Katherine negó con la cabeza.
– Mierda -musitó Nick-. O sea que de momento tenemos seis cadáveres y solo hemos identificado a uno. Cuatro son de jóvenes y dos de ancianos. Hay un actor, una enferma de cáncer y uno al que podríamos identificar si le tomáramos las huellas dactilares.
– A quien el asesino odiaba -añadió Vito-. Eso rompe con el perfil.
Nick arqueó una ceja.
– Sigue.
– Cavó las tumbas a la perfección, todas exactamente iguales. Es obsesivo compulsivo. Las víctimas de la tercera fila fueron torturadas, pero con instrumentos, no con las manos. Luego tenemos al chico de la bala; otro instrumento. Las heridas del anciano indican que perdió los estribos por completo. La furia y la pasión no forman parte del modus operandi de un obsesivo compulsivo.
– Era algo personal -convino Nick, pensativo-. Si conocía al anciano, hay bastantes posibilidades de que también conociera a su mujer. Sin embargo con ella sí que utilizó las manos. Le rompió el cuello.
– Pero no le pegó.
Katherine se aclaró la garganta.
– Chicos, todo esto es fascinante pero llevo todo el día de pie y me gustaría salir de aquí antes de medianoche, así que marchaos.
– Nooo, por favooor; nos gusta mucho estar en el depósito -gimoteó Nick, y Katherine lo echó entre risas.
– Si queréis las autopsias tendréis que marcharos. Más tarde os llamaré. Ahora, fuera.
8
Lunes, 15 de enero, 16:05 horas
Sophie frunció el ceño ante el espejo mientras retiraba los restos del exagerado maquillaje que se fijaba a sus mejillas con rebeldía.
– Maldita caracterización -masculló-. Parezco una puta barata. -La puerta de los servicios del personal se abrió y Darla se asomó con expresión exasperada aunque cariñosa.
– No te frotes tan fuerte, Sophie. Vas a arrancarte la piel. -Tomó un bote del mueble de debajo del lavabo-. ¿Cuántas veces te he dicho que te pongas crema hidratante? -Aplicó una gruesa capa al rostro de Sophie y se dispuso a extenderla con suavidad.
– Como un millón -gruñó Sophie con cara de asco al notar la fría sustancia viscosa sobre su piel.
– ¿Y por qué no me haces caso?
– Porque no me acuerdo. -La réplica sonaba infantil y Darla sonrió.
– Pues a ver si haces memoria. Parece que quieras arrancarte la piel para que Ted deje de pedirte que te maquilles. Puedo asegurarte que no va a dejarlo correr. -Extendía la crema mientras hablaba-. Tú sabrás mucho de historia, Sophie, pero Ted sabe llevar el negocio. Sin las visitas guiadas, puede que el museo tuviera que cerrar.
– ¿Adónde quieres ir a parar exactamente?
– Sophie. -Darla le asió la barbilla y tiró de ella hasta que Sophie se inclinó hacia delante-. Estate quieta. Cierra los ojos. -La chica hizo lo que Darla le pedía hasta que la soltó-. Ya hemos terminado.
Sophie se tocó la cara.
– Estoy pringosa.
– Lo que estás es imposible, y llevas así todo el día. ¿Qué te pasa?
«Que un sádico asesino aplica torturas medievales y que un guapo policía me ha robado el alma a pesar de ser un cerdo.»
– Que tengo que hacer de vikinga y de Juana de Arco -dijo en vez de lo que pensaba-. Ted me contrató como conservadora pero no tengo tiempo de ocuparme de las piezas porque siempre estoy con las malditas visitas.
Se oyó vaciarse el depósito de un retrete y de una de las cabinas salió Patty Ann.
– Me parece que tienes mala conciencia -dijo en tono inquietante mientras se disponía a lavarse las manos-. Esta tarde han venido dos policías a interrogar a Sophie. Uno de ellos se la ha llevado casi a rastras al coche patrulla. -Miró a Sophie con malicia con el rabillo del ojo-. Debes de haber sido muy convincente para conseguir que te soltara.
Darla pareció alarmarse.
– ¿Qué es eso de que ha venido la policía? ¿Aquí? ¿Al Albright?
– Tenían preguntas sobre historia, Darla. Eso es todo.
