Sin embargo para el hijo de Lloyd Webber no había futuro. Sabía que el chico estaba muerto, y también sabía que debería contarle a la policía sus sospechas sobre Frasier Lewis. Pero el poderoso dinero lo tenía atado de pies y manos. «El poderoso dinero.» Se dispuso a subir la escalera mientras pensaba en oRo. Jager y él habían asignado un nombre muy apropiado a la empresa. Ya había introducido la llave en la cerradura cuando dio un respingo al notar una fuerte presión a la altura de los riñones. «¿Una pistola?» ¿Sería Jager o Frasier Lewis? Derek no estaba seguro de querer saberlo.
– No hables. Limítate a obedecerme.
Ahora Derek ya sabía quién empuñaba la pistola. Y también sabía que iba a morir.
Filadelfia,
miércoles, 17 de enero, 16:45 horas
Vito se apeó de la camioneta y subió corriendo la escalera de la biblioteca. Más valía que el viaje mereciera la pena, pensó. Tendría que aplazar una hora la reunión de las cinco y se le haría tarde para encontrarse con Sophie en la residencia de su abuela.
Sin embargo, a juzgar por la llamada que había recibido de Barbara Mulrine, la bibliotecaria, el asunto era importante. Había acompañado a Nick a la comisaría a dejar allí el contestador automático de Jill Ellis. Nick le pediría al departamento técnico que limpiara la cinta para antes de las seis.
Barbara lo estaba esperando junto a Marcy detrás del mostrador.
– Hemos intentado que fuera a la comisaría, pero no ha habido manera -dijo Barbara omitiendo todo saludo.
– ¿Dónde está? -preguntó Vito.
Marcy señaló a un hombre de edad que barría el suelo.
– Tiene miedo de la policía.
– ¿Por qué?
– Es ruso -explicó Barbara-. Su situación aquí es legal, estoy segura, pero ha vivido momentos muy duros. Se llama Yuri y lleva menos de dos años en Estados Unidos.
– ¿Habla inglés?
– Un poco. Con suerte se entenderán.
Vito tardó menos de cinco minutos en darse cuenta de que el poco inglés que sabía Yuri no bastaba ni de lejos para entenderse. El anciano había hablado con «un hombre» de «la señorita Claire». Más allá de eso fueron incapaces de comunicarse. Aquello iba a llevarle más tiempo del que creía.
– Lo siento -se disculpó Barbara en tono suave-. Tendría que haberle dicho que se trajera a un intérprete.
– No se preocupe. Ahora me encargo de buscar uno. -Vito suspiró. Con lo que costaba encontrar intérpretes de español, conseguir uno de ruso le llevaría horas. Esa noche no podría quedar con nadie, ni arqueólogas ni leyendas de la ópera. Tendría que llevar al hombre a la comisaría mientras esperaba al intérprete. Por lo menos, adelantaría trabajo.
– Señor, necesito que me acompañe. -Le tendió la mano y el hombre lo miró con cara de espanto.
– No. -Yuri aferró el mango de la escoba y entonces Vito reparó en sus deformados nudillos. A aquel hombre le habían roto las manos, al parecer años atrás.
– Detective -musitó Barbara-, por favor, no haga eso. No le obligue a acompañarlo.
Vito alzó las dos manos para indicar que se daba por vencido.
– De acuerdo. Quédese aquí.
Yuri miró a Barbara y esta asintió.
– No te llevará a ninguna parte, Yuri. Aquí estás a salvo.
Algo receloso, Yuri se dio media vuelta y siguió barriendo.
– No conseguirá que le cuente nada si se lo lleva a la comisaría por la fuerza -dijo Barbara-. Márchese, ya me quedo yo aquí hasta que consiga un intérprete.
Vito sonrió con tristeza.
– Puede que tarde horas y usted lleva aquí todo el día.
– No importa. Claire Reynolds no me caía bien, pero no quiero que su asesino quede impune. Además, hace tiempo le prometí a Yuri que aquí estaría a salvo.
La opinión que Vito tenía de la bibliotecaria mejoró un poco más.
– Haré todo lo que esté en mi mano para que pueda cumplir su promesa. -Se sacó el móvil del bolsillo-. Si me disculpa, tengo que anular una cita.
Ella lo miró apenada.
– Qué lástima.
Vito se acordó del premio doble.
– No lo sabe usted bien.
Se acercó a la ventana y marcó el número del móvil de Sophie, quien respondió enseguida.
– Sophie, soy Vito.
– ¿Qué ocurre?
Vito no creía que el nerviosismo se le notara tanto en la voz.
– Nada. Bueno, sí; sí que ocurre algo. Escucha, es posible que haya descubierto una cosa importante relacionada con el caso y tengo que dedicarme a ello. Igual más tarde puedo quedar contigo, pero lo veo difícil.
– ¿Hay algo que yo pueda hacer?
«Darme mi premio», pensó, pero hizo un esfuerzo por concentrarse.
– Pues sí. Necesitaremos que nos hables de los castigos que se imponían por robo en la Edad Media.
– No hay problema. ¿Quieres que vaya a la comisaría?
Vito se volvió y miró al anciano.
– A lo mejor, más tarde. Yo de momento estoy en otro sitio, tengo que esperar… -Lo asaltó una idea-. Sophie, ¿sabes ruso?
– Sí.
– Pero ¿lo hablas bien o solo te sabes las palabrotas?
– Lo hablo bien -respondió ella con cautela-. ¿Por qué?
– ¿Puedes venir a la biblioteca Huntington? -Le dio la dirección-. Te lo explicaré cuando llegues. Adiós. -Colgó. Luego llamó a Liz y la puso al corriente.
– Así que has vuelto a conseguir ayuda gratis -dijo Liz con una risita-. Piensa que de ahora en adelante todo el mundo esperará que hagas lo mismo y no te asignarán un presupuesto nunca más.
– Pero Sophie cuenta como una sola asesora -se quejó en tono irónico-. Diles a los chicos que llegaré en cuanto pueda, pero seguro que será después de las seis. ¿Puedes pedirle a Katherine que imprima una foto de la mejilla de Sanders? Cuando Sophie termine con esto, la llevaré a la comisaría para enseñársela. Ya vio un cadáver y no me gustaría tener que llevarla al depósito.
– Muy bien. Oye, tengo noticias de la Interpol. Me parece que tenemos una identificación.
Vito se enderezó.
– Qué bien. ¿Quién es?
– Estoy esperando un fax con una fotografía. Supongo que lo habré recibido cuando tú llegues. Tendré a todo el mundo a punto para la reunión de las seis.
– Gracias, Liz.
16
Miércoles, 17 de enero, 17:20 horas
Sophie entró en la biblioteca con la respiración agitada. Vito se encontraba al final del vestíbulo, hablando con una mujer vestida de oscuro. Él levantó la cabeza y sonrió, y a ella el corazón se le disparó como un cohete. Consiguió cruzar el vestíbulo con decoro a pesar de las ganas que tenía de arrojarse en sus brazos y retomar lo que por la mañana habían dejado a medias.
A juzgar por el brillo de los ojos de Vito, él pensaba lo mismo.
– ¿Cuál es ese gran misterio? -preguntó ella con una sonrisa que esperaba que no le confiriera esa expresión embobada de una quinceañera ante su ídolo.
– Necesitamos que hagas de traductora, Sophie. Esta es Barbara Mulrine, la bibliotecaria.
Ella saludó a la mujer con un movimiento de cabeza.
– Encantada de conocerla. ¿Qué necesita traducir?
Barbara señaló al anciano que limpiaba las ventanas.
– A él. Se llama Yuri Chertov.