Por fin, Gerngross había alcanzado su objetivo, aunque no en la forma en que él lo había previsto: los americanos entraron triunfantes en la ciudad, donde los alemanes les aclamaron y les lanzaron flores.
Capítulo segundo. Una «solución italiana»
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Los avances enemigos sobre suelo alemán, por el este y el oeste, fueron haciendo ver cada vez a mayor número de alemanes, y con creciente claridad, que el Reich tenía la contienda perdida. Las tentativas de capitulación se hicieron paulatinamente más numerosas, y los hombres implicados, desde Himmler hasta Gerngross, se sentían impulsados por motivos muy diversos.
El 1.° de marzo uno de los jefes de Estado del Eje trató de iniciar negociaciones con el Occidente: Benito Mussolini envió su hijo Vittorio a entrevistarse con el cardenal Schuster, arzobispo de Milán, con una proposición verbal. El cardenal solicitó que la oferta se hiciese por escrito, y a mediados de marzo el joven Mussolini regresó a Milán con un documento titulado «Proposición para Negociaciones del Jefe del Estado». En él Mussolini ofrecía la capitulación al Alto Mando Aliado «para evitar más sufrimientos a la población del norte de Italia, y para impedir la destrucción total de los restos del patrimonio agrícola e industrial…», salvando igualmente a su país del comunismo. Mussolini prometía además disolver el Partido Republicano Fascista, entendiéndose que los que habían dado su juramento a la República Socialista Italiana no serían juzgados «por el tribunal que ahora funciona en Roma a tales efectos».
El interés del Vaticano en la rendición era motivado por tres causas: quería evitar a la población del norte de Italia los horrores de una resistencia desesperada de los alemanes y los fascistas; deseaba conservar las instalaciones industriales del país, y en fin, quería impedir que los comunistas se adueñaran del poder. Durante algunos meses, el coronel Dollmann, que actuaba en nombre del general Wolff, discutió la posibilidad de negociar la paz con el cardenal Schuster, que era el mediador del Vaticano. El cardenal había prometido que actuaría como intermediario entre los partisanos italianos y Wolff, siempre que los alemanes respetasen las instalaciones industriales del norte de Italia.
El cardenal Schuster entregó la proposición a los Aliados a través del nuncio apostólico en Berna, pero el 6 de abril, Mussolini aún no había recibido respuesta alguna. Ese mismo día, sin embargo, leyó algunas noticias que procedían de Suiza, en relación con otra tentativa para lograr la paz. Se trataba, desde luego, de la Operación Amanecer, y las noticias se acercaban notablemente a la realidad de los hechos:
«Las tropas alemanas en Milán recibieron órdenes, él miércoles (4 de abril), de no abandonar sus cuarteles. De acuerdo con los círculos neofascistas y nazis, esta medida se halla relacionada con unas negociaciones iniciadas para determinar la suerte de las tropas alemanas en Italia. Dos miembros del movimiento de partisanos han sido liberados y llevados hasta la frontera, con fines definidos. Uno de ellos es Ferruccio Parri, jefe de la sección militar del Comité Nacional de Liberación del norte de Italia. Parri fue detenido en Milán y encarcelado por las SS en Verona.»
Manifiestamente desconcertado, Mussolini mandó llamar al doctor Rudolf Rahn, embajador alemán en Italia, y le pidió explicaciones. Rahn, como es lógico, estaba al corriente de la Operación Amanecer, a la que daba su aprobación, pero pretendió no saber nada. Luego previno a Wolff acerca de la inquietud que demostraba el Duce.
Al día siguiente, Rahn y Wolff fueron a ver a Mussolini, donde éste se hallaba, en el lago Garda. El Duce comenzó a hablar extensamente sobre un plan para llevar a cabo la última resistencia en la Valtellina, zona montañosa situada al norte del lago Como.
Wolff le escuchó con gesto preocupado. Tal acción podría echar por tierra la Operación Amanecer. En consecuencia, dijo a Mussolini que no resultaba práctico fortificar la Valtellina, y sugirió que se quedase junto a los alemanes.
Después del avance aliado en Italia, de julio de 1943, los dirigentes fascistas llevaron a cabo un golpe teatral, deteniendo a Mussolini, destituyéndole de sus cargos y restituyendo al rey Víctor Manuel. Tras su rescate por Skorzeny en septiembre, Mussolini estableció un nuevo Gobierno Republicano Fascista en el norte de Italia, a orillas del lago Garda. Pero entonces no era más que un títere de Hitler, ya que las tropas alemanas dominaban toda la zona. En esos momentos existía un gran abismo entre el Führer y Mussolini, cuya última esperanza consistía en lograr una especie de «solución política italiana» que pusiera fin a aquella desastrosa guerra. En consecuencia, nunca llegó a informar a Hitler acerca de las negociaciones de paz que trataba de llevar a cabo con Suiza. [56]
El 11 de abril de 1945, Mussolini recibió un mensaje del Vaticano en el que se le comunicaba que los Aliados habían rechazado categóricamente su proposición. Esto sumergió al Duce en un estado de profunda apatía.
