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En el asiento trasero, la mujer de Marcello Petacci miró con gesto suplicante a Lazzaro.

– ¿Cómo se atreve?-exclamó Petacci-. ¡Le pesará esto que hace!

Aseguró que tenía una entrevista en Suiza a las siete con un noble inglés, y añadió:

– ¡Jamás he visto semejante descaro!

Pero Lazzaro se guardó los pasaportes y ordenó al indignado Petacci que guiase el automóvil hasta la alcaldía, donde lo dejó para ir a ver a Bellini, al que encontró cuando entraba en el pueblo por la carretera.

– Acabo de capturar a Mussolini -dijo Lazzaro, como quitando al asunto importancia.

Lo primero que pensó Bellini era en la serie de complicaciones que aquello iba a acarrearles.

– Está bien -dijo, no obstante-. Vamos a echarle un vistazo.

Mussolini seguía aún sentado en el banco, mirando con gesto ausente a un punto fijo. Bellini le encontró viejo y decrépito. El conde dijo que se hallaba al mando de la zona.

– Le doy mi palabra de que no se le hará daño alguno -añadió.

El Duce observó detenidamente al joven partisano, alzó la cabeza y murmuró cansadamente:

– Se lo agradezco.

Bellini se dirigió entonces hacia Barracu, al que estaba vendando el brazo herido el farmacéutico de la localidad.

– ¿Por qué quisieron seguir adelante?-preguntó Bellini disgustado porque Barracu no hubiese cumplido su palabra-. ¿Por qué empezaron a disparar?

Barracu explicó que los partisanos habían comenzado los primeros, y que en ningún momento pensó en romper la promesa que había hecho.

Bellini preguntó solícitamente por la herida de Barracu, y luego se marchó a interrogar a los presuntos españoles, que habían sido llevados a otra estancia de la alcaldía. Petacci se levantó de su silla, al entrar Bellini, y se presentó como cónsul de España.

– Tengo muchísima prisa. Estoy agregado a la Embajada y debo llevar a cabo una importante misión diplomática.

Luego pidió permiso para marcharse con su esposa y sus hijos. Bellini manifestó que aquello no sería posible hasta haberse comprobado los documentos. Después señaló con la cabeza hacia Claretta, y preguntó:

– ¿Va con usted la otra señora?

– No, no la conocemos -dijo Marcello Petacci, mirando a su hermana-. Nos pidió que la llevásemos en el automóvil y accedí a hacerlo.

– Mamá, ¿por qué estamos aquí? ¿No nos van a dejar marchar estos idiotas partisanos?

– Bien educa usted a sus hijos, señora -dijo Bellini.

– Ya sabe cómo son los niños -contestó la mujer, tartamudeando-. Oyen cosas y luego las repiten.

– Y usted, señora, ¿quién es?-preguntó Bellini, dirigiéndose a Claretta, la cual le pareció atractiva, aunque tenía aspecto de estar muy cansada.

– Nadie importante. Me encontraba en Como durante los disturbios y para evitar cualquier peligro pedí a estos señores que me llevasen. Voy en busca de un sitio más tranquilo y creo que me he metido en un atolladero. ¿Qué piensan hacer conmigo?

Bellini dijo que lo decidiría más tarde, y después de saludar se marchó.

Lazzaro estaba en la habitación grande examinando las carteras de los ministros. Cuando hubo concluido, preguntó a Mussolini:

– ¿Y la suya?

– Sólo tengo una cartera. Está ahí, detrás de usted.

Cuando la estaba abriendo, el Duce dijo con voz grave y solemne:

– Esos son documentos secretos. Se lo advierto, tienen gran importancia histórica.

Lazzaro echó un rápido vistazo a los papeles. Trataban de Trieste, del juicio de Verona, [60] y de un plan para huir a Suiza. Una carpeta estaba llena de la correspondencia sostenida con Hitler. Debajo de los papeles había ciento sesenta soberanos de oro.

– Los llevaba para mis amigos más fieles -murmuró Mussolini.

Lazzaro también encontró cinco cheques; tres de ellos eran por medio millón de liras. Colocó el dinero a un lado, y entregó a Mussolini el resto del contenido de la cartera: un par de guantes de cuero negro, un pañuelo y un lápiz. Luego le ofreció un cigarrillo. El Duce lo rechazó, al tiempo que le daba las gracias, pero Barracu aceptó.

