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– ¡Atiza! -exclamó Gabriel cuando la pequeña puso los pies de nuevo en el suelo. En su semblante no quedaba ni rastro de la angustia que acababa de sufrir, tan impresionada estaba por lo que su perrito acababa de hacer.

Gulich saltó ágilmente al suelo donde resbaló brevemente levantando una pequeña nube de tierra. Jadeaba profundamente dejando colgar una enorme lengua rosada a un lado.

– ¡Gaby, el perrito!

– Buen perro… ¡buen perro, sí, buen perro! -dijo Gabriel acariciándole la enorme cabeza por primera vez.

¡Cómo celebraron los niños el fastuoso rescate! Saltaban sobre sus propios pies y daban vueltas alrededor del mastín prodigándole mil caricias. Gulich movía el rabo con un ritmo frenético, contento de haber hecho algo bueno para los AMOS. Sabía que no eran AMOS como los otros, éstos eran cachorros, demasiado jóvenes como para CASTIGAR lo que le gustaba bastante. Mejor aún, todavía eran capaces de proporcionar COMIDA, así que por lo a él concernía tendría que CUIDAR de ellos más de lo que al principio había pensado. No era que le importase, esos AMOS eran buenos, eran buenos para YO.

– ¡Ya solo queda lo más fácil! -dijo entonces Gabriel con fingido entusiasmo, quería aprovechar la disyuntiva de la celebración para convencer a la pequeña Alba de atravesar el túnel.

Era en verdad una abertura inmunda que se adentraba en la loma como la caverna de un dragón. Su parte más baja estaba impregnada de un líquido espeso y oscuro cuajado de materias irreconocibles que habían adquirido el mismo aspecto. Una de ellas parecía ser una especie de piña, pero aplastada y de un aspecto blando.

Al menos, al fondo se discernía de nuevo un círculo de luz.

Aún con grandes protestas Alba accedió finalmente a entrar en el túnel a condición de ir al lado de su perro. Gulich entró en la cañería sin problemas olisqueando el suelo con detenimiento, había una miríada de olores diferentes, todos sutiles y dispuestos en capas superpuestas que fue explorando con deleite. Algunos hablaban de animales muertos, carne demasiado pasada para sugerirle COMIDA, pero otros tenían olores fuertes y embriagadores que le gustaban: a madera, a tierra, a hojas de árboles. Alba sin embargo, avanzaba con las manos recogidas en el regazo sin atreverse a tocar las paredes que tenían un tacto pringoso y frío.

A mitad del túnel tuvieron que sortear una vieja bicicleta que había quedado trabada. Los hierros, algo retorcidos, despuntaban en todas direcciones como oxidadas lanzas. En la única rueda que le quedaba, los radios conformaban una peligrosa maraña que asemejaba una barrera hostil. Cruzaron con cuidado, sin apenas visibilidad, cosa que les resultó tanto más fácil gracias a su tamaño. Gulich en cambio consiguió atravesar haciendo un estrépito importante, los hierros raspaban contra las paredes describiendo un chirrido enervante ylamayor parte de su estructura afectada por el óxido, terminó por ceder y partirse en dos.

Después de un eterno minuto llegaron al final del túnel. No lo habían advertido, pero a medida que avanzaban el hedor se había acentuado hasta convertirse en una nube pestilente a su alrededor, así que cuando el aire limpio del exterior llegó hasta ellos lo recibieron con grandes y agradecidas bocanadas.

En ese punto la vista de los chalets se perdía, dándoles la impresión de que caminaban ya por monte abierto. No era así, el estrecho sendero que venían siguiendo serpenteaba por la ladera de una loma en cuya cima había construidas comunidades enteras de vecinos. El sendero continuaba unos cientos de metros para doblar luego a la izquierda. Desde allí continuaba, sinuoso y paralelo a la autovía, hasta incorporarse de nuevo a su urbanización a poca distancia del puente peatonal que cruzaba la carretera.

Superar la tubería y el túnel les había infundido unos ánimos nuevos que ahora exhibían bajo el Sol del mediodía. El viento traía aromas deliciosos de espliego y romero, y aunque no había árboles, la loma desbordaba de un color azulado gracias a las explosiones de lavanda. El cielo era un salvaje lienzo de blancos y azules, mezcla de nubes inmaculadas y algodonosas y otras más bajas y oscuras, que se arrastraban pesadamente de este a oeste. El Sol en su cénit, brillaba a intervalos dibujando sombras de nubes en el suelo.

Y Alba avanzaba y retrocedía recogiendo todo tipo de plantas, casi parecía que le faltaba tiempo para todo. Había cogido un matojo de tomillo y lo cambiaba de mano constantemente para poder oler el aroma penetrante que se le quedaba impregnado.

Para las dos de la tarde habían llegado al punto en el que el camino volvía a través de un descampado a una de las calles de la urbanización. Ésta recorría apenas doscientos metros antes de que doblara de nuevo a la derecha para llegar al puente, pero avanzaba paralela a algunos de los chalets y Gabriel quería asegurarse.

A simple vista todo parecía normal excepto por pequeños detalles. El cristal de una de las ventanas estaba roto y la mitad de la cortina colgaba hacia fuera. Encontró una abultada maleta con ropa asomando por los bordes en el jardín junto a la plaza de parking, pero no pudo ver ningún coche cerca. La caseta del perro estaba volcada, y en otra de las paredes de uno de los chalets alguien había escrito con gigantescos caracteres:

RACHEL, WE HAD 2 GO.

WE WAIT 4 U IN AIRPORT.

LOVE, NICK [1]

Gabriel no sabía suficiente inglés para entenderlo pero no le gustaba;, la gente no deja mensajes pintados en las fachadas así que imaginaba que era algo relacionado con lo que había pasado. Por fin, echó un vistazo a Gulich que esperaba sentado a su lado. Le observó un instante y el perro pareció devolverle la mirada brevemente. Gabriel creía que si hubiera algo peligroso el perro podría quizá detectarlo con tiempo suficiente, pero ¿cómo estar seguro?

– Alba -llamó Gabriel- hagamos esto rápido.

– ¡Ya voy! -dijo la niña intentando trenzar unas hojas a pocos metros.

– Vamos a ir andando de prisa hasta el final, ¿vale?

– Vale -y después de un instante añadió-, ¿por qué?

– Porque… porque sí, chulita.

– Ah, vale.

Caminaron entonces por el lado derecho de la calle con el muchacho receloso de los chalets que estaban al otro lado. A los pocos metros encontraron que una de las puertas estaba abierta, y al pasar Gabriel vislumbró el recibidor apagado y vacío con un gigantesco aparador descansando en mitad de la habitación. El muchacho sacudió la cabeza e intentó concentrarse en el camino que tenía por delante.

No tardaron mucho en llegar donde la civilización terminaba sin más incidencias. Era el linde de la Cala de Mijas con Marbella. La carretera terminaba en una rotonda que daba acceso a otra de esas comunidades que le son tan propias a Calahonda, apartamentos blancos con vigas de madera oscura en las grandes terrazas, jardines y piscinas, pero en el lado opuesto sin embargo, un camino de tierra arrancaba hacia el monte.

– ¿Es por aquí? -preguntó la niña.

– Sí, vamos.

El camino ascendía suavemente hacia una colina de tierra bastante árida. Una pequeña valla de alambre les separaba por la izquierda de un campo de golf, cuyo césped estaba agostado y amarillento por el frío y la falta de agua.

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[1] Rachel, tuvimos que irnos. Te esperamos en el aeropuerto. Te quiere. Nick.