– Y ¿qué pasa con el moreno? -la pinchó Patty Ann, y a Sophie le entraron ganas de estrangularla-. Te ha perseguido cuando volvías al museo.
– No me ha perseguido -protestó Sophie con decisión mientras se deshacía los lazos del canesú. Sin embargo, eso era precisamente lo que había hecho Vito, y su corazón latía con más fuerza cada vez que pensaba en ello. Había algo de Vito Ciccotelli que le atraía y la tentaba, algo que resultaba bochornoso. Tenía que conseguirle la información que le había pedido, de ese modo no estaría obligada a volver a verlo. Fuera tentaciones y asunto zanjado.
Se cambió de ropa y se coló en el pequeño cuarto de almacenamiento donde Ted había ubicado su despacho. Era diminuto y estaba lleno de cajas, pero en él había un escritorio, un ordenador y un teléfono. Habría estado bien que tuviera ventana, pero llegados a aquel punto debía elegir qué batallas presentaba.
Se dejó caer en el viejo sillón y cerró los ojos. Estaba cansada. Supuso que el hecho de no haber parado de dar vueltas durante toda la noche tenía sus consecuencias. «Céntrate, Sophie.» Tenía que pensar en arqueólogos y coleccionistas sospechosos y confeccionar la lista para Ciccotelli.
Pensó en las personas con quienes había trabajado a lo largo de los años. La mayoría eran científicos honrados que trataban las piezas con tanto cuidado como Jen McFain trataba las pruebas en el escenario del crimen. Sin embargo, sin poder evitarlo sus pensamientos se dirigieron hacia él. Alan Brewster. «Mi cruz.» Nunca había prestado atención a las generosas donaciones que financiaban sus excavaciones; claro que Alan conocía a todo el mundo. Sería un buen contacto para los detectives. De no ser porque…
De no ser porque Alan le preguntaría a Vito quién le había dado su nombre. Vito respondería que había sido Sophie, y entonces Alan esbozaría su sonrisa de traidor embustero. Ya oía su voz, melosa, refinada. «Sophie -diría-; una ayudante muy hábil.» Eso era lo que le había dicho cuando… terminaron. De hecho, al principio Sophie pensaba que se lo había dicho con cariño, que para él había sido alguien especial.
Sus mejillas se encendieron a medida que la vergüenza y la humillación renacían, como le ocurría cada vez que lo recordaba. Entonces sabía poco. Ahora sabía muchísimo más.
No obstante, la culpa fue abriéndose paso hasta sumarse a la vergüenza.
– Eres una cobarde -murmuró. Nueve personas habían muerto y Alan podía resultar de ayuda, y ella estaba dejando que su amor propio lo impidiera. Anotó su nombre en el cuaderno, pero el simple hecho de verlo escrito le produjo escalofríos. Lo contaría. Siempre lo contaba. Le divertía hacerlo. Se lo diría a Nick y a Vito y entonces también ellos lo sabrían. «¿Qué más te da lo que piensen de ti?» Sin embargo, le importaba. Siempre le importaba.
«Piensa en otra persona -se dijo-. En alguien igual de válido.» Se estrujó los sesos hasta que a su mente afloró otro rostro, pero no el nombre de la persona. Se trataba de un compañero de estudios que había trabajado en la misma excavación con Alan Brewster. Mientras que ella hacía de «ayudante», el chico se dedicaba a investigar sobre antigüedades robadas para su tesis. Sophie llevó a cabo una búsqueda, pero no encontró la tesis. Sin embargo, el chico tenía un amigo… ¡Claro!
De su nombre sí que se acordaba. Clint Shafer. Dando un suspiro, examinó las páginas blancas y encontró un número de teléfono. Sin darse tiempo a cambiar de idea, Sophie lo marcó.
– Clint, soy Sophie Johannsen. Puede que no te acuerdes de mí pero…
Él la atajó con un silbido.
– Vaya, vaya, Sophie. ¿Cómo estás?
– Voy tirando -respondió. «Nueve tumbas, Sophie.»-. Clint, ¿te acuerdas de aquel amigo tuyo que investigaba sobre antigüedades robadas?
– ¿Te refieres a Lombard?
Lombard. Ahora se acordaba. Kyle Lombard.