Ira pasó las páginas.
– Y prosigue de esa manera… y aquí, el final. Este es el final. El narrador de nuevo. Un chico de quince años ha tenido el valor de escribir esto, ¿comprendéis? Decidme qué emisora tendría el valor de emitirlo. Decidme qué patrocinador, en el año 1949, se enfrentaría resueltamente al comandante Wood y su comité, quién se enfrentaría al comandante Hoover y sus brutos milicianos nazis, quién se enfrentaría a la Legión americana, a los veteranos de guerra católicos, a los VFW y a las DAR [6] y a todos nuestros queridos patriotas, a quién le importaría un bledo que le llamaran puñetero rojo cabrón y le amenazaran con boicotear su precioso producto. Decidme quién tendría el valor de hacer eso porque es lo que se debe hacer. ¡Nadie! Porque la libertad de expresión les importa un rábano, de la misma manera que a los tipos con los que estuve en el ejército les importaba un rábano. No me dirigían la palabra. ¿Os he dicho eso alguna vez? Entraba en el comedor, ¿comprendéis?, donde había doscientos y pico hombres, y nadie me saludaba, nadie decía nada, debido a las cosas que yo decía y las cartas que enviaba a Stars and Stripes. Aquellos tipos te daban la clara impresión de que la Segunda Guerra Mundial se libraba para fastidiarles. Al contrario de lo que muchos puedan pensar de nuestros queridos muchachos, no tenían la menor idea, no sabían para qué diablos estaban allí, el fascismo y Hitler les tenían sin cuidado, ¿qué les importaba a ellos? ¿Hacerles comprender los problemas sociales de los negros? ¿Hacerles comprender las tortuosas maneras en que el capitalismo se esfuerza por debilitar a los trabajadores? ¿Hacerles comprender que cuando bombardeamos Francfort no cayó una sola bomba en las fábricas de I.G. Farben? ¡Tal vez estoy en desventaja por mi falta de educación, pero las mentes insignificantes de «nuestros muchachos» me revuelven las tripas! Todo se reduce a esto -añadió, leyendo de repente mi guión-: «Si quieres una moraleja, aquí la tienes: el hombre que se traga la patraña sobre los grupos raciales, religiosos y nacionales es un lelo. Se perjudica a sí mismo, a su familia, su sindicato, su comunidad, su estado y su país. Es el secuaz de Torquemada». ¡Escrito -exclamó Ira, arrojando con enojo el guión sobre la mesa- por un chico de quince años!
Los invitados que se presentaron después de la cena debían de ser cincuenta más. A pesar de la importancia extraordinaria que Ira me había dado en su estudio, jamás habría tenido el valor de quedarme y mezclarme con la gente apretujada en la sala de estar, de no haber sido porque Sylphid acudió una vez más en mi ayuda. Había actores y actrices, directores, escritores, poetas, abogados, agentes literarios y productores teatrales, estaba Arthur Sokolow y estaba Sylphid, la cual no sólo llamaba a todos los invitados por sus nombres de pila, sino que conocía, y sabía caricaturizar, cada uno de sus defectos. Era una conversadora temeraria y entretenida, con una gran capacidad de odio y el talento de un chef para cortar en filetes, enroñar y asar un pedazo de carne, y yo, que tenía como objetivo decir la verdad a través de la radio, de un modo audaz e intransigente, estaba asombrado ante la joven que no movía un dedo por racionalizar, y no digamos ocultar, su divertido desprecio. Ese es el hombre más vano de Nueva York… ése de ahí necesita ser superior… la insinceridad de éste… aquél no tiene la menor idea… ése se emborrachó tanto… el talento de aquél es tan minúsculo, tan infinitesimal… el de ahí está tan amargado… el de allá es tan depravado… lo más risible de esa lunática es su afectación…
Qué delicioso era menospreciar a la gente, y observarla mientras era menospreciada. Sobre todo para un muchacho que en semejante ambiente se inclinaba hacia la veneración. A pesar de que me preocupaba llegar tarde a casa, no podía privarme de aquella educación de primera clase en los placeres de la vejación. Nunca había conocido a nadie como Sylphid, tan joven y, sin embargo, tan llena de hostilidad, tan mundana y, no obstante, vestida con una falda larga y llamativa, como si fuese una adivina, tan patentemente excéntrica, tan despreocupada por el hecho de que todo le repelía. Yo no había sabido hasta qué punto era dócil e inhibido, lo deseoso que estaba de complacer, hasta que vi lo deseosa que estaba Sylphid de provocar hostilidad, no había tenido idea de la libertad que se experimenta una vez que el egoísmo se libera de la coerción que impone el temor a quedar socialmente en evidencia. Me fascinaba lo formidable que era aquella chica. Veía que Sylphid era intrépida, no temía cultivar en su interior la amenaza que podía representar para otros.
Las dos personas a las que, según me dijo, soportaba menos formaban pareja y tenían un programa matinal de radio que resultó ser uno de los favoritos de mi madre. Ese programa, llamado Van Tassel y Grant, procedía de la casa de campo junto al río Hudson, en el condado de Dutchess, Nueva York, donde vivían la popular novelista Katrina Van Tassel Grant y su marido, el colaborador del Journal-American y crítico de espectáculos Bryden Grant. Katrina era muy alta y de una delgadez alarmante, con largos bucles morenos que en otro tiempo debieron de resultar atractivos. A juzgar por su porte, era consciente de la influencia que ejercía en el país con sus novelas. Lo poco que sabía de ella hasta aquella noche (que la hora de la cena en casa de los Grant se reservaba para comentar con sus cuatro guapos hijos las obligaciones que tenían hacia la sociedad; que sus amigos en la antigua y tradicional Staatsburg, donde sus antepasados, los Van Tassel, se establecieron, según se decía como la aristocracia local, en el siglo XVII, mucho antes de que llegaran los ingleses, tenían unas credenciales éticas y educativas impecables) había acertado a oírlo cuando mi madre escuchaba el programa Van Tassel y Grant.
El adjetivo impecable se repetía mucho en el monólogo semanal de Katrina sobre la vida espléndida, variada y excepcional que llevaba en la bulliciosa ciudad y el bucólico campo. No sólo sus frases estaban infestadas de impecables, sino también las de mi madre cuando llevaba una hora escuchando a Katrina Van Tassel Grant (a quien ella consideraba «cultivada»), mientras la novelista alababa la superioridad de quienquiera que tuviese la suerte de entrar en la esfera social de los Grant, tanto si era el hombre que le arreglaba la dentadura como el hombre que le arreglaba el lavabo. «Un lampista impecable, Bryden, impecable», decía, mientras mi madre, como millones de amas de casa, escuchaba embelesada un comentario sobre las dificultades del desagüe que afligen a las viviendas de incluso las mejores familias norteamericanas; y mi padre, cuya pertenencia al campo de Sylphid era inamovible, decía: «Bueno, apaga a esa mujer, ¿quieres, por favor?».
Katrina Grant era la mujer sobre la que Sylphid me había susurrado: «Lo más risible de esa lunática es su afectación». Y acerca del marido, Bryden Grant: «Ése es el hombre más vano de Nueva York».
– Mi madre va a almorzar con Katrina y vuelve a casa pálida de rabia. «Esa mujer es insoportable. Me habla del teatro y las últimas novelas, cree saberlo todo y no sabe nada de nada.» Y es cierto: cuando van a comer, Katrina invariablemente alecciona a mi madre sobre lo único de lo que ella está perfectamente informada. Mi madre no puede soportar las novelas de Katrina, ni siquiera es capaz de leerlas. Cuando lo intenta se echa a reír, y luego le dice a Katrina lo estupendas que son. Mi madre pone un apodo a cada persona que la espanta, y el de Katrina es Lunática. «Deberías haber oído lo que decía la Lunática sobre la obra de O'Neill», me dice. «Se superó a sí misma.» Entonces la Lunática llama a las nueve de la mañana siguiente y mi madre se pasa una hora hablando con ella. Mi madre utiliza la indignación vehemente como un manirroto utiliza su fortuna, y luego enjabona a esa mujer por el aristocrático «Van» de su nombre, y porque cuando Bryden menciona a mi madre en su columna, la llama «la Sarah Bernhardt de las ondas». Mi pobre madre y sus ambiciones sociales. Katrina es la más pretenciosa de toda esa gente rica y pretenciosa que vive a orillas del río en Staatsburg, y parece ser que él desciende de Ulysses S. Grant.