Выбрать главу

Esto fue escrito en 1869 en carta a Josefa Gómez, cuando Rosas estaba empeñado en mejorar su imagen pública, tan despiadadamente castigada por la historiografía posterior a Caseros. Ya era viejo y recordaba con nostalgia su infancia y su juventud. Idealizaba la relación con la madre, que le había regalado su trenza, un símbolo de amor si se da voluntariamente o de agravio: cortarle la trenza a una china era insulto grave.

Pero otros testimonios corroboran la tesis de que hubo un distanciamiento serio entre Juan Manuel y sus padres y que éste se prolongó hasta 1819. Que con ese motivo Rosas buscó respaldo no sólo en su familia política, sino en amigos fieles como Luis Dorrego y Juan Nepomuceno Terrero y tuvo de consejero al astuto e inteligente doctor Manuel Vicente Maza (1790-1839) que “tomó por él paternal cariño, haciendo por él cuanto podría haber hecho un padre bueno y sensible; ora disculpándole sus errores juveniles, ora defendiéndolo como abogado y amigo en una causa que sus padres le habían promovido, ya enseñándole cuanto pudiera serle de utilidad, ya dirigiendo sus pasos y moderando su ambición”, escribe Antonio Zinny en Historia de los gobernadores. [41]

Es precisamente Maza quien en 1819 se dirige a Rosas felicitándolo porque había sobrevivido a algún peligro y sugiere: “Entre tanto tu amigo te ruega escribas una cartita a tus padres; lo merecen; han mostrado que te aman; y en ello nada pierdes”. Estas palabras indican que todavía continuaban tensas las relaciones entre los Ortiz de Rozas y su hijo que ya en 1819 se destacaba como uno de los más inteligentes y activos hacendados bonaerenses y había presentado al gobierno su punto de vista para impedir que la anarquía se apoderara del medio rural. Probablemente esa enemistad se mantenía más con la madre que con el padre, pues don León había colaborado en 1817 en la campaña llevada a cabo por hacendados, entre los que estaban Juan Manuel y sus socios, a fin de que no se cerraran los saladeros. [42]

Rosas demoró unos meses antes de enviar la carta de reconciliación. Lo hizo con motivo del cumpleaños de doña Agustina, el 28 de agosto. Decía: “Mi amada madre. De regreso del campo donde hace mucho tiempo me tenían mis quehaceres, he sentido la necesidad que todo hijo virtuoso tiene que es el ver a los autores de sus días. Mucho tiempo hace que no llevo a mis labios la mano de la que me dio el ser y esto amarga mi vida.

”Espero que Su Merced, echando un velo sobre el pasado, me permitirá que pase a pedirle la bendición. Irán conmigo mi fiel esposa y mis caros hijos, también mis padres políticos y toda la familia, y volverán a unirse dos casas que jamás han estado desunidas.

”Espera ansioso la contestación, éste, su amante hijo, que le pide su bendición”. [43]

La carta que ponía en evidencia, precisamente, el distanciamiento ocurrido y que abarcaba a los Ezcurra, que eran asimismo padres políticos de la hija mayor de los Ortiz de Rozas, mereció una respuesta tajante de misia Agustina:

“Mi ingrato hijo Juan Manuel. He recibido tu carta con fecha 28 de agosto; este día tan celebrado en mi casa por mi marido, mis hijos y mis yernos, y sólo tú, mi hijo mayor, eres el que falta, el porqué, tú lo sabrás, tus padres lo ignoran.

”Me dices que eres virtuoso, dígote no lo eres. Un hijo virtuoso no se pasa tanto tiempo sin ver a los autores de sus días, sabiendo que su alejamiento ha hecho nacer en el corazón de su madre el luto y el dolor.

”Me dices que un velo cubra lo pasado y que te permita venir con tu fiel esposa, tus caros hijos, tus padres políticos y toda tu familia, y que vuelvan a unirse dos casas que jamás han estado desunidas.

”Te digo en contestación a estas palabras, que los brazos de tu madre estarán abiertos para estrecharte en ellos, tanto a ti, como a tu esposa, hijos y familia.

