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– Me parece que Kyle y Clint aprendieron muchas cosas de Alan Brewster, además de arqueología -soltó Vito con ironía, y fue recompensado con una media sonrisa por parte de Sophie.

– El lunes yo hablé con Clint Shafer, y tú viste a Alan el martes. Esta noche Kyle no se ha presentado en casa a la hora de cenar; su mujer ha comprobado las llamadas de su móvil y ha descubierto que había hablado con Clint. Entonces ha llamado a la mujer de Clint, quien a su vez ha comprobado las llamadas efectuadas por este y le ha dado a la mujer de Kyle el teléfono del museo donde trabajo. Lo curioso es que la mujer de Kyle dice que Clint tampoco se ha presentado a la hora de cenar.

– Y que las dos te han llamado al móvil.

Sophie frunció el entrecejo.

– Tienes razón. ¿De dónde lo habrán sacado? Bueno, ya lo descubriréis. La cuestión es que tenéis una foto de Kyle Lombard tomada… ¿Dónde?

– En Bérgamo, en Italia. Es lo que nos ha dicho la Interpol -respondió Liz por detrás de Vito.

– Eso está a menos de media hora en tren desde donde vivía Berretti. Y ahora resulta que tenéis una foto de Kyle, y dos días después de que yo lo llamé para hacerle una pregunta no aparece por casa. ¿Será una coincidencia?

– No. -Vito miró a Nick y a Liz-. Pondremos una orden de busca y captura para Clint Shafer en…

– Long Island -le informó Sophie.

– Y otra para Kyle Lombard, donde quiera que esté.

– Su mujer me ha llamado desde un número con prefijo 845 -dijo Sophie-. Pero si no podéis dar con Kyle a través del número de su esposa, podréis encontrarlo examinando las llamadas del móvil de Clint.

Vito asintió con energía.

– Bien, Sophie. Muy bien.

– No, Vito. -Nick sacudió la cabeza-. Mal, muy mal. Si por una parte Lombard guarda relación con Sophie y también con Berretti y los instrumentos de tortura desaparecidos, y por la otra no aparece por casa y puede que esté tirado en el fondo de un barranco…

A Vito se le heló la sangre.

– Mierda.

Sophie se sentó de golpe.

– Oh, no. Si Kyle tiene relación con todo esto y ha desaparecido…

– Puede que el asesino sepa en este momento de ti -concluyó Vito con gravedad.

– A partir de ahora tendremos que proporcionarte protección, Sophie -dijo Jen.

Liz asintió.

– Yo me encargaré. -Le estrechó el brazo a Katherine-. Respira, Kath.

Katherine se sentó despacio en la silla contigua a Sophie.

– No debería haberte…

– Katherine -la interrumpió Sophie entre dientes-. Déjalo.

– No puedo. Esto no tiene nada que ver con que tengas cinco años o cincuenta y cinco, tiene que ver con que estás en el punto de mira del monstruo que ha hecho esto. -Tomó la foto de Sanders con las lágrimas rodándole por las mejillas-. El monstruo que ha torturado y asesinado a nueve cadáveres que yacen en el depósito.

Al instante el semblante de Sophie se demudó y abrazó a Katherine al ver que los hombros de la forense se encogían con movimientos convulsivos. Vito y Nick se miraron estupefactos. Nunca antes habían visto a Katherine derramar una sola lágrima, por muy mal que estuvieran los cadáveres.

Pero en esa ocasión no se trataba de un cadáver. Se trataba de la niña de sus ojos, y Vito comprendió su gran temor.

Sophie le dio una palmadita en la espalda a Katherine.

– No me pasará nada. Vito se encargará de vigilarme. Además, tengo a Lotte y a Birgit. -Levantó la cabeza para mirar a Vito-. Pensándolo mejor, me parece que hoy libras.

Katherine la apartó, furiosa.

– Esto no es ninguna broma, Sophie Johannsen.

Sophie enjugó las lágrimas de Katherine.

– No, no lo es. Pero tampoco es culpa tuya.

Katherine aferró a Vito por la pechera de la camisa y lo obligó a inclinarse con una fuerza que lo sorprendió.

