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Se produjo un silencio.

– ¿Lo ve? No; dudo que nos hubiera creído. Por eso no nos quedaba más camino que traerle aquí, sano y salvo, recurriendo a la fuerza sólo en medida indispensable.

Bond reflexionó un instante.

– Exijo saber dónde estoy y quiénes son ustedes.

– A su debido tiempo. Todo a su…

– ¿Dónde estoy? -le atajó Bond cortante.

– En Erewhon [13] -Simon rió entre dientes-. Nos gustan los nombres cifrados, ¿sabe? Cuestión de seguridad… y de paz de espíritu. Por si rechazase usted nuestra oferta o, ¿por qué no?, resultase no ser del todo la clase de hombre que necesitamos. Así pues, este lugar se llama Erewhon. Y ahora, si tiene la bondad, el oficial de mando desea hablar con usted.

Bond echó los pies al suelo lentamente, al tiempo que asía a Simon de la muñeca. La mano libre de su interlocutor voló a la culata del revólver.

– Comandante, yo no le aconsejaría…

– Descuide, no voy a atacarle. Es que no recuerdo haber solicitado ningún empleo. A nadie.

– Ah, ¿es eso? Sí, claro; no lo ha solicitado -confirmó Simon en tono ingenuamente burlón-. De todas formas, una cosa es cierta: está sin trabajo. ¿No es así, comandante Bond?

– En efecto.

– Y no es usted, por naturaleza, un hombre ocioso. Nosotros quisimos… ¿Cómo lo diría yo…? ofrecerle una oportunidad.

Bond miró de hito en hito a Simon.

– ¿Y no habría sido más civilizado hacerlo en Inglaterra, por invitación, y no secuestrándome?

– El oficial de mando de Erewhon desea hablar con usted -insistió Simon con una sonrisa cautivadora, como si eso lo explicara todo.

Bond hizo como silo meditara un momento, y luego asintió.

– Está bien. Me entrevistaré con él.

– Estupendo.

Simon tabaleó a la puerta, que uno de los que aguardaban afuera abrió. Al salir ellos del cuarto, los dos guardianes flanquearon al agente especial. Éste olisqueó el aire. Era caliente pero seco. Y pobre en oxígeno. Tenían que estar muy por encima del nivel del mar. Por lo demás, se encontraban en una pequeña hondonada entre montañas. A un lado formaban éstas dos elevaciones redondeadas, como senos femeninos, pero de seca tierra revuelta con rocas. El resto del círculo ofrecía un aspecto más áspero, con cimas y picachos que alcanzaban alturas de algunos centenares de metros, e impresionantes peñascos.

El sol estaba alto, casi en el cenit. Una serie de chatos edificios blancos ocupaban el arenoso fondo de la hondonada, en una larga hilera y dispuestos en forma de una gran E. Donde el terreno se elevaba, y recostadas en la pendiente, había otras edificaciones de parecido aspecto, aunque repartidas con un criterio menos simétrico. Simon se encaminó hacia ellas, distantes unos quinientos o seiscientos metros.

De algunos de los edificios menores emanaba humo. Bond vio a su izquierda un campo de tiro, y en él un grupo de hombres uniformados haciendo instrucción. Por el lado de las colinas onduladas, entre un grupo de desventradas casas de ladrillo que casi parecían europeas, sonaron de improviso violentas explosiones punteadas por disparos de armas ligeras. En medio de las destruidas viviendas cruzaron fugaces siluetas, como de hombres enzarzados en una batalla urbana.

Al volverse, atraído por el estruendo, Bond advirtió asimismo una especie de casamata hundida en la cima de una de las elevaciones. Un puesto defensivo, pensó, y casi inexpugnable desde el aire, aunque quizá podría accederse a él mediante helicópteros.

– ¿Qué le parece nuestro Erewhon? ¿Le gusta? -preguntó Simon animadamente.

– Depende de lo que hagan ustedes aquí. ¿Organizan visitas turísticas?

– Poco menos que eso -replicó en tono al parecer muy divertido.

Habían llegado a un edificio de las dimensiones de un modesto bungalow. A la derecha de la puerta, en una placa pulcramente rotulada en varios idiomas, entre ellos el hebreo y el árabe, se leía OFICIAL DE MANDO. Entraron en una pequeña antesala, que Simon cruzó para llamar a una puerta situada al otro extremo. No había otra en la estancia.