”Al concluir ésta te bendice tu amante madre”. [44]

Estas cartas intercambiadas entre madre e hijo confirman opiniones de Mariquita Sánchez, en Recuerdos de la vida virreinal, acerca de las relaciones familiares del período colonial. Desde que los niños empezaban a crecer, los padres comenzaban a ocultar su cariño y solicitaban a los maestros y patrones que los trataran con rigor. Pero ni lo ceremonioso de las costumbres, ni los intereses contrapuestos ni las disputas más o menos recientes podían atenuar la relación apasionadamente fuerte entre esta madre y su hijo, autoritarios los dos, imbuidos de su propia perfección también ambos, y que, en duelo verbal, intercambiaban estos argumentos, para ver quién tenía razón en el entuerto.

A Bilbao, que publicó estas cartas en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, se debe una descripción de la visita oficial de Juan Manuel y los suyos a la casa paterna, verdadera reconciliación entre dos clanes: salió a recibirlos don León, mientras doña Agustina aguardaba, imponente, de pie en la sala. Juan Manuel y Encarnación con todo respeto y la cabeza baja dicen: “muy buenos días tenga Su Merced, mi madre”; ella les tiende la mano, se la besan y luego se abrazan. Brilla alguna lágrima y la escena se remata con un almuerzo espléndido y obsequio de regalos: buenos quillangos y ponchos pampas traídos por el hijo pródigo desde los campos del sur, próximos a las tolderías. Según Bilbao, después de esta reconciliación, cuyos detalles debió conocer por Mercedes, su suegra, jamás nube alguna turbó las relaciones familiares y Juan Manuel, en todas las grandes ocasiones de su vida pública, nunca dejó de pasar por la casa paterna a pedir la bendición de acuerdo al antiguo uso que los Ortiz de Rozas se preciaban de respetar. [45]

Pero en esa familia en la que las posiciones no podían conciliarse, debieron ocurrir otros episodios enojosos. Por lo pronto, Agustina nunca aceptó de buen grado la actuación política del hijo, aunque eso no sería obstáculo para que lo defendiera ante los demás, principalmente si eran sus opositores. En ese sentido, resulta ilustrativa esta anécdota: ocurrió cuando Lavalle había dado un golpe de Estado contra el gobernador Dorrego (1828) y Rosas había marchado a la campaña para encabezar la resistencia. El gobierno ordenó a la policía que requisara las mulas y caballos del vecindario. Doña Agustina se negó a obedecer diciendo que si bien ella no tenía opinión, ni se metía en política, sabía que las bestias se usarían para combatir a su hijo y por lo tanto no las facilitaría. Drástica, como en todos sus actos, ante la insistencia de la policía dio la orden de degollar a los caballos y mulas que estaban en la caballeriza, en los fondos de la casa. “Mire, amigo -dijo al comisario- ahora mande usted sacar eso. Yo pagaré multa por tener esas inmundicias en mi casa; yo no lo haré.” [46]

Pero esta solidaridad visceral no significaba que misia Agustina callase sus opiniones, más aún, seguía sin compartir las ambiciones políticas de su hijo, el Restaurador. Desconfiaba de la política y seguramente lamentaba que la guerra de facciones enfrentara en términos sangrientos a las familias decentes de la ciudad que otrora rivalizaban sólo en términos de ubicaciones en las funciones públicas, de alcurnia y limpieza de sangre o de intereses económicos.

вернуться

[41] Antonio Zinny, Historia de los gobernadores de las provincias argentinas, Buenos Aires, Vaccaro, 1920, p. 139. Zinny hace esta afirmación al trazar la semblanza de Maza, pero no aporta otras precisiones.

вернуться

[42] Carta de Manuel Vicente Maza a Rosas, del 23 de marzo de 1819. AGN Sala 7-3-3-1. Archivo Saldías/Farini; reproducida por Celesia, Rosas, tomo 1, p. 47 y comentada como prueba del distanciamiento de Rosas con sus padres.

вернуться

[43] Bilbao, Tradiciones y recuerdos, p. 497.

вернуться

[44] Ibídem, p. 498.

вернуться

[45] Ibídem, p. 499.

вернуться

[46] Mansilla, Rozas, p. 36.