Pero ¿para qué querían el Indiana Arms? ¿Qué tenía ese edificio para que alguien tuviese tanto interés en él? No era más que una propiedad en pleno abandono en el decadente triángulo entre la plaza McCormick y el Ryan. Claro, allí era donde MacDonald y Meagher querían poner su estadio; si conseguían la contrata, el valor de cualquier propiedad se pondría por las nubes.
Me detuve frente a la jaula antes de volver a tropezar con ella. No podía creerlo. No podía creer que hubiera estado tan dura de mollera tanto tiempo
El viejo MacDonald tenía una granja [7]. Claro. Coño, si poseía prácticamente todas las demás parcelas de terreno de Chicago, ¿por qué no también una granja? Tendría una pequeña sociedad de control que podía hacer negocios bajo manta sin estar sometida al cuidadoso escrutinio público que inevitablemente atraería "Desarrollo Urbanístico MacDonald". ¿Y por qué no llamarla Farmworks? El nombre idóneo para alguien dotado de un macabro sentido del humor. Y si el Indiana Arms era el último, o uno de los últimos trocitos de propiedad que obstaculizaban sus planes, pues a quemar ese estorbo.
Wunsch y Grasso trabajaban mucho para el condado. El padre de Ernie se había criado en Norwood Park, cerca de Boots, y ambos habían entrado naturalmente en contacto. Ernie y Ron habían empezado a hacerles favores a los demócratas: en Chicago, eso podía significar cualquier cosa, desde recoger votos hasta romperle las piernas a los taberneros que no le pagaban a la gente adecuada. Así que, cuando se hicieron cargo del negocio del padre de Ernie, lo desarrollaron conjuntamente con la carrera de Boots. Y si Boots y su colega Ralph querían que le proporcionaran a Alma Mexicana los camiones, los compresores y la mano de obra para el proyecto del Ryan, estarían encantados de echar una mano.
– ¿Qué te pasa, niña? -la severa voz del señor Contreras a mi espalda me sobresaltó-. Sabes, hace diez años que no tengo ahí ningún pájaro. Sólo la conservo porque a Clara le encantaban los canarios. Si piensas en tener un pájaro, más vale que no. Puede que no te des cuenta de que necesitan un montón de cuidados, como esta princesa, pero no puedes estar todo el tiempo fuera y tener un animal, sea el que sea.
– No estaba pensando en un canario -contesté dócilmente-. ¿Hay alguien arriba?
– Hemos entrado en tu cocina además de entrar en la otra parte, por si te preguntas por qué hemos tardado. No había nadie. Me pareció que alguien podía haber tratado de forzar esas cerraduras que tienes, pero están perfectamente. Pero tal vez deberías pasar la noche aquí abajo. No me voy a sentir muy tranquilo preguntándome qué te está pasando.
– Estaré muy bien arriba -le aseguré-. Saben que los ha visto. No volverán. Aunque consiguieran otro personal, les preocuparía demasiado que la pasma pudiera llegar hasta ellos gracias a usted. Cerraré todos los cerrojos y tenderé una cuerda en el descansillo de arriba, ¿vale?
No le gustó la idea y se explayó explicando el porqué. No supe decir si estaba sinceramente preocupado o si quería tener un mayor papel en mis asuntos. Fuese lo que fuese, preferí la posibilidad de un asalto a pasar la noche en su blando sofá bajo la jaula vacía.
– Bueno, cielo, entonces, yo estaré durmiendo aquí. La princesa ladrará si alguien entra y estaremos arriba en un periquete.
Me pregunté brevemente si tendrían una bonita confrontación con Rick y Vinnie en plena noche. Podría valer la pena salir de la cama para verlo. Le di gravemente las gracias por su preocupación y puse pies en polvorosa.
Capítulo 40
Puse en marcha un baño al llegar a casa, pero mi mente corría demasiado rápida para que pudiera relajarme. Salí de la bañera e intenté comunicarme con Murray. No estaba, ni en el periódico ni en su casa. Pensé en llamar a Bobby pero ya me imaginaba su reacción. ¿Acusar al presidente de la junta del condado y a su acaudalado socio? Eso era mucho peor que alborotar a los agentes de su unidad. Ni se te ocurra, querida Vic: si tuvieses un pelín de clase, lo entenderías.