«Entre», dijo una voz. Con un ademán elocuente, Simon anunció en tono marciaclass="underline"

– El comandante James Bond, señor.

Después de todo lo ocurrido, y ante la minada de preguntas insatisfechas que se planteaba a sí mismo, a Bond no le hubiera sorprendido encontrarse con el general Zwingli al trasponer aquella puerta. Pero viendo al hombre que se hallaba sentado a la mesa plegable que presidía el espacioso despacho, se quedó sin aliento. Y no era que aquel personaje no guardara cierta relación con Zwingli, pues la última vez que le había visto se encontraba en compañía de él, en la salle privée del casino de Montecarlo.

– Entre, comandante Bond. Entre usted. Bien venido a Erewhon -dijo Tamil Rahani-. Tenga la bondad de sentarse. Simon, acérquele una silla al comandante.

11. Terror de alquiler

La habitación estaba amueblada funcionalmente: su mesa plegable, el archivador y las cuatro sillas eran la clase de equipo que se hubiera podido encontrar en cualquier almacén de intendencia de cualquier parte del mundo.

Los muebles reflejaban, al parecer, el carácter de Tamil Rahani. Visto en Montecarlo, a cierta distancia y por breve tiempo, Bond había creído descubrir en él lo que en cualquier otro próspero hombre de negocios: cuidada indumentaria, agudeza, suavidad de modales y confianza en sí mismo. Observado de cerca, la seguridad seguía apreciándose claramente; en cuanto a los suaves modales, se quedaban en la superficie: la impresión dominante era de energía, una energía contenida y canalizada. Recordaba la especie de disciplina personal que caracteriza a todo jefe militar de talla: una especie de sosiego que esconde una decidida e inquebrantable resolución. Rahani respiraba a un tiempo autoridad y segura confianza en sus dotes.

Mientras Simon le acercaba la silla y se procuraba otra para él, Bond echó una rápida ojeada a su alrededor. Las paredes del despacho estaban cubiertas de mapas, gráficos y grandes carteles de aviones, barcos, carros de combate y otros vehículos acorazados, vistos de perfil. Había también una serie de organigramas cuyos indicadores verdes, rojos y azules eran la única nota de color apreciable en la espartana estancia.

– ¿Es posible que le haya visto en alguna otra parte? -preguntó Bond, cuidando de observar la cortesía militar, pues una aureola de peligroso poder envolvía a Rahani.

El otro rompió a reír, la cabeza echada un poco hacia atrás.

– Es posible que haya visto fotos mías en la prensa, comandante -replicó risueño-. Más tarde podemos tratar ese tema. Ahora preferiría que hablásemos de usted. Nos ha sido recomendado en términos muy elogiosos.

– ¿De veras?

Rahani se golpeó los dientes con un lápiz. Era la suya una dentadura perfecta, de piezas blancas y regulares. El bigote que le adornaba el labio estaba pulcramente recortado.

– Permítame que sea totalmente franco, comandante. Nadie sabe si es usted digno de confianza. Lo único que les consta a las principales agencias de espionaje es que, durante mucho tiempo, ha sido usted agente especial de los Servicios Secretos británicos. En fechas recientes dejó usted de pertenecer a ellos. Se rumorea que presentó su dimisión empujado por el despecho -dijo con una especie de carraspeo interrogativo-. Pero también se afirma que un agente del SIS, de la CIA, del Mossad o de la KGB jamás abandona el servicio para operar por su cuenta. ¿Es ésa la expresión correcta? ¿Operar por su cuenta?

– Es la que emplean los autores del género -respondió Bond, determinado a mantener su actitud de indiferencia.

– Bien -continuó Rahani-, hay muchísima gente interesada en averiguar la verdad. Son varios los Servicios Secretos que desearían establecer contacto con usted. Y uno de ellos estuvo a punto de hacerlo, pero luego se arredró, pensando que, a la larga, y por más contrariado que pudiera usted sentirse, una vez puesto a prueba terminaría por devolverle su lealtad a quien siempre se la había tenido.

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[13] "Erewhon" leído al revés es "Nohwere", casi "No-were", es decir "en ningún lugar". La expresión está tomada de una novela anti-utópica de Samuel Butler "Erewhon: or, Over The Range" (1872).