Ya desde el fracaso de aquella gran oportunidad de Hitler, la batalla del Bulge, Mussolini había dado muestras de cierto desequilibrio. «Vive de sueños, en sueños y para los sueños», hizo notar una vez su joven ministro de Cultura Popular, Fernando Mezzasomma. «Carece de todo contacto con la realidad, y subsiste en un mundo que ha creado para sí mismo, en un universo totalmente fantástico. Su vida transcurre fuera del tiempo. Sus reacciones, sus accesos de alegría o de depresión, no tienen relación alguna con la existencia normal, y se presentan de improviso, sin razón aparente que los justifique.»
Cuando Ivanoe Fossani entrevistó al Duce en una isla del lago Garda, Mussolini parecía hallarse en un estado semidelirante.
– Si estuviéramos en verano, me quitaría la chaqueta y me echaría a rodar sobre la hierba, como un chiquillo alocado… -dijo al periodista.
Fossani atribuyó semejante ímpetu al hecho de que en aquel momento Mussolini se hallaba lejos de sus guardias; de sus ministros; de su regañona mujer, Donna Rachele, y de su lacrimógena amante, Claretta Petacci.
El Duce habló luego de sus propios errores, pero acusó a otros de cometerlos aún mayores. Dijo haberse visto obligado a entrar en la guerra a causa de «la diabólica política exterior de Inglaterra», y aseguró que Hitler había ido a la guerra contra Rusia, a pesar de sus consejos en sentido contrario. Atacó violentamente al rey de Italia y a su corte de reaccionarios, al Estado Mayor General, a los egoístas industriales y a los grupos financieros. Luego confesó, con tristeza, que se hallaba prisionero, desde su detención en el palacio del rey.
– No me hago ilusiones respecto a mi destino. La vida es un espacio muy corto, al lado de la eternidad. Cuando termine la lucha escupirán sobre mí, pero tal vez más tarde vengan a limpiar lo que ensuciaron. Entonces sonreiré, porque estaré en paz con mi pueblo.
Madeleine Moller, también periodista, manifestó, después de verle, que parecía un convicto, con su pálido rostro, su cabeza afeitada y los ojos negros y vacíos. Tenía un aspecto humilde, antes que resignado.
– ¿Qué quiere saber?-preguntó Mussolini a la periodista-. Recuerdo que hace siete años vino usted a Roma. Entonces yo era una persona que suscitaba el interés. Ahora estoy pasado de moda. Esta mañana quedó atrapada dentro de mi habitación una pequeña golondrina. Revoloteaba desesperadamente por la estancia, hasta que cayó agotada sobre mi lecho. Yo la recogí con todo cuidado, para que no se asustara, abrí la ventana y luego separé las manos. Al principio el ave no pareció comprender, y miró un momento a su alrededor antes de extender las alas para volar hacia la libertad, piando de alegría. Nunca olvidaré ese júbilo. Para mí, en cambio, la ventana ya no se abrirá si no es para dejarme ir a la muerte… Así es, signora, estoy acabado. Mi sol se ha puesto. Trabajo todavía, pero todo es una farsa. Espero el fin de la tragedia, extrañamente desligado de todo. No me encuentro bien de salud, y desde hace un año me vengo alimentando de purés. No bebo, no fumo… Quizá, después de todo, yo sólo estaba destinado a mostrar a mi pueblo el camino. Pero en ese caso, ¿ha oído usted hablar alguna vez de un dictador prudente y calculador? La agonía es atrozmente larga. Soy como el capitán de un barco que gira en la tormenta. La nave está desmantelada, y me siento arrastrado por el océano, sin posibilidad de gobernar el buque. Ya nadie oye mi voz. Pero algún día tal vez me escuchen.
[56] Varias semanas antes, en una de sus "conversaciones privadas", Hitler había admitido ante sus íntimos que su "inquebrantable amistad" con Mussolini era seguramente un error. "En realidad es evidente que nuestra alianza ha sido más beneficiosa para nuestros aliados que para nosotros… Si a pesar de los esfuerzos que realizamos, no conseguimos ganar la guerra, la alianza italiana habrá contribuido a nuestra derrota. El mayor servicio que Italia podía habernos prestado era mantenerse al margen del conflicto." Hitler aseguró que aún mantenía su "sentimiento instintivo de amistad" hacia los italianos. "Pero debo culparme por no haber escuchado la voz de la cordura que me exhortaba a mostrarme implacable, en mis relaciones con Italia."