Cuando hubieron salido dijo en un tranquilo tono paternaclass="underline"
– Bueno, Vicki, suelta toda la historia. Y no sólo la parte que crees que averiguaré de todas formas. Sabes que Tony diría lo mismo si estuviese aquí.
Claro que lo sabía. Sólo que ya era demasiado mayor para hacer las cosas porque mi papaíto me lo decía. Por otra parte, no tenía que proteger a ningún cliente. No había ninguna razón para no contarle la patética poca cosa que sabía de Cerise, con tal de que no siguiéramos rodeados de cuerpos tiesos.
Bobby pidió al celador que nos acompañara a un pequeño cubículo donde los forenses beben café o whisky, o cualquier otra cosa, entre dos disecciones. Y le conté todo lo que sabía de Cerise, incluyendo a Katterina y a Zerlina.
– Puedo firmar los papeles si quieres. Su madre está mal del corazón, y no creo que le sentara muy bien venir acá abajo.
Bobby asintió.
– Ya veremos. ¿Qué estabas haciendo en la calle Once que tanto sacó a Roland Montgomery de sus casillas?
El cambio de tema fue casual y experto, pero no me hizo saltar.
– Nada -dije, muy seria-. Yo misma no lo entiendo. -Vino a verme echando humo y me pidió que te encerrara si aparecías cerca del Indiana Arms.
El tono de Bobby era neutro: no me estaba criticando, sólo ofreciendo información, diciéndome que no podría protegerme si yo hacía enfurecer a la gente poderosa. De paso lanzaba una sonda para que le diera una buena pista sobre por qué el Indiana Arms era un tema candente. Lamentablemente no podía ayudar, y finalmente se enfadó, no se daba cuenta de que no estaba haciendo obstrucción, sino que simplemente no sabía nada. Cree que yo acepto clientes y casos sólo por darle en las narices, que sufro ataques de adolescencia tardía. Está esperando a que crezca para que cambie, lo mismo que hicieron todas y cada una de sus seis hijas.
Eran las dos cuando Furey, que conducía en silencio como un loco, me dejó en mi apartamento. No hice ningún intento de conciliación, entendía por qué estaba cabreado, pero también había sido una casualidad que me viese con Robin. Era farsa, no tragedia, nada más lejos de mí que creerme una Desdémona.
Esperé dentro del vestíbulo a que su coche arrancara con un chirrido y enfilara por Racine hasta Belmont. Mi Chevy estaba aparcado al otro lado de la calle. Me subí, di media vuelta, y me dirigí al sur por las calles vacías hacia Navy Pier.
El complejo Rapelec era un monstruo. No estaba exactamente en Navy Pier, claro: ningún plan de urbanismo se ha aprobado allí porque los concejales no saben cómo dividirse el pastel de los sobornos por los permisos de urbanización de la zona. El lugar estaba al lado oeste de la calzada del Lago, frente al muelle, una hilera de decrépitos almacenes y edificios de oficinas que de repente se habían convertido en el paraíso del desarrollo.
La obra abarcaba todo el tramo entre el río y la calle Illinois. Los cimientos habían sido colocados en mayo pasado. Habían levantado ya unos veinte pisos de las torres, pero los pormenores del complejo de oficinas iban más despacio. Los planos de los periódicos tenían el aspecto de un gigantesco auditorio de una escuela superior. Se estaban tomando tiempo para la estructura de base.
Unas bombillas desnudas que colgaban de arriba del esqueleto perfilaban sus huesos de hierro. Me estremecí. No es que tenga precisamente miedo a las alturas, pero la idea de encaramarme allí arriba sin paredes a mi alrededor -no tanto la altura, sino la desnudez del edificio- me asustaba. Incluso desde el suelo parecía amenazador, con agujeros negros donde debería haber ventanas y rampas de madera que sólo conducían a insondables abismos.
Se me estaba poniendo carne de gallina. Tuve que luchar contra el impulso de correr hasta el Chevy y dirigirme a casa. Concéntrate en poner un pie delante del otro, Vic, y maldice tu estupidez de dejarte puesta la ropa de fiesta, en vez de cambiarte y ponerte zapatillas y vaqueros.
