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– En tal caso, daría media vuelta y haría detener a Himmler.

El 27 de abril, por la tarde, Wolff regresó solo a su nuevo cuartel general situado en Bolzano, localidad del norte de Italia. Para dirigirse a Bolzano, y a fin de evitar a los partisanos, tuvo que tomar una ruta que atravesaba territorio austríaco.

Gaevernitz se dirigió a su casa de Ascona, a fin de dormir un poco, pero al momento le despertó una llamada telefónica de Dulles informándole que había llegado un telegrama de Washington, permitiéndole reanudar las negociaciones con los alemanes. [59] Igualmente llegó otro del cuartel general de Alexander, ordenándole que enviase los dos emisarios de Wolff al sur de Italia inmediatamente.

Capítulo tercero. La muerte de un dictador

1

Poco después de haber llegado Mussolini a la prefectura de Como, envió un mensaje a Donna Rachele, la cual se había trasladado a Villa Montero, a poco más de un kilómetro de donde se hallaba Villa Locatelli, donde Wolff se vio rodeado por los partisanos. Mussolini decía a su mujer que se hallaba en la última etapa de su vida, en la última página de su libro, y le pedía perdón por todo el daño que sin querer le había causado. Luego rogaba que se trasladase con los dos niños, Anna María y Romano, a Suiza, donde podría comenzar una nueva vida.

Apenas había Rachele terminado de leer la carta, cuando sonó el timbre del teléfono. Era Mussolini, el cual había estado tratando todo el día de comunicarse con ella.

– Sigo mi destino -dijo con voz tranquila, resignada-. Estoy solo, Rachele, y comprendo que todo ha terminado.

Después de hablar brevemente a sus dos hijos, el Duce pidió a su esposa que fuera a Como a verle por última vez. Cuando ella hubo llegado, se dijeron adiós en el sombrío patio de la prefectura. Mussolini entregó a Rachele algunos documentos, incluyendo varias cartas de Churchill que podrían ayudarla a cruzar la frontera.

– Si tratan de detenerte y de hacerte algún daño, pide que te entreguen a los ingleses -dijo él.

Poco antes del amanecer, en aquel 26 de abril, Mussolini y su reducido séquito partieron en automóvil carretera arriba, por la sinuosa ruta que bordeaba la orilla occidental del lago Como, que resultaba un hermoso paisaje aun bajo la densa lluvia que caía.

En Menaggio, a cuarenta kilómetros de Como, el Duce se detuvo en la residencia de un funcionario fascista local, y dijo que esperaría allí a sus ministros y a los tres mil Camisas Negras que Alessandro Pavolini, el secretario del Partido Neofascista, había prometido reunir. Mientras Mussolini se hallaba durmiendo llegó el resto de su séquito, incluyendo a Claretta Petacci, escoltados todos por dos camiones blindados y varias compañías de Soldados Republicanos.

Mussolini se despertó y descubrió una larga caravana estacionada a lo largo de la carretera principal. Dijo que era demasiado arriesgado esperar allí a los Camisas Negras, y ordenó que todos los vehículos se colocasen a un lado del camino. Luego, él y Claretta Petacci subieron a un «Alfa Romeo» y emprendieron la marcha a gran velocidad por la estrecha carretera montañosa que llevaba a Suiza, seguidos por la comitiva.

En el pueblecillo de Grandola, Mussolini y sus acompañantes descendieron ante el «Hotel Miravalle», donde hicieron un alto para escuchar con gesto sombrío las noticias radiadas del avance triunfal de Clark, así como las del alzamiento general de los partisanos en el norte de Italia.

Elena Cucciati, hermosa muchacha, hija de una de las anteriores amantes del Duce, se acercó a Mussolini y se ofreció para regresar en bicicleta a Como, a fin de averiguar lo que ocurría con Pavolini y sus Camisas Negras. Cuando Claretta los encontró a los dos hablando en el jardín, comenzó a llorar, pidiendo a gritos que echaran de allí a la muchacha. Mussolini, azorado, trató de hacerla callar. Forcejearon, y ella se arrojó al suelo, quejándose y llorando desconsoladamente.

Por la tarde, tres de los funcionarios que iban con Mussolini huyeron del hotel, sin despedirse del Duce, y se encaminaron hacia la frontera suiza, a pocos kilómetros al oeste de donde se encontraban.

Mientras otros se preguntaban si debían escapar también, uno de los tres evadidos regresó con la desalentadora noticia de que sus dos compañeros habían sido capturados por los partisanos en la frontera.