Bellini acababa de entrar en la estancia pequeña cuando oyó un gran vocerío en el exterior. Vio a tres partisanos que acompañaban a Pavolini desde el muelle del lago. Pavolini llegaba totalmente mojado. Bellini temió que la multitud llegase a linchar al hombre al que casi todos detestaban, y corrió hasta él para acompañarle hasta la alcaldía.

La frente de Pavolini aparecía ensangrentada, y todo su cuerpo temblaba. Cuando vio a Mussolini, levantó débilmente la mano derecha, en señal de saludo, y el Duce hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

Hasta el fin de la tarde, Bellini no se dio cuenta del todo de la enorme responsabilidad que entrañaba para él la captura de Mussolini. Era evidente que tenía que luchar contra dos peligros: alguna fuerza alemana podía hacer una tentativa para liberarle, o bien las turbas pretenderían apoderarse de él para matarle.

Con la aprobación de dos jefes partisanos comunistas, Michele Moretti y el capitán Neri (cuyo nombre real era Luigi Canale), decidióse a trasladar al Duce a un lugar más seguro, donde pudiera pasar la noche. Primero le llevarían, a la vista de todos, al cuartel de los finanzieri (guardias fronterizos) de Germasino, unos cinco kilómetros hacia las montañas. Luego, unos pocos hombres de confianza le conducirían en secreto a otro escondite. El sol acababa de ponerse cuando Mussolini entró a un coche en compañía de un sargento de finanzieri. Bellini tomó asiento junto al conductor. Seguidos por un camión lleno de partisanos, abandonaron la ciudad y avanzaron por una carretera de segundo orden, sumamente escarpada. Bellini observó cómo el lago Como se iba empequeñeciendo cada vez más, mientras el horizonte se agrandaba, revelando sierras cuyos picos aparecían cubiertos de nieve. En aquellas montañas había pasado un año de peligros y privaciones. Ya había terminado casi todo, y pronto regresaría a su casa… si aún existía, y si encontraba vivos a sus familiares.

Debería odiar al hombre gordo que iba sentado atrás, pensó Bellini, pero, por raro que pareciese, no sentía animosidad contra él. Se volvió y extrajo un paquete de cigarrillos, que ofreció al Duce.

– No, gracias -dijo éste, y explicó que muy raramente fumaba.

– Siempre he envidiado a los que no fuman -declaró Bellini-. Es algo terrible querer fumar y no tener cigarrillos.

Permanecieron unos momentos en silencio. Luego, Bellini se volvió y agregó:

– Ha hecho usted muchas cosas en su vida, unas buenas y otras malas. Pero lo que nunca comprenderé y lo que nunca podré perdonar, es que haya usted consentido que sus hombres tratasen a los compañeros nuestros que caían en sus manos de manera tan bestial e inhumana.

– ¡No puede usted culparme de eso! ¡No es verdad! -replicó Mussolini, con vehemencia.

Y aseguró que podía probarlo con documentos.

Ya en el cuartel, Bellini aseguró una vez más a Mussolini que estaba a salvo de cualquier peligro.

– Todos han recibido órdenes para que le traten con consideración y cumplan sus deseos. Adiós, nos veremos pronto. ¿Desea usted algo más, antes de que me vaya?

El Duce dijo que no, pero luego cambió de parecer.

– Querría que diese recuerdos de mi parte a una dama que retienen ustedes en Dongo. La que viajaba con el caballero español.

– ¿Y qué desea usted que le diga?

– Nada en especial; sólo que estoy bien, que le envío mis saludos y que no debe preocuparse por mí.

– Está bien. Pero, dígame, ¿quién es esa dama?

– Pues… es una buena amistad.

– Al menos podría decirme su nombre, si espera que hable con ella.

– El nombre no tiene importancia -declaró el Duce, visiblemente incómodo-. Se trata sólo de una buena amiga, y no desearía crearle ningún problema, pobre mujer.

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[60] Juicio que entabló Mussolini contra los compatriotas que le hicieron detener durante el golpe de Estado de 25 de julio de 1943.