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Sólo eran las seis. Cerise y Elena seguían durmiendo en el sofá, Cerise boca abajo y con los brazos abiertos, y Elena boca arriba, roncando. Me sentía como una cautiva en mi propia casa, sin poder disponer de mis libros o de mi televisión pero si las despertaba iba a ser peor. Cerré suavemente la puerta, me puse mis vaqueros y bajé por la escalera de servicio. Era demasiado temprano para despertar al señor Contreras y sacar a pasear a la perra. Y aunque el ejercicio puede ser la mejor cura para una cabeza llena de arena, correr era la cosa que menos me apetecía del mundo.

Recorrí a pie los ochocientos metros hasta el Belmont Diner, abierto las veinticuatro horas, y me pedí el desayuno especial colesteroclass="underline" tortitas con mantequilla y una gran ración de bacon. Me tomé todo el tiempo que pude, mientras seguía la saga de la búsqueda de un nuevo estadio para los Bears en los tres periódicos, sin perderme ni una palabra del último escándalo sobre drogas para desacreditar a los principales seguidores del alcalde. Resulta aburrido leer los escándalos sobre drogas porque su revelación nunca produce impacto alguno en los resultados de las elecciones, así que generalmente los paso por alto.

A eso de las ocho volví por fin a mi apartamento. La vida empezaba a agitarse en la avenida Racine conforme la gente se dirigía al trabajo. Cuando llegué a mi edificio, el banquero iba saliendo para todo el día, su espeso pelo castaño pegado a la cabeza por la laca.

– ¡Hola! -dije alegremente al cruzarnos-. Vengo llegando del turno de noche. ¡Que pase un buen día!

Fingió no oírme y cruzó al otro lado de la calle mientras yo hablaba. Trata de ser buena vecina y no recibirás más que desprecio por tus esfuerzos.

Como Lyndon B. Johnson o el duque de Wellington, Elena podía dormir en cualquier lugar y a cualquier hora. Al abrir la puerta de la cocina, oí los ronquidos filtrándose desde el cuarto de estar. También percibí mi olor favorito: el humo de cigarro. Cerise estaba sentada a la mesa, mirando melancólica y fijamente a la nada, fumando un cigarro tras otro.

– Buenos días -dije lo más amablemente posible-. Sé que estás muy trastornada por lo de tu bebé, pero por favor no fumes aquí.

Me lanzó una mirada hostil, pero aplastó su cigarrillo en el platito que había estado utilizando. Me lo llevé a la cocina y traté de quitarle frotando las manchas de tabaco. Tras unos minutos me siguió y se dejó caer pesadamente junto a la mesa. Le ofrecí un desayuno pero sólo quiso café. Puse agua a hervir y saqué unas judías del congelador.

– ¿En qué piso vivía tu madre?

Me miró sin expresión y se frotó los brazos desnudos.

– En el Indiana Arms probablemente necesitaré esta información si alguien tiene que buscar a Katterina.

– El quinto -respondió tras una larga pausa-. La quinientos veintidós. Era duro para ella porque el ascensor no funcionaba, pero no consiguió nada más abajo.

– ¿Cuándo dejaste al bebé con tu madre?

Volvió a mirarme con los ojos muy abiertos, pero esta vez creí ver un elemento de cálculo en su mirada.

– Lo dejamos el miércoles. Antes de salir de la ciudad -volvió a frotarse los brazos-. Hace demasiado frío aquí, necesito fumar.

Yo sentía calor, pero estaba vestida; ella llevaba aún la enorme camiseta que le había dejado. Fui a mi dormitorio y cogí una chaqueta. Se la puso pero siguió frotándose los brazos.

Machaqué las judías y les eché agua hirviendo.

– ¿El miércoles a qué hora?

– ¿Intenta decir que vi el fuego y que no debí dejar a mi bebé? -el tono era taciturno, pero los ojos seguían vigilantes.

Vertí más agua sobre las judías e intenté hacer acopio de algo de simpatía. Era casi seguro que su hija estuviese muerta. Se encontraba ante una extraña, blanca por más señas. Le aterrorizaban las instituciones legales y sociales, y yo era la enterada en esas cosas, por eso para ella yo era parte de ellos. Quería fumar y yo no se lo permitía.

