Aquella misma tarde, una agradable y luminosa tarde de verano, Jody se encontraba sentada en una loma contemplando a Beatrice y la verde y tupida hierba entreverada con la sombra de un añoso roble. Beatrice estaba tumbada con las patas extendidas a cada lado, y la rosada lengua le colgaba de la boca como una falda sobre la hierba. Tenía los ojos cerrados. Todo estaba muy tranquilo. Había un hombre al pie de la colina que realizaba lentos movimientos de tai chi. Un niño pequeño estaba sentado orgulloso encima de un enorme balón rojo. Se veía a un petirrojo muy quieto. Jody estaba echada en la hierba. La habían segado recientemente y el olor a césped recién cortado le traía recuerdos de casa. La casa en la que se había criado, tan lejos, vendida hacía ya mucho tiempo; sus padres se habían mudado a un condominio de estuco blanco junto a un campo de golf en Florida. Tengo que llamarles, pensó Jody. Luego pensó en Simon. Se había vuelto tan insistente como un enamorado: la llamaba al trabajo, la esperaba en distintos puntos del camino por donde paseaba con el perro; pero cuando la alcanzaba, parecía distraído, quizá incluso aburrido. No, aburrido no. Preocupado, como si le inquietara cuándo y dónde tendrían el siguiente encuentro. Simon parecía vivir siempre en una especie de angustia geográfica, pensó Jody, como el que está perdido y trata de orientarse. Y sin embargo era el más comedido de los hombres, bien vestido y elegante en su manera de moverse, a pesar de su altura. Hablaba tan bajo, como infravalorándose, que ella tenía que inclinarse hacia él, pero por mucho que se acercara en aquel murmullo de conversación, la distancia se mantenía. En ocasiones, cuando ladeaba la cabeza para oír lo que decía, Jody se preguntaba qué se sentiría al besarle. Tenía unas densas y oscuras pestañas que le rodeaban los ojos como si se los hubiera pintado con delineador. Una vez, mientras cenaban en una mesita de la cantina mexicana, ella le agarró de la barbilla, le alzó la cara y le miró fijamente a los ojos. Jody pensaba que él iba a besarla, o que ella iba a besarle a él, cuando de pronto la imagen de Everett se le cruzó por la cabeza, y se echó hacia atrás en la silla.
– Uno de mis vecinos me ha pedido que no practique después de las nueve de la noche -dijo en aquel momento para disimular lo incómoda que se sentía.
– Es comprensible, supongo -había farfullado Simon-, aunque no muy halagador.
Tumbada en la hierba, con los ojos cerrados y la correa de Beatrice en una mano, Jody pensó de nuevo en Everett. Estoy loca por él, se dio cuenta.
Ese sentimiento de desesperanza y esperanza, la fragancia del verano, el recuerdo de Everett llamándola desde la ventana de su casa, la curva de su cuello al asomarse por la ventana, el canto de un pájaro en la lejanía.
¿Qué clase de pájaro?
Nunca lo sabré.
De pronto notó un destello de sol en los párpados, tembló la tierra sobre la que estaba echada y retumbó en el aire un prolongado estruendo.
Jody abrió los ojos y vio cómo el árbol, el alto y venerable roble con sus hojas y su moteada sombra de verano, se inclinaba, caía, volcaba como un barco, se hundía en el aire y se posaba estrepitosamente sobre la hierba.
El hombre del tai chi se quedó boquiabierto. El niño del balón, nervioso, no paraba de dar botes. Beatrice y Jody se pusieron de pie. Las ramas de los árboles seguían temblando. Había un enorme agujero de tierra oscura y fértil donde se habían desgarrado las raíces.
– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Jody, arrodillándose para tranquilizar al tembloroso perro.
El árbol estaba al revés, tirado en el suelo. Faltaron menos de trescientos metros para que les cayera encima. Era altísimo, inmenso el tronco, interminable sobre la hierba. Cuando Jody y Beatrice se acercaron hasta allí al día siguiente, el Servicio de Parques había serrado el árbol, se lo había llevado y rellenado el agujero. Sólo quedaron algunas astillas.
Cita a ciegas
Julio dio paso a agosto entre truenos, relámpagos y gotas de lluvia grandes como uvas. Llovió durante tres días, de manera intermitente, y cuando pasaron las tormentas, en lugar del subsiguiente periodo de tiempo fresco que todos tenían derecho a esperar, el aire era aún más pesado y caliente de lo que había sido antes. A George no le había importado el tiempo. Él pasó esos días con Howdy, dando largos paseos bajo la lluvia, como el hombre de un anuncio clasificado de contactos.
En uno de aquellos días lluviosos se encontraba George sentado delante del ordenador, curioseando sin ganas en la sección de trabajo del servicio de anuncios Craigslist, cuando el perro, sentándose atentamente a su lado, le puso una pata en la rodilla.
– ¿Un apretón? -preguntó, agarrándole la pata distraídamente-. Muy bien, Howdy.
El perro miró a George a los ojos con lo que sólo podría describirse como adoración.
– Muy bien, Howdy -repitió George, más interesado esta vez, y Howdy meneó la cola, dio varios saltos por la habitación y regresó, expectante.
– ¿Un apretón? -volvió a preguntar George.
Howdy repitió el gesto con entusiasmo, y desde entonces los días de George se vieron colmados.
