– Can-can, frou-frou, vin blanc, lencería francesa -fue el comentario de Toni cuando le dije que me iba a París.
El se iba a Marruecos para «desanglificarse», y ya se estaba tragando sin parar metros y metros de cintas de torturantes silbidos y gruñidos aberrantes.
– Kif. Hachís. Lawrence de Arabia. Dátiles -le dije yo, no sin advertir que no había conseguido dar el matiz correcto.
En realidad la cosa no era así. Ya había estado muchas veces en París antes de 1968, y no iba con ninguna de las ingenuas expectativas que Toni tanto se complacía en adjudicarme. Había agotado ya su faceta Paree [3] antes de los veinte años: los libros de bolsillo de tapas verdes de la Olympia Press, las pérdidas de tiempo en las terrazas de los cafés de los bulevares, los empujones entre tangas de cuero y bolsas en una parodia de antro de Montparnasse. Cuando era estudiante había agotado la ciudad-como-parte-de-la-historia, husmeando celebridades en Père Lachaise para volver a casa exultante después de hacer un descubrimiento inesperado: las catacumbas de Denfer-Rocherau, donde la historia post-revolucionaria y la melancolía personal pueden combinarse armoniosamente mientras se divaga entre bóvedas y zarandeados esqueletos, clasificados por huesos y no por cuerpos: pulcras hileras de fémures y sólidos cubos de cráneos aparecían repentinamente bajo la luz temblequeante de la vela. Por aquella época ya había incluso dejado de despreciar a mis exhaustos compatriotas, apiñados en los cafés de los aledaños de la Gare du Nord, levantando los dedos para indicar el número de Pernods que querían.
Escogí París porque era un lugar familiar donde podía, si quería, vivir solo. Conocía la ciudad; hablaba el idioma. No me preocupaban ni la comida ni el clima. París era demasiado grande como para verme amenazado por la hospitalidad de una colonia de emigrados ingleses. Tendría pocos estorbos para concentrarme en mí mismo.
Por mediación del amigo de un amigo, me prestaron un piso en Buttes-Chaumont (la ruidosa línea de metro 7-bis: Bolívar, Buttes-Chaumont, Botzaris). Era un estudio espacioso pero un poco decrépito, con un suelo de madera que crujía a cada paso y, en un rincón una máquina tragaperras, que funcionaba con una provisión de francos antiguos amontonados encima de un estante. En la cocina había un anaquel lleno de botellas de calvados casero que podía beberme, siempre y cuando repusiera cada botella con una de whisky (perdí dinero con el trato pero gané en color local).
Me instalé con mis pocas posesiones, le hice un poco la pelota a la portera, Mme. Huet, metida en su cuchitril lleno de plantas, gatos diarreicos y números atrasados de France Dimanche (me mantenía informado sobre cada nouvelle intervention chirurgicale à Windsor), me hice socio de la Bibliothèque Nationale (que no estaba demasiado cerca) y comencé a considerarme, por fin, un ser autónomo. El colegio, la familia, la universidad, los amigos… Cada uno, a su manera, brindaban un consenso de valores, ambiciones, formas aceptadas de fracaso. Se aceptaban pequeñeces, se reaccionaba contra pequeñeces, se reaccionaba contra la reacción ante las pequeñeces, y ese movimiento constante y pendular del proceso daba la ilusión de avanzar. Por fin tendría la oportunidad de aclarar las cosas. Me tomaría un respiro y las aclararía de verdad.
Quizá no de golpe. Llegar, sentarse y empezar, metódicamente, a replantearse la vida: ¿no sería eso lo mismo que sucumbir a una forma de pensar programada y burocrática que con tanto atrevimiento había desdeñado heroicamente? Así pues, durante las primeras semanas vagabundeé, sin preocupaciones ni remordimientos. Me tragué todo el ciclo de Howard Hawks, que siempre se ofrece en algún cine de París. Me senté, adrede, en algunos de los jardines y plazas menos célebres. Redescubrí esa sonrisa que se escapa al viajar en el metro en primera clase con un billete de segunda. Miré distraídamente un puñado de reportajes sobre las representaciones del Cato de Addison, durante la época de la Revolución (la obra era una de las favoritas de Marat). Hojeé algunos folletos de cómo llevar una Vida Artística en París. Pasé largos ratos en la librería Shakespeare & Company. Leí las memorias póstumas de Hemingway en París, que se rumoreaba habían sido escritas por su mujer («No hay duda, están tan mal escritas que deben de ser auténticas», me aseguró Toni).
