Fui al salón para telefonear y probé otra vez los Hermanos Streeter. Los Hermanos Streeter -Tim y Jim- tienen una empresa de seguridad llamada "All Night-All Right" [8]. Había acudido a ellos en el pasado, cuando tenía algún trabajo de vigilancia demasiado pesado para poder llevarlo sola. Tim y Jim llevan la empresa como un colectivo, con un puñado de otros tipos, todos grandotes y barbudos. Hacen mudanzas de muebles como actividad secundaria y muchos, si no todos, pasan su tiempo libre leyendo a Kierkegaard y a Heidegger. Hacen un trabajo respetable, pero también me provocan nostalgia por los días pasados del ayer.
Se puso Bob Kovacki, a quien conocía bastante bien, y le expliqué mi situación.
– Necesito encontrarla antes de que lo haga ese sargento de policía loco, pero acabo de tener la horrenda idea de que podría habérsela cargado en uno de los viejos edificios del sur y haber dejado su cuerpo allí. Quiero que busquéis allí primero, y luego podríamos pasarnos por algunos de los sitios donde solía merodear.
– Caray, Vic, ahora estamos bastante desbordados -le oí tamborilear con los dedos sobre la mesa-. Hablaré con Jim, veremos si podemos cambiar el horario de alguien. ¿Vas a estar por ahí esta tarde?
– Puede que esté haciendo unos recados, pero llamaré a mi servicio de mensajes cada hora. Mira, yo… bueno, no hace falta que te dé pelos y señales. Esto es urgente. Pero sé que harás cuanto puedas.
Después de llamar a la grúa para el Chevy, alquilaría un coche y me dirigiría yo misma a la zona sur. Llamé a mi taller y expliqué lo que había pasado. Luke Edwards, mi mecánico, chasqueó lúgubremente la lengua.
– Me da mala espina, Vic. Tendrías que haberme llamado cuando empezó a hacer ese ruido raro. Seguramente has quemado la transmisión. Mandaré a Jerry con el camión de aquí a una hora o dos, pero no te hagas muchas ilusiones.
Le hice una mueca al teléfono.
– No me des tantos ánimos, Luke, vas a hacer subir demasiado tus endorfinas y tu cerebro va a explotar.
– Tú ve lo que yo veo todos los días y verás cómo también te pones sobria.
Luke siempre da de su taller la impresión de que es el depósito de cadáveres del condado.
Renuncié y le dije que estaría esperando a Jerry con las llaves del coche. Fregué rápidamente los platos e hice la cama. Dejando una efusiva nota para Lotty, me encaminé a mi propia casa.
Capítulo 41
Por honor me obligué a detenerme en casa del señor Contreras para informarme de los oscuros acontecimientos de la noche. Estaba hondamente decepcionado: no había sucedido nada. Peppy lo había despertado a eso de las tres ladrando como una loca, pero resultaron ser sólo un par de tipos subiendo a un coche al otro lado de la calle.
Di por terminada la conversación lo antes posible dentro de las conveniencias y subí al tercer piso. Allí no había nadie acechando. Llamé a una pequeña compañía del barrio de alquiler de coches para pedirles uno. Tenían un Tempo del 84, sin dirección asistida, con ochenta mil kilómetros. Debía de ser una chatarra, pero sólo costaba veinte dólares al día, incluyendo impuestos, kilometraje, gastos de seguro, y todos los demás conceptos por los que las grandes compañías te despluman. Les dije que iría a eso de la una.
Mi largo y profundo sueño había hecho maravillas con mis doloridos hombros. Estaban rígidos, pero los pinchazos de dolor habían desaparecido. Mientras esperaba a Jerry, saqué mis pequeñas pesas manuales e hice una pequeña serie de ejercicios para soltarlos un poco más.
Por fin la grúa amarillo chillón pitó frente a mi edificio poco antes de la una: tenía que haber recordado las leyes de la relatividad que se aplican a los horarios de los talleres y haber multiplicado por tres la hora que había estimado Luke.