– Más te vale que a ella tampoco le ocurra nada, si no te juro por Dios que…

Vito se quedó mirando a la mujer que creía conocer bien. Katherine también lo miró, seria y muy enfadada. «A ella tampoco.» Sabía lo de Andrea, lo que había hecho. Le retiró los dedos de la camisa y se puso derecho.

– Entendido.

Katherine exhaló un gran suspiro trémulo.

– Por si no te había quedado claro.

– Me ha quedado clarísimo -soltó Vito.

Sophie se los quedó mirando.

– ¿Le has amenazado, Katherine?

– Sí -respondió Vito-. Eso ha hecho.

17

Miércoles, 17 de enero, 20:30 horas

Sophie se bajó de su coche en el aparcamiento de la residencia de ancianos y aguardó a que Vito aparcase. Cuando salieron de la comisaría estaba callado, pensativo y enfadado. Luego, de camino a la residencia, la había seguido tan de cerca que si Sophie hubiera tenido que frenar de golpe, se habría empotrado contra su parachoques trasero. Ella se había pasado todo el viaje dándole vueltas al enfrentamiento entre Vito y Katherine, lo cual resultaba mucho menos estresante que pensar en que tal vez un asesino estuviera observándola. Estaba segura de que algo le había ocurrido a una persona a quien se suponía que Vito debía proteger. Sophie recordó las rosas. Su intuición le decía que ambas cosas guardaban relación.

Vito estampó la puerta de su camioneta, rodeó el vehículo y la tomó del brazo.

– Vas a decirme a qué venía eso -exigió ella.

– Sí, pero ahora no. Por favor, Sophie, ahora no.

Ella escrutó su rostro bajo la tenue luz de las farolas. Sus ojos expresaban dolor, igual que el firme gesto de su mandíbula. Y culpabilidad. Sophie comprendía lo de la culpabilidad. Sabía que Katherine no habría permitido que se marchara acompañada de Vito si no lo creyera perfectamente capaz de protegerla.

– Muy bien, pero tranquilízate. Si no, asustarás a Anna y es lo último que le hace falta. -Entrelazó sus dedos con los de él-. Y a mí también.

Él respiró hondo varias veces seguidas y para cuando llegaron al mostrador de la entrada sus facciones denotaban sosiego. Sophie firmó en el registro de entrada.

– Hola, señorita Marco. ¿Cómo está hoy mi abuela?

La enfermera frunció el entrecejo.

– Igual que siempre. Impertinente y de malas pulgas.

Sophie la miró con mala cara.

– Muchísimas gracias. Es por aquí, Vito.

Lo guió por los asépticos pasillos para alejarse de las curiosas miradas de las enfermeras.

«De curiosas, nada.» Eran lascivas. Si hasta se las veía babear.

– No las mires -masculló Sophie-. Si no, se te pegarán como moscones. No todos los días tienen la suerte de ver a un bombón como tú.

Él soltó una risita que distendió el ambiente.

– Gracias, pero la idea no me hace mucha gracia.

– No me hables.

Sophie se detuvo en la puerta de la habitación de Anna.

– Oye, Vito. Tienes que saber que Anna ha cambiado mucho físicamente.

– Lo entiendo. -Le apretó la mano-. Vamos.

Anna estaba dormida. Sophie se sentó a su lado y le acarició la mano.

– Abuela, estoy aquí.

Anna pestañeó varias veces hasta abrir los ojos y esbozó una trémula sonrisa ladeada.

– Sophie. -Levantó la vista para mirarla, y al instante la levantó un poco más para mirar a Vito-. ¿Quién es este?

– Es Vito Ciccotelli. Mi… amigo. A Vito le encanta la ópera, abuela.

La expresión de los ojos de Anna cambió, se dulcificó.

– Ahhh. Siéntate, por favor -dijo arrastrando las palabras.

– Quiere que te sientes.

– Ya lo he entendido. -Vito se sentó y tomó la mano de Anna-. Le oí cantar Orfeo en el Academy Theatre cuando era niño. Su «Che faro» hizo llorar a mi abuelo.