– Lo sé.
Simón no creyó necesario contarles a Sellers y a Gibbs el resto de lo que le había dicho Olivia: que Charlie se había inventado un novio llamado Graham para ponerle celoso y que cuando conoció a un auténtico Graham aprovechó la ocasión para convertir su mentira en una verdad. En ese momento todo aquello le superaba como para ponerse a pensar. Se ciñó a los hechos importantes.
– Naomi Jenkins nos dio por error una tarjeta de los chalets Silver Brae cuando vino al lunes para denunciar la desaparición de Haworth; la confundió con su tarjeta profesional. Y cuando se fue, Charlie aún la tenía… Me la enseñó y me comentó que tenían una oferta especial. Evidentemente, cuando el hotel de España resultó ser un asco, se acordó de esos chalets.
– Espera -dijo Gibbs, tendiendo la mano para que Sellers le Pasara su vaso. Éste soltó un suspiro, pero se lo dio-. Entonces, ¿Naomi Jenkins tenía una tarjeta del hermano de Haworth? ¿Sabía entonces cuál era el verdadero nombre de Haworth? ¿Concia a su familia?
– Ella tampoco contesta al móvil -repuso Simón-. Pero no lo creo. Estaba desesperada porque buscáramos a Haworth y lo encontráramos lo antes posible. Si hubiera sabido que él tenía un hermano o que había cambiado de nombre nos lo habría dicho el lunes, cuando vino. Nos dijo todo lo que pudo para ayudarnos a encontrarlo.
– Debía de saberlo -dijo Sellers-. No puede ser una coincidencia. A ver, ¿lleva encima una tarjeta del hermano de su amante y no tiene ni idea de quién es? ¡Y una mierda!
Simón asentía con la cabeza.
– No es una coincidencia. Todo lo contrario. Acabo de echar un vistazo a la página web de los chalets Silver Brae. Adivina quién la diseñó.
– Ni idea -dijo Sellers.
Gibbs fue más rápido en reaccionar.
– La mejor amiga de Naomi Jenkins, su inquilina, es diseñadora de páginas web.
– Has dado en el clavo -dijo Simón-. Yvon Cotchin. Ella diseñó la página web de los chalets Silver Brae. Y también diseñó la de la empresa de relojes de sol de Naomi Jenkins.
Simón hizo una pausa, esperando ver expectación en sus caras, aunque todo lo que vio fue desconcierto. Aún no lo habían pillado. Su mente no era tan tortuosa como la de Simón, ésa era la razón.
– A ver -dijo Simón-. Robert Haworth violó a Prue Kelvey. Eso lo sabemos porque lo han probado. También sabemos que no fue el autor de todas las violaciones. No fue él quien violó a Sandy Freeguard y a Naomi Jenkins, pero alguien lo hizo; alguien con quien es muy probable que trabajara Haworth, dado que el modus operandi es idéntico.
– ¿Estás diciendo que se trata de su hermano, Graham Angilley? -preguntó Sellers. Aún estaba esperando que Gibbs le devolviera el vaso.
– Ojalá estuviera equivocado, pero no creo que lo esté. Si Angilley es el otro violador, eso explicaría por qué sabía tantas cosas sobre Naomi Jenkins. En la página web hay información personal sobre ella y también figura su dirección, que es la misma de su empresa. Estoy convencido de que ésa fue la forma en que la eligió como víctima: a partir de una lista de antiguos clientes de Yvon Cotchin. Si Cotchin diseñó la página web de Jenkins antes que la de Angilley, puede que le dijera que echara un vistazo a otras páginas que había diseñado para que se hiciera una idea de su trabajo.
– Joder -dijo Sellers en voz baja.
– Prue Kelvey y Sandy Freeguard… -empezó Gibbs.
– Sandy Freeguard es escritora y tiene su propia página web, con información personal y fotos, igual que Jenkins. Y la empresa para la que trabajaba Prue Kelvey tenía una página web independiente para cada uno de sus empleados con información personal y profesional y una fotografía. Por eso Angilley y Haworth sabían tantas cosas acerca de ellas.
– Naomi Jenkins fue violada antes que Kelvey y Freeguard -dijo Gibbs.