Pensar en todo eso no es que me diera ganas de correr a abrazarla, pero me ayudó a suavizar mis expresiones más extremas de impaciencia.

– Alguien provocó ese incendio -dije con cautela-, alguien hirió a tu madre y puede haber herido a tu niña. Si estabas allí el miércoles por la noche, puedes haber visto al incendiario. Tal vez él, o ella, o ellos, estaban merodeando por allí. Si viste a alguien, podríamos darle una descripción a la policía, algo para empezar una investigación.

Sacudió enérgicamente la cabeza.

– Yo no vi a nadie. Fuimos allí a las tres de la tarde. Dejamos a Katterina con mi mamá. Nos fuimos a Wisconsin, ¿vale?

– Vale -le serví café-. ¿Por qué esas preguntas te ponen tan nerviosa?

Estaba temblando. Cogió el tazón con ambas manos para no volcarlo.

– Me trata como si yo hubiera hecho algo malo, como si fuera culpa mía si mi bebé está herido.

– No, Cerise, nada de eso. Lo siento mucho, si eso es lo que te ha parecido. No pienso eso en absoluto -intenté sonreír-. Yo soy detective, sabes. Me gano la vida haciendo preguntas. Es una costumbre difícil de cambiar.

Ocultó la cara en el tazón y no me contestó. Renuncié a seguir y fui a mi habitación. La cama aún estaba sin hacer. Mi ropa de correr se había caído a los pies de la cama al agitarme durante la noche. Separé mis sudaderas de la ropa de cama, las metí en el armario y estiré las mantas sobre la cama. No es que la habitación estuviese para una foto en Casa y Jardín, pero ése era todo el trabajo doméstico para el que me sentía de humor.

Me tumbé en la cama y traté de recordar el nombre del agente de seguros que había encontrado en el Indiana Arms el jueves; era un pájaro; me había llamado especialmente la atención porque en ese momento sus ojos brillantes y llenos de curiosidad le daban cierto aspecto de pájaro. Cerré los ojos y dejé vagar mi pensamiento. No pude desenterrar su apellido del agujero de mi memoria, pero Robin [3] me llevaría hasta él.

Alcancé el teléfono de la mesita de noche y me lo puse sobre el estómago para marcar.

Cuando el telefonista de Ajax me puso con la sección de siniestros y fraudes, le pregunté a la jovial recepcionista por Robin.

– Está aquí mismo, le pondré con él.

Oí un golpe en el teléfono, debió de dejar caer el auricular, y luego una voz de tenor.

– Aquí Robin Bessinger.

Bessinger. Claro.

– Robin, soy V. I. Warshawski. Nos vimos en el Indiana Arms la semana pasada, cuando estabas rebuscando allí entre los cascotes.

– V. I. ¿La detective?

– Aja -me incorporé y volví a poner el teléfono sobre la mesita-. Dijiste que si hubiese habido algún muerto, la policía habría puesto en marcha una investigación de homicidio. Así que supongo que todo el mundo fue rescatado.

– Que yo sepa, sí -había olvidado lo cauteloso que era. Un pájaro que se aseguraba de que el gusano no fuese en realidad un cañón de escopeta-. ¿Sabes algo que te haga pensar lo contrario?

– Había allí un bebé el miércoles por la noche. Estaba con su abuela, en el quinto piso -quiso interrumpirme y me apresuré a decir-: ya sé, ya sé. Va contra las reglas. La abuela ha desaparecido, tal vez ha sido una de las víctimas del humo, así que no sé si encontraron al bebé o no.

– Un bebé allí dentro. Santo cielo, no… Yo no sé nada de eso, pero voy a llamar a alguien de la policía y te vuelvo a llamar. ¿Se trata de tu amiga? ¿La que me dijiste que se quedó sin casa?

No recordaba haberme referido a Elena como a una amiga.

– No, ella no. Pero la abuela era amiga de ella, y la madre acababa de regresar a la ciudad y se encontró con que tanto su hija como su madre habían desaparecido. Está loca de inquietud. O de hostilidad. O de confusión.

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[3] Robin, además de usarse como patronímico, significa en inglés "petirrojo". (N. de la T.)