Hay en ellas, por supuesto, bastantes cosas que, o no vienen al caso, o a veces diluyen lo interesante en multitud de pormenores triviales o accesorios, sólo relacionados con el autor mismo y sus preocupaciones; pues el tal sujeto era de veras egocéntrico, bajo aquella apariencia entre feroz y servicial que lo había convertido en el perro guardián del Presidente [20]. De su manuscrito me prometo omitir o resumir todo lo que no afecta al curso de la vida pública, aun cuando, para empezar, y aquí mismo ya, no me resistiré a reproducir algo del relato que hace sobre los orígenes de su buena fortuna y la manera como le aconteció venir -o, mejor, ser traído- a la Capital (a la Corte, pudiera haber dicho; y aún me extraña que no pusiera a contribución el joven Tadeo aquella cultura precaria y apresurada que el doctor Luisito Rosales le había hecho ingerir, y que él, aunque pretenda disimularlo con desdenes, ingurgitó sin duda ávidamente, para invocar en ese punto los antecedentes ilustres que la Historia -con mayúscula- ofrece a su raro destino; sí, me extraña que, en su manía de grandezas, no le acudiera a las mientes, digamos, la halagadora comparación, que resulta obvia, con el famoso e imperial Donjuán de Austria [21]…). Da comienzo a sus memorias el secretario Requena -lo cual no es mala idea, y prueba lo seguro de su instinto literario- con algunas reflexiones generales, o lugares comunes, acerca de la vida humana y de lo incalculable de la suerte. «Inescrutable» es la palabra pretenciosa que emplea y repite. Exclama: «¡Si de veras pudiera uno leer el porvenir!…»; y esta exclamación, este suspiro, es la primera frase que trazó su pluma, para seguir lamentando enseguida que las señales del destino, borrosas siempre, suelan a menudo ser engañadoras; que muchas veces emprendes algo bajo lo que consideras excelentes auspicios, y luego todo te sale al revés; aun cuando, con frecuencia, también aquello que al pronto te había parecido una desgracia cambia a lo mejor de sentido y resulta una bendición, de modo que viene a confirmar por último los signos iniciales; así que, en definitiva, nunca se sabe… El pobre Tadeo Requena lo escribe, es claro, para abrir con cierta dignidad retórica el tema del fabuloso giro de su fortuna y subrayar lo mucho que para él tuvo de cosa inesperada, de sueño increíble [22]. «Yo era entonces un mero desgraciado, nadie; menos que nadie, nada. Desde mi actual posición condesciendo más de una vez, no sin complacencia, a reconocerme retrospectivamente en aquel abandono. Ni conciencia tenía, Dios me valga, de mi estado miserable; ni cuenta me daba tan siquiera, pues mi suerte era al fin la misma suerte negra de tantos otros, de todos», explica.
La verdad es que su pasmo un tanto retórico ante las inesperadas vueltas del mundo hubiera podido crecer aún más, y bien amargamente, en ponderaciones si antes no viene la muerte a cortar el hilo de sus puntuales memorias. Los acontecimientos postreros fueron de veras pródigos en posibles y muy dramáticas ilustraciones del tema. Pues ¿quién le iba a haber dicho, por ejemplo, al Presidente Bocanegra que su iniciativa de recoger, educar y tener consigo a ese joven Tadeo ejercería influencia tan funesta sobre el tinglado de su poder y de su reputación terrible, arruinado de un solo golpe? Quizás la mirada mortal que el caudillo echó a su secretario -la mirada última, entre estertores ya- estuvo fijada sobre el recuerdo de la fecha y ocasión en que encargara a un hombre de su confianza, el entonces comandante y hoy coronel Cortina, de ir al poblado de San Cosme, y buscar al muchacho y traerlo enseguida a su presencia… En cuanto al propio Tadeo, ¿cuándo hubiera podido imaginarse este infeliz que el mismo hombre, el mismo Pancho Cortina que fue a sacarlo del pueblo en cumplimiento de órdenes superiores, ese comandante Cortina, objeto visible de su admiración desde el primer instante, sería por último quien habría de matarlo a él como a un perro, poniendo así también el epílogo (un epílogo de sangre, escrito con la pistola) a estas memorias en cuyo pórtico aparece como ángel mensajero y custodio? Sí, desventurado Tadeo Requena: tú mismo ignorabas hasta qué punto es imprevisible el curso de la humana existencia, y qué tremenda verdad encerraban las frases y artificios de literato aficionado con que diste comienzo a tus memorias…
Después de ese exordio, no inoportuno ni torpe, aunque tampoco original [23], entra el autor con gentil andadura en el relato directo. Sin más preámbulo, comienza ahora a contar su vida el futuro secretario. Dice así (y transcribo): «Alrededor de diecisiete años o dieciocho debía de tener yo por entonces. Era ya hombre crecido, y no hacía nada de provecho. Pero ¿qué podía hacer? Trabajo, allí no lo había; el pueblo, como el país entero, dormitaba; las gentes hablaban despacio, se movían despacio; muchos se iban yendo a echar el bofe en las factorías holandesas, algunos, con más suerte, alcanzaban a llegar hasta los Estados Unidos, y allí se quedaban para siempre. Yo sabía que también, un día u otro, pero pronto ya, tendría que irme a mi vez y buscarme la vida; más, por el momento, prefería no pensar en nada y me pasaba el tiempo papando moscas como un idiota. ¿Hubiera podido sospechar, soñar siquiera, lo que me aguardaba? El Presidente Bocanegra significaba para mí por aquel entonces poco más que esa imagen bigotuda, con una banda terciada al pecho, que se repetía en las paredes de todas las cantinas, en la panadería, en la comisaría, en la escuela; ese retrato sempiterno, y un aura remota de poder incontrastable, hecha de los más vagos temores y esperanzas; cuando de pronto, cierto día, increíblemente, yo, como por arte de magia, me veo llevado ante su presencia… Serían dos de la tarde, o poco más; y, medio recostado a la sombra, contra el quicio, aguantaba yo el calor, a la puerta del almacén del gallego Luna, junto a la plaza. De pronto, se oye estruendo de motocicletas: la policía. Estiro el pescuezo: uno, dos guardias; enseguida, un jip, y dentro del jip un oficial. Despacio me acerqué a curiosear, como todos. ¡Demonio! ¡Si era a mí a quien buscaban! Cuando el jefe, asomando la cabeza, preguntó por Tadeo el de la Belén, los grandes me miraron con aprensión y los chicos me señalaron con alborozo, con oficiosidad. Entonces uno de los guardias, agarrándome del brazo, sin más explicaciones me metió en el carro, junto a su comandante.
[20] perro guardián del Presidente: la metáfora canina viene a continuación de la referencia a la muerte violenta de Requena. La alusión al título de la novela queda patente, y así también la negativa ejemplaridad de este personaje. Cfr. el fin ignominioso de Requena, a quien el coronel Pancho Cortina «habría de matar […] como a un perro».
[21] el famoso e imperial Donjuán de Austria: ¿Comparación «halagadora»? El malicioso narrador alude quizá menos a la valentía de este hijo del emperador Carlos V que a su nacimiento ilegítimo (Ratisbona, 1545) de un padre poderoso, lo único que Requena tiene en común con él.
[22] de sueño increíble: clara alusión a la suerte del príncipe Segismundo de La vida es sueño, quien en la Primera Jornada se vio transportado, sin saber cómo, de una miserable existencia en cadenas al palacio real, donde pudo vivir como en sueños cual príncipe heredero. Véase la nota más adelante en este mismo capítulo.