– Exacto. -Unos minutos antes, Simón había seguido la misma pista-. Puede que fuera un momento crucial para Angilley y Haworth. Ambos habían estado vendiendo entradas para las violaciones en vivo al menos desde 2001. Eso lo sabemos por la fecha de la historia de la superviviente número treinta y uno. Fuera cual fuera el criterio que seguían al principio para elegir a sus víctimas, creo que todo cambió cuando Angilley encargó la página web de sus chalets. Si Yvon Cotchin le dijo que echara un vistazo a sus otros trabajos, incluida la página de Naomi Jenkins…
– Eso sería una bomba -dijo Sellers-. ¿Y si la página de los chalets fuera más antigua que la de Jenkins?
– Lo comprobaré -dijo Simón-. Pero no creo que lo sea. Así fue como Graham Angilley conoció a Naomi Jenkins. Se daría cuenta de que en Internet había cientos de víctimas potenciales, todas con su página web. En cualquier caso, no podía violar sólo a mujeres para quienes Yvon Cotchin hubiera diseñado una página web, ¿verdad? Eso habría sido demasiado evidente, demasiado arriesgado. De modo que él y Haworth diversificaron y empezaron mirar páginas web de cualquier mujer que trabajara…
– Con fotos, para así poder decidir si les gustaban -dijo Gibbs-¡Qué hijos de puta!
Simón asintió con la cabeza.
– La página web de Sandy Freeguard la diseñó Pegasus. Y otra firma diseñó la de la empresa de Kelvey… Acabo de hablar por teléfono con el gerente.
– ¿Y cómo encaja la inspectora en todo esto? -preguntó Sellers.
Siguió rebuscando en el bolsillo para sacar más monedas, pero no encontró ninguna. Gibbs se había terminado el chocolate; el bigote de espuma marrón que lucía daba fe de ello.
– Te lo cuento dentro de un minuto -dijo Simón, deseoso por dejar de pensar en esa parte del asunto tanto como pudiera-. Naomi Jenkins consiguió la tarjeta de los chalets Silver Brae a través de Yvon Cotchin; no tenía ni idea de que tuviera ninguna relación con Robert Haworth.
Sellers y Gibbs lo miraron con escepticismo.
– Pensad en ello. Efectivamente, Cotchin había trabajado para Graham Angilley; le había ayudado a lanzar su empresa. Seguro que le mandó un montón de tarjetas para que ella las repartiera. Naomi cogió una y pensó, como cualquiera, que los chalets Silver Brae sólo eran un lugar para pasar las vacaciones cuya página web había diseñado su amiga. No tenía ni idea de que el hermano de su novio era el propietario y el gerente-Simón dejó de hablar.
– O que el hermano era el cabrón que la había secuestrado y violado -dijo Gibbs.
– Eso es. En este caso no ha habido coincidencias, ni siquiera una. Cada parte de la respuesta a todo este lío está relacionada con las demás: Jenkins, Haworth, Angilley, Cotchin, la tarjeta…
– Y ahora con la inspectora.
Sellers parecía preocupado.
– Así es -repuso Simón, hablando casi sin aliento. Le daba la sensación de tener un bloque de cemento en el pecho-. Charlie consiguió la tarjeta de los chalets a través de Naomi Jenkins. No sabía que Graham Angilley tuviera algo que ver con Robert Haworth hasta que tú le dijiste su verdadero nombre -dijo, mirando a Gibbs.
– ¡Maldita sea! En cuanto se lo dije debió de pensar lo mismo que tú: que era muy probable que Angilley fuera el otro violador. Si ha estado follando con él…
– Por eso salió corriendo -dijo Simón-. Debe de sentirse de maravilla.
– Me siento como una mierda -dijo Gibbs-. Le he estado dando la paliza.
– No sólo a ella -dijo Sellers, levantando las cejas hacia Simón.
– ¡A tomar por culo! Vosotros os lo merecíais, pero ella no.
Simón tenía una conciencia muy activa; según algunos, hiperactiva. Sabía cuándo había hecho algo malo. No creía que ése fuera el caso de Chris Gibbs; sin embargo, Charlie Zailer no estaba libre de culpa.
– Voy a casarme en junio. Y los dos estáis invitados. Él es mi padrino -dijo, señalando a Sellers con la cabeza-. Y ha ido contando por ahí el polvo secreto que echará una semana antes. Pero no he oído nada sobre mi despedida de soltero. Probablemente, la noche antes de renunciar a mi libertad me sentaré frente a la televisión a ver solo a Ant y al maldito Dec [3], mientras él saca de la maleta las cajas de condones vacías…