Rodeé el lugar por el exterior. Los monos hacía tiempo que se habían ido, dejando tras ellos acordonada la zona del suceso pero ningún vigilante. Había por lo menos doce sitios por donde entrar en el lugar a oscuras. Con una nerviosa mirada a mi alrededor, elegí una entrada bordeada de luces que no parecía tener ninguna viga de hierro balanceándose encima a punto de caer. Mis zapatillas hicieron un suave plaf sobre la tabla.
Los tablones se acababan en el tercer piso. Salté sobre una losa de cemento. Delante de mí, y a la derecha, las sombras engullían el suelo y las vigas, pero las luces continuaban a la izquierda, donde habían tendido más tablas para improvisar una rústica cubierta. Las palmas de las manos me sudaban y los dedos de los pies me cosquilleaban cuando me forcé a adentrarme en el corredor.
Los pisos inferiores estaban cerrados en ese punto, pero no habían construido ningún tabique interior. La única luz provenía de las bombillas desnudas colgadas de las vigas de carga. Apenas podía ver los huecos del edificio.
Unas vigas de acero apuntaban como dedos entre sombras, sustentando el piso superior. Unas manchas como tinta podían ser agujeros en el suelo o alguna pieza de maquinaria. Pensé en Cerise entrando allí sola para morir, y la piel de la nuca se me erizó incontrolablemente.
– ¡Holaa!-grité abocinando las manos.
Mi voz rebotó desde las vigas de acero como un débil eco. Nadie contestó. Ahora me caía el sudor por el cuello hasta el suéter de algodón. Una leve brisa nocturna lo secaba, haciéndome tiritar.
El rústico suelo terminaba abruptamente en una serie de cubículos de madera contrachapada. La puerta del de mi derecha estaba abierta. Entré. El cuarto estaba levemente iluminado por la bombilla del vestíbulo exterior. Busqué a tientas un interruptor, y encontré finalmente un posible aspirante en un grueso cable. Lo toqué nerviosamente, con miedo de electrocutarme, pero se hizo la luz en la habitación.
Había dos grandes mesas de dibujo junto a una pared. Unos estantes con libros, que parecían enormes muestrarios de papel pintado, cubrían los otros tres. Saqué uno de ellos. Era muy pesado y difícil de manipular. Con un esfuerzo, lo apoyé en la estantería y lo abrí. Eran anteproyectos. Eran difíciles de descifrar, pero me pareció que estaba mirando una esquina del piso veintitrés. De hecho, todo el volumen parecía estar dedicado al piso veintitrés. Lo cerré y lo devolví a su estante.
Había un par de cascos sobre una de las mesas de dibujo. Bajo ellos había una pila de cuadernos de trabajo. Esos documentos eran mucho más fáciles de interpretar: la columna de la izquierda consistía en una lista de subcontratistas. En la siguiente había espacios para rellenar con el número de horas a pagar por cada día de la semana.
Estudié por encima el cuaderno, preguntándome si vería algún nombre que me fuese familiar.
Wunsch & Grasso figuraba en primer plano como el principal contratista en la empresa conjunta que llevaba la construcción del complejo. Hurlihey y Frain, arquitectos, también habían echado un montón de horas. No había reparado en que los arquitectos seguían trabajando en un proyecto después de iniciada la construcción.
Uno de los nombres me llamó la atención por resultar más bien cómico: Farmworks, Inc [4]. Me pregunté qué necesidades agrícolas podía tener un edificio así. Habían trabajado también un montón de tiempo: presentaban más de quinientas horas por la semana que acababa de terminar.
Unos fuertes pasos resonaron en el suelo de madera al exterior. Solté los papeles, con el corazón a mil.
– ¿Hola? -la voz me salió trémula. Furiosa conmigo misma por ponerme tan nerviosa, tomé una honda inspiración y salí al corredor.
Un negro fornido, con mono y casco, me miraba frunciendo el ceño. Llevaba una linterna. Su otra mano descansaba sobre la culata de una pistola que colgaba de su cintura.
– ¿Quién es usted y qué coño está haciendo aquí? -su voz de barítono era grave y tajante.