. Si permanecemos aquí, quedaremos copados, como el Noveno Ejército.
Heinrici convino en que se hacía necesaria una retirada en las próximas horas. Luego se dirigió hacia el Sur, para hablar con Steiner, el cual le había dicho por teléfono que el Alto Mando aún pretendía que iniciase un ataque en dirección a Berlín.
Heinrici encontró a Steiner discutiendo acaloradamente con Jodl, una vez más. Decía Steiner que el pretendido ataque era absurdo, y que supondría un sacrificio innecesario de vidas.
– Se trata de un caso especial -intervino Heinrici-. Sólo en una ocasión como ésta se puede liberar al Führer. Al menos debe usted hacer una tentativa.
Agregó que el movimiento tenía una justificación táctica, y que protegería también, en cierta medida, el flanco de Manteuffel. No obstante, Steiner se negó en definitiva a prometer nada.
Mientras Heinrici y Jodl se dirigían en automóvil hacia el cuartel general del Alto Mando, que acababa de ser trasladado a las cercanías del sanatorio del doctor Gebhardt, Heinrici llamó la atención de su compañero sobre la multitud de fugitivos que atestaban las carreteras, así como sobre los incendios y las minas resultantes de los últimos bombardeos.
– ¿Ve usted todo esto?-inquirió Heinrici-. ¿Para qué seguimos luchando todavía? Observe esas gentes, cómo sufren.
– Debemos liberar al Führer.
– Y después de eso, ¿qué haríamos?
Jodl replicó vagamente que una vez liberado, el Führer era el único capaz de dominar la situación.
Aquellas respuestas inciertas demostraron a Heinrici que el Alto Mando no tenía un plan determinado para proseguir con la guerra. Al entrar en su propio puesto de mando, comenzó a sonar el teléfono. Heinrici alzó el auricular, sin quitarse el capote.