No podía encontrar las llaves del coche. Finalmente recordé haberlas metido en la mochila, porque resonaron contra la Smith & Wesson. Cogí la mochila y saqué las llaves conforme bajaba la escalera. El señor Contreras asomó la cabeza por la puerta.
– Es la grúa que viene a llevarse el coche -dije vivamente, diciéndole adiós con la mano. A veces resultaba más fácil contarle todo que discutir con él.
Jerry era un chico bajito y nervudo de veintitantos. Poseía un servicio de grúas pero tenía un contrato con Luke y trabajaba principalmente para su taller. En su tiempo libre se dedicaba a las carreras de coches teledirigidos. Hablamos un poco de una curiosa carrera que había ganado en Milwaukee el anterior fin de semana.
– Déjame ver si arranca ahora, Vic. Te ahorrarías el precio de la grúa.
– El coche está muerto, Jerry. Tuve que empujarlo anoche las tres últimas manzanas hasta casa -¿por qué ningún mecánico es capaz de reconocer que una mujer puede al menos saber si su propio automóvil arranca o no?
– Bueno, entonces tal vez podamos arrancarlo con las pinzas. Abre el capó un momento, ¿quieres, Vic?
– Sí, claro -lo rodeé con la poca gracia de mis fuertes pasos para soltar el seguro del capó. Estaba ya suelto, cosa que parecía extraña. Me pregunté si podía haber tirado de él sin darme cuenta cuando intentaba empujar el coche la noche anterior.
Jerry dio la vuelta a su camión y retrocedió hasta quedar paralelo al Chevy. Silbando entre dientes, sacó una serie de cables de la parte trasera del camión y vino hasta donde yo estaba.
Fue el ver que el seguro estaba suelto lo que me hizo mirar dentro del motor antes de que enganchara los cables. Jerry seguía silbando e iba a enganchar uno de ellos a la batería cuando yo le aparté el brazo de un tirón.
– ¡Aparta eso del motor!
– Vic, ¿qué… -se interrumpió al ver los dos bastoncitos explosivos junto a la bobina.
– Vic, larguémonos echando leches de aquí -dijo con un tono casual desmentido por la palidez de su cara. Me cogió del brazo y me empujó dentro del camión. Antes de que cerrara la puerta, ya estaba en la esquina de Belmont.
Yo estaba temblando tan violentamente, que no estaba segura de haberme podido mover si él no me hubiese empujado. Procuré reprimir el castañeteo de mis dientes el tiempo suficiente para decirle que llamara a la policía por la radio del camión.
– No podemos dejar ahí esa bomba para que pueda tocarla cualquiera que pase -acerté a decir entre mis mandíbulas apretadas-. Tenemos que avisar a los maderos.
Su cara seguía estando tan pálida que sus ojos castaños parecían negros, pero se apartó para detenerse en una zona de descarga junto a una ferretería.
– No quiero volver a acercarme a esa cosa. La dinamita me da un miedo que me cago. ¿A quién has cabreado tanto, Warshawski? Mientras él marcaba el 091, abrí la puerta del camión y vomité huevos y tostadas en un montoncito bien hecho junto a la curva.
Eran las tres y media cuando terminé con los maderos. Después de que la pareja del coche patrulla echara un rápido y acobardado vistazo a la bomba, había aparecido Roland Montgomery con el joven Fallos Whisky, a quien había visto fugazmente en su despacho dos semanas antes. Al terminar el día, no había conseguido enterarme del verdadero nombre del chico.
Montgomery mandó llamar a un equipo de artificieros. Llegaron al cabo de una media hora en algo que parecía un vehículo lunar. Mientras tanto, media docena de coches patrulla acordonaron con gran estrépito la zona. Durante unas cuantas horas la calle estuvo más animada de lo que suele estarlo en un año entero, con los cordones de policía y montones de tipos con trajes espaciales agitándose alrededor de mi coche. Los medios informativos mandaron sus camionetas, y los niños que deberían estar en el colegio aparecieron milagrosamente para saludar con la mano a sus compañeros desde el noticiero de las cuatro.