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Me quedé atónito oyendo esas palabras en labios de Loreto. Pero ¡cómo! ¿Era ella quien así hablaba? No, no era ella. Se dio cuenta de mi ojeada, de mi sorpresa, enrojeció un poquito bajo sus cremas de belleza, y declaró: -Solía explicarlo un señor amigo mío, el dueño, precisamente, de esta casa en que ahora estamos, quien lo había conocido a Bocanegra desde los tiempos de estudiantes, en la Universidad.

Me sonreí, y no pude contener una bromita.

– ¡Ah! -exclamé-. Yo había pensado que la Presencia Maravillosa le soplaba a usted esa frase.

Nunca lo hubiera hecho: recayó en el tema de la Presencia Maravillosa, que la obsesionaba, y me costó mucho trabajo hacerle regresar de nuevo a nuestro asunto. Eso me sirvió de escarmiento para no interrumpirla en lo sucesivo; y, por cierto, más de una vez tuve que morderme la lengua. Pero la dejé que dijera cuanto disparate le diese la gana, y fue mejor así, porque de ese modo pude echar sobre el movimiento acaudillado por Antón Bocanegra la mirada retrospectiva que tanto conviene a la objetividad del historiador. Si salgo a contradecirla, ella se hubiera encogido como un caracol; mientras que haciéndome el muerto la buena mujer se abandonó al placer agridulce de los recuerdos, y sus divagaciones me presentaron el cuadro de un Bocanegra joven, lleno de fuego, de generosidad, de amor a los desheredados (porque amor a los desheredados era su plebeyismo abyecto, y generosidad su verba irresponsable, fuego su resentido encono, y talento la demagogia atroz del Padre de los Pelados), al que asistía, confortaba y prestaba espirituales auxilios aquella mujer abnegada que, prescindiendo de su propio interés y de cualquier otra consideración, lo había abandonado todo para seguirlo en su empresa redentora… ¿Verdaderamente, se veían así ellos?, ¿con tan idílicos rasgos y colores? Loreto recalcaba la importancia del papel desempeñado por su amiga doña Concha, acentuaba sus méritos, y en los sobresaltos, angustias, fatigas, penurias y zozobras de la época heroica encontraba excusa para sus desvanecimientos e insensateces a la hora del triunfo.

Ahí sí me creí en el caso de intercalar una preguntita provocadora.

– Ya sé -concedí, un tanto sardónico bajo la máscara de sinceridad- que sin ella no hubiera hecho Bocanegra todo lo que hizo; pero, dígame, Loreto, ¿usted no cree que si al principio le fue útil, luego le ha perjudicado en igual o mayor medida?

– Le diré -fue su respuesta-: el finado Antenor (¿de nuevo la Presencia Maravillosa? No; esta vez, Antenor Malagarriga); el finado Antenor solía pronosticar que las intromisiones de esa señora le darían un día al Presidente algún disgusto serio. Pero al fin, usted lo sabe como yo, que su señor tío se sintió siempre medio de mala gana en el gobierno; y todavía el día de nuestras bodas de plata, fecha también de su muerte, anduvo repitiendo con mucho coraje que estaba harto y lo iba a mandar todo al diablo… Por mí, no diría yo que no; pero también hay que darle a cada cual lo suyo. Bocanegra era terco, el señor, como un mulo, y desde luego no se plegaba a su cónyuge tanto como la gente piensa. La dejaba hacer, y con eso daba lugar, el muy astuto, a que ella cargara con todas las culpas; pero cuando de veras no quería una cosa, ahí apontocaba los pies, y no había quien lo moviera.

Hubo una pausa. Yo pensé lo que es obvio: que la mera resistencia resulta buena, a lo sumo, para impedir las barbaridades más gordas, pero que en una obra de gobierno lo importante es siempre la iniciativa; y al parecer, Bocanegra estaba últimamente muy abúlico; tal vez porque su voluntad se estimulaba para destruir, pero se distendía frente a las tareas positivas. Omitiendo esta apreciación, declaré mi pensamiento a Loreto: que si alguna vez el Presidente mezquinaba su refrendo, era doña Concha quien de todas maneras llevaba la voz cantante. Por supuesto, yo no me proponía discutir tales cuestiones con mi interlocutora, sino sacarle datos; y añadí:

– Déme, si no, un solo ejemplo de decisión importante adoptada contra la voluntad de ella.

Fue acertar un pleno:

– ¿Contra la voluntad de ella? Pues, sin ir más lejos, el nombramiento de Rosales para ministro de Instrucción -me respondió.

Y yo abrí unos ojos como platos. Me mostré sorprendido; mi sorpresa halagaba a Loreto.

– No es posible -dudé-. Si ella era quien… ¿No había sido idea de ella el incorporar al gobierno gente respetable; gente, en fin, como mi tío Antenor…?

– Verá: el caso de Antenor era muy distinto. Para empezar, ni Antenor, ni ninguno de ustedes, habían hecho nunca la oposición despiadada que les hicieron los Rosales desde su feudo de San Cosme; mi marido, que gloria haya, era una paloma sin hiel, y yo procuré siempre tenerlo alejado de las malas influencias. Comprenderá, además, que mi amistad con la esposa del Presidente tenía que servir para algo. En cambio, pensaba Concha, ¿por qué meter al enemigo en casa, haciendo ministro a un Rosales? Ella los hubiera exterminado a todos de buena gana. En esto, reconozco que era implacable. Y ¡cómo tuvo que luchar con Bocanegra para ver si impedía lo que, al final de cuentas, no impidió! Recuerdo que hasta llegó a insultarlo, después de haber apurado todos los argumentos, incluso el de que ese nombramiento equivalía a reconocerse públicamente responsable por la muerte del senador, queriendo ofrecerle a la familia una especie de reparación vergonzante. Cuando, por fin, estuvo firmado el nombramiento y ella vio que no se había salido con la suya, pasó más de dos semanas sin dirigirle la palabra a su marido. Yo creo que desde ese momento fue que empezó a sentirse desligada de él, y que ahí tuvo comienzo…

– Pero ¿por qué tanta saña? ¿Por qué ese odio africano contra el infeliz Luisito? Después de todo, ¿no estaba muerto ya el miembro agresivo de la familia Rosales?

Sonrió ella [125], y sólo entonces pude darme cuenta del sentido malicioso que podía atribuirse a mi frase; recordé el episodio de la mutilación, y me dio fastidio haber empleado tan así la palabra «miembro». En realidad, resultó ser la mía una torpeza afortunada, porque Loreto, sospechando sin duda que yo sabía acerca del caso mucho más de lo que aparentaba saber, se resolvió, después de haber dudado un momento, a hablarme con alguna franqueza. Había que comprender -me dijo- que una mujer no perdona jamás cierto tipo de ofensas. Y a Concha, aquel animal de Lucas Rosales la había tratado, sencillamente, como a una vulgar prostituta… Trabajo me costó retener la ironía que, al oírla, tuve en la punta de la lengua: Vulgar, no lo era [126] -quise haberle comentado-; pero me convenía dejarla hablar, explayarse; que me creyera enterado, y no meter la pata antes de tiempo.

Mi prudencia rindió opimos frutos. Lejos estaba yo de sospechar que toda aquella sucia faena del Chino López había sido, no más, la venganza de una hembra rabiosa [127], lejos estaba de sospechar que, también por supuesto en la prehistoria, la que había de ser con el tiempo Primera Dama de la República tuvo que ver con el señorón soberbio a quien, bien mirado, no podía reprochar después de todo otra cosa sino haberla puesto en su sitio. Aquella trepadora ensayó, sin duda, varias escaleras antes de ligar su suerte a la del poltronazo de Bocanegra. Tampoco sabía yo que había sido en San Cosme donde conoció a éste; y fue durante una temporada que él pasó allí, mucho antes de pensar para nada en política, entregado a la quimera de uno de aquellos negocios absurdos de los que esperaba rápidas y colosales ganancias, y que, indefectiblemente, se le deshacían pronto entre las manos sin dejarle otro recurso que el aguardiente de caña. Ella, por entonces, había acudido a San Cosme, y estaba hospedada en el único hotel del pueblo, encima del almacén del gallego Luna, con intenciones de perseguir a don Lucas Rosales y, si necesario fuera, hacerle un escándalo delante de la familia. La nueva amistad entablada ahora con Bocanegra la disuadió y desvió de sus propósitos. Y tan pronto como el negocio de las acerolas -que era la especulación de turno- se evidenció ilusorio, desaparecieron de allí ambos en busca de mejor fortuna.

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[125] Sonrió ella: un diestro juego verbal para insinuar lo escatológico.

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[126] Vulgar, no lo era: aquí se practica lo que en la lógica tradicional se llama modus ponendi tollens: afirmando, se niega. Concediendo a Loreto la falsedad del adjetivo «vulgar», Pinedo reconoce la realidad del sustantivo «prostituta».

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[127] la venganza de una hembra rabiosa: aquí remata Pinedo la negación contenida en su modus ponendi tollens, al insinuar que la bestia era Concha, no Lucas Rosales. Recuérdese el título de la novela. En El fondo del vaso, el periodista Rodríguez pretende reivindicar al régimen de Bocanegra, arguyendo que la mutilación de Rosales «huele más a represalia femenina que a crimen de Estado» (75).