Al anochecer, Mussolini, lleno de impaciencia, dijo a Birzer que iba a emprender la marcha inmediatamente hacia la Valtellina, sin esperar a Pavolini. Allí aguardaría a los Camisas Negras. Birzer le advirtió que los partisanos debían de haber establecido puestos de bloqueo en las carreteras; por otra parte, sus hombres necesitaban una noche de descanso, antes de intentar la huida por la carretera del lago. Mussolini prometió entonces quedarse en el hotel hasta el alba.

En horas tempranas del día, una patrulla de ocho partisanos descendía por las montañas que bordeaban la orilla oeste del lago Como, en dirección a Domaso, ciudad situada en las cercanías del extremo norte del lago. Su jefe era el conde Pier Luigi Bellini delle Stelle, un joven apuesto de veintidós años, con barba mefistofélica y un diploma en leyes por la Universidad de Florencia. Su padre, que fue coronel de caballería, había sido capturado por los alemanes en 1944 y murió en la cárcel a causa del mal trato que recibió.

Los partisanos de la zona de Como se hallaban bajo el mando de los comunistas, pero ni Bellini ni su segundo, Urbano Lazzaro, de veintidós años, eran miembros del Partido, e incluso se oponían con todas sus fuerzas al comunismo. Como muchos otros de aquel ambiente dominado por los comunistas, su principal objetivo consistía en luchar contra los alemanes y los fascistas, procurando cuanto antes restablecer la paz en Italia. La patrulla de Bellini había entrado en la ciudad a proveerse de tabaco únicamente. De pronto, los rodeó una turba, que les levantó en triunfo. «¡La guerra ha terminado!», gritaron una docena de voces. Bellini entró en una tienda y oyó decir al locutor de radio: «Los Aliados han cruzado el río Po y el ejército alemán se bate en retirada. Los Aliados se encuentran en Brescia y se aproximan a Milán. En esta ciudad ha estallado la insurrección y varios grupos de partisanos han ocupado los puntos clave de la misma, y la mayoría de los cuarteles.»

Los entusiasmados ciudadanos pidieron a Bellini que les permitiese unirse a él y sus veinte compañeros, que estaban en las montañas. Querían que Bellini se apoderase de toda la zona de Domaso. Pero Bellini sólo tenía armas suficientes para organizar una fuerza de cincuenta hombres, y al menos había doscientos enemigos bien armados en la región.

De todas formas, Bellini se decidió a actuar. Escribió una carta al comandante de la cercana guarnición fascista de Gravedona, exigiéndole que se rindiese antes de las nueve de la noche. A continuación pidió a una chica que bajase con su bicicleta por la carretera del lago, hasta Como, y que entregase el ultimátum al primer soldado que hallase. Otras notas semejantes fueron enviadas a diferentes guarniciones fascistas y germanas.

Por la tarde llegó la primera noticia favorable: la guarnición de Ponte del Passo se había rendido. Poco después, en cambio, Bellini se enteró de que los alemanes de Nuova Olonia, en las cercanías del estratégico puente situado en el extremo norte del lago, estaban disparando sus ametralladoras contra todo aquel que osaba acercarse. Bellini y Lazzaro avanzaron osadamente hasta el reducto alemán y solicitaron una tregua para parlamentar. Aseguró Bellini que era el comandante partisano de la zona y amenazó con hacer volar a los alemanes con disparos de mortero, si no se rendían. El comandante alemán terminó por capitular, y entregó mansamente su pistola a Bellini.

Ya de regreso a Domaso, Bellini sorprendió a un grupo de italianos que querían linchar a varios prisioneros fascistas.

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[59] Según parece, Stalin se enteró de este cambio repentino de la política aliada antes incluso que Dulles. El día anterior Churchill había enviado a Stalin el siguiente telegrama:

"Los enviados alemanes, con los que quedó roto todo contacto hace unos días, por nuestra parte, han llegado de nuevo al lago de Lucerna. Aseguran tener plenos poderes para rendir el ejército de Italia. El mariscal de campo Alexander tiene permiso para hacer que estos enviados se presenten en el cuartel general aliado en Italia… Le rogamos que envíe representantes rusos inmediatamente al cuartel general del mariscal de campo Alexander. El mariscal tiene libertad para aceptar la rendición incondicional de las cuantiosas tropas enemigas de este frente, pero el aspecto político queda exclusivamente reservado a los tres gobiernos…

"Hemos derramado mucha sangre en Italia, y la captura de los ejércitos germanos situados al sur de los Alpes es una recompensa grata a la nación británica, con la que Estados Unidos han compartido luchas y peligros…"