Hice unos cuantos dibujos, bastante buenos, de acuerdo a lo que llamaba Principio Fortuito. La teoría era que todo es intrínsecamente interesante, que el arte no debería concentrarse únicamente en los temas más elevados (sé que antes algunas personas ya habían tomado ese camino). Así que se lleva encima la libreta de bocetos a todos lados, deteniéndose no por el interés oficial y heredado de lo que se ve, sino según un factor aleatorio que se decide ese mismo día, como recibir un empujón en la calle, ver dos bicicletas circulando a la misma altura u oler a café. Entonces, se queda uno clavado, mirando en dirección a donde se dirigía, y examina la primera cosa que aparece ante los ojos. Tenía ciertos resabios de la vieja teoría que Toni y yo llamamos el Callejeo Provechoso.
También pergeñé algún escrito. Afición por la que sentía un entusiasmo moderado. Ejercicios de memoria. Por ejemplo, describir al carnicero que vendía carne de caballo y de quien yo era cliente semanal (siempre -reconozco que a propósito- los viernes), pero a quien no miré nunca, de verdad, hasta que intenté describirlo y me di cuenta de cuántas cosas era incapaz de recordar. Otro ejercicio consistía en sentarme junto a la ventana y escribir simplemente lo que veía. Al día siguiente, comprobaba la selectividad de mi visión. Luego, unos cuantos ejercicios estilísticos, inspirados en Queneau, para aflojar la mano. Y montones de cartas, algunas (a mis padres) contando lo que no hacía, y las más largas, con frases más tajantes a Toni, contando lo que hacía.
Era una existencia muy agradable. Naturalmente, Toni (que sólo había aguantado tres semanas en África y ahora empezaba a trabajar dando clases a mayores de veinticinco años) me escribía para reprenderme por la irrealidad económica de esta existencia. Yo argumentaba en mis respuestas que la felicidad dependía necesariamente de la irrealidad de un aspecto de tu vida: que en un campo concreto (emocional, financiero, profesional) uno debía vivir más allá de sus posibilidades. ¿Acaso Toni y yo no lo habíamos dejado asentado así cuando íbamos al colegio?
El caballo apropiado
tu banca habrá reformado,
si no hay dinero contado
acabarás divorciado
Y entonces, cuando ya llevaba un mes en París, conocí a Annick. ¿No habría tenido esto que añadir mayor irrealidad, una vida más allá de todas las posibilidades, más felicidad? ¿Pero fue así? ¿Cómo era esa vieja regla matemática que aprendimos en el colegio? ¿Más y más da menos?
La conocí, siempre sonrío al recordarlo, como resultado de una de mis escasas visitas a la Bibliothèque Nationale. Llevaba casi una hora allí, hojeando unas cartas tempranas de Víctor Hugo para averiguar si tenía algo que decir sobre actores ingleses que estuvieran actuando cuando él trabajaba en el Cromwell (si alguien le interesa saberlo, decía y no decía… apenas un par de frases casuales). Agotado por el espectáculo de la masa de eruditos en acción, me largué pronto en pos de un vin blanc cassis que servían en un bar de la Rue de Richelieu y que, de ordinario, se disputaba mi asiduidad con la biblioteca. No era inapropiado: la atmósfera me recordaba muchísimo a la de la Bib. Nat. La misma atención, soporífera y sistemática para lo que se tenía delante; el apacible crujido de las hojas de periódico en vez del de las páginas del libro: los filosóficos asentimientos de cabeza; los dormilones profesionales. Sólo la cafetera mecánica, rugiendo como una máquina de vapor, insistía en recordarte dónde estabas.