Me acerqué a mirar por la ventana. A pesar de mis fieras palabras al señor Contreras, me sentía solitaria y vulnerable. Me pregunté si los dos hombres que me buscaban venían en serio a atacarme o si en realidad eran unos inofensivos vendedores. ¿Eran ellos la respuesta que Ralph MacDonald me había prometido darme en veinticuatro horas? ¿Ese hombre parado al otro lado de la calle estaba realmente esperando a su perro, o esperando a que yo saliera?
Solté la persiana y fui al teléfono a llamar a Lotty.
– ¡Vic! Empezaba a estar seriamente preocupada, sin saber de ti durante todos estos días. ¿Cómo estás?
– No sé muy bien. Tengo a un tigre cogido por la cola y no sé si tengo fuerzas suficientes para habérmelas con él.
– ¿Qué clase de tigre? -inquirió Lotty.
Le conté el derrotero que había seguido mi pensamiento.
– Sólo estoy un poquito asustada, Lotty. Y sigo preocupada por mi tía. Creo que debió de ver a quien contrataron para provocar el incendio. Probablemente quiso hacer un pequeño chantaje sin grandes pretensiones, ella y Cerise, entre las dos, y ahora está escondida en algún sitio no muy seguro. No sé cómo encontrarla. Los polis están ayudando. O al menos un poli está ayudando -corregí, recordando que Finchley ni siquiera sabía que Elena se las había vuelto a pirar-. Y ahora se me ha roto el coche y no puedo. Mi pensamiento se apagó y con él mi voz. Un madero sabía que Elena se había esfumado porque había ido al Michael Reese especialmente para verla. De la misma manera que me había hecho revelar su dirección dos semanas antes para poder ir a verla entonces.
A la bofia le importaba un bledo que una vieja borracha sin un chavo intentara levantarse a los jovencitos del centro. Pero a Michael no.
La reacción de McGonnigal ante ese brazalete de oro irrumpió de golpe en mi mente y se me ofreció con tan completos detalles que creí que las entrañas se me iban a salir por la boca. Ahora recordaba dónde lo había visto antes, lo llevaba la vez aquella en febrero pasado cuando fui a la fiesta de cumpleaños que le habían organizado los colegas. McGonnigal creyó que yo iba por ahí con el brazalete fardando de mi revenida historia con Michael. Por eso no me había dicho que era de Furey.
Sólo que Furey no se lo había dejado en mi casa. Habían sido Elena y Cerise. La noche que durmieron allí lo habían dejado en el suelo bajo el colchón, como suele hacer la gente. Y por la mañana, como Cerise se puso tan mala, se les había olvidado.
– Vic, ¿qué te ha pasado? ¿No te habrás desmayado, verdad? -dijo Lotty con fuerza; me di cuenta de que estaba allí de pie como una idiota con el auricular en la mano.
– No, no. Es que acabo de caer en una cosa que debió haberme llamado la atención hace mucho tiempo.
– Lo que más necesitas en este preciso momento es una cena caliente y dormir toda la noche. Por qué no voy a buscarte: puedes tomar algo de sopa y dormir en mi cuarto de invitados. Y ya mañana tendrás fuerzas suficientes para pensar en el último modelo de trampas para tigres.
Era una oferta tan tentadora que no podía rechazarla, aunque mi cabeza no dejara de darle vueltas a lo de Michael. Volví a enfundarme los vaqueros y embutí unas cuantas cosas en mi mochila: incluido un cargador más para mi Smith & Wesson.
La noche en que Elena trajo a Cerise a casa fue la de la barbacoa de Boots. Michael me había acompañado a casa y me esperó mientras subía. Había tenido un aviso urgente y no podía quedarse, eso me había dicho. Un triple homicidio. Podría comprobar eso alguna vez, si vivía hasta la noche siguiente, pero dudaba de que hubiese ocurrido.
No: él había entrado en el vestíbulo y había encontrado allí a Elena y Cerise sentadas sobre la bolsa de mano de Elena. Habían venido con el cuento del bebé de Cerise, esperando convencerme para que le sacara algo de pasta a la compañía de seguros. Entonces vieron a Michael, y empezaron a presionarle. Lo habían visto merodear por el Indiana Arms antes del incendio, tenía que ser eso. Él tenía la conexión con Roland Montgomery. A quién sino a él iban a recurrir los colegas cuando quisieran incendiar un edificio. Por qué sus amigotes estaban involucrados, no lo sabía, salvo que ellos le hacían favores a Boots a cambio de contratas. Y Michael les hacía favores a los chicos porque eran viejos colegas de la vecindad.