Aquella tarde, cuando George sacó a Howdy a la calle, vio delante de ellos a una chica que forcejeaba con un rebelde mestizo de rottweiler. Éste brincaba y tiraba, y la chica, de quien al instante George tuvo la certeza de que, como se dijo para sus adentros, era un tamal picante [2], iba desconsolada a rastras. La caballerosidad de nivel medio de George se alió con su instinto amablemente depredador y se sintió incapaz de no intervenir. Él y Howdy los alcanzaron, y con el pretexto de admirar al enorme rottweiler, George tranquilizó al perro y consiguió el nombre y el número de teléfono de su dueña.
El perro, de un negro resplandeciente con el sol, vio un patín y se lanzó hacia delante.
George permaneció quieto y firme hasta que el perro dejó de tirar y se volvió a mirarle.
– Buena chica -dijo entonces.
Al rottweiler pareció gustarle aquello y retrocedió hacia ellos.
– ¿Eres adiestrador de perros? -preguntó la chica.
George se río.
– ¿Por qué no? -respondió él.
George no había aflojado en su campaña para distraer a Polly de su insondable interés por Everett. Pero él no era el único que trataba de hacer que Polly saliera con chicos ese verano. También Geneva, se fijó Polly, estaba siempre encima de ella, y a veces se las arreglaba para arrastrarla a una fiesta o a un bar. Una vez allí, Polly se quedaba junto a su copa y pensaba lo estupendo que sería que se acercara un tipo de la misma manera en que la gente se acercaba a Howdy. «Oh, Dios mío, pero qué guuuapa es», le diría a Geneva, y luego preguntaría si podía acariciar a Polly. Geneva respondería: «Bueno, es un poco tímida, aunque nadie lo diría con ese ladrido que tiene, ¿verdad, Polly?». Y Polly se reiría con su gran carcajada y diría que no, y el hombre sonreiría agradecido y preguntaría su edad, de la que Geneva podría recortar o añadir un año, dependiendo de la edad del tipo, y Polly se tumbaría boca arriba y dejaría que le acariciaran la barriga.
– Nunca conoceré a nadie que se interese por mí, y seguramente nunca conoceré a nadie que me interese -dijo Polly, pensando en qué estaría haciendo Everett. ¿Iba a fiestas? Se preguntó qué clase de música pondrían en las fiestas a las que asistiría Everett. ¿Los Beatles? ¿Clásica? No. Jazz. Definitivamente jazz. Polly detestaba el jazz, pero siempre había sabido que se equivocaba al hacerlo y estaba segura de que aprendería a apreciarlo con un pequeño esfuerzo.
– Tienes que intentarlo -dijo Geneva.
– ¿Qué? -preguntó Polly-. ¿Intentar que me guste el jazz?
– ¿Qué? No. ¿A quién le importa si te gusta el jazz? Tienes que intentar conocer hombres.
Geneva era alta y rubia, delgada y guapa, y llevaba ocho meses sin salir con nadie, lo cual las dejaba perplejas a ambas. Incluso en el caso de que quisiera conocer a alguien, pensó Polly, que no, ¿cómo voy a encontrar a alguien si la alta y rubia Geneva no puede?
– Me siento gorda y desilusionada -dijo Polly.
– ¡No seas patética y anímate! -Geneva trabajaba en la radio e insistía en enseñar a Polly cómo hacer una entrevista y, lo que era más importante, cómo concederla-. Éste es el truco: si no quieres hablar de lo que están hablando, lo que tienes que hacer es llevar la conversación hacia aquello de lo que tú quieras hablar.
– ¿Howdy?
– No te apetece conocer a nadie, ¿verdad?
– No. Ya te he dicho que no.
– Creí que no lo decías en serio.
– Bueno, no -respondió Polly. Quería irse a casa. A lo mejor se encontraba con Everett en el ascensor. Había estado a su lado en el ascensor esa mañana; olía a loción para después del afeitado y aún tenía el pelo mojado de la ducha. Los dos fueron a tocar el botón «B» al mismo tiempo. Él le rozó la mano, de la misma manera que cuando acarició al perro. Me ha tocado, se había dicho a sí misma. Quería tocarme. Ella había bajado la mirada al agrietado linóleo del suelo, al darse cuenta de pronto de lo pequeño que era el ascensor, de lo cerca que estaban el uno del otro en ese espacio cerrado y cálido. Everett tosió. Ninguno de los dos habló. No intercambiaron ni una mirada y se apresuraron a marcharse cada uno en una dirección.
– Al menos no me había dado cuenta de que lo digo en serio -le explicaba a Geneva en aquel momento.
Geneva la miró fijamente y luego echó un vistazo a la sala, la sala de estar de un chico de Queens que conocían de la universidad y que tocaba en un grupo. «Aún tocaba en un grupo», que fue como él lo dijo. En un rincón alguien vomitaba en una papelera.
– A lo mejor yo también debería tener un perro -dijo Geneva, haciendo una mueca.
Pero darle un perro a Geneva no entraba en los planes de Polly. George, sí, y estaba más decidida que nunca a juntar a George y Geneva. Finalmente se le presentó la ocasión cuando George le propuso a Polly que saliera con un amigo suyo.
Inmediatamente Polly vio que ahí estaba la oportunidad.
– Vale -respondió, para sorpresa de George-. Lo haré con una condición. Yo salgo con uno de tus inútiles amigos si puedo llevar a Geneva y vienes tú también, para que ella no sea la tercera en discordia.
A nadie le gusta que le organicen una cita a ciegas. Hay algo patético en una cita a ciegas. Por suerte ni Geneva ni George sabían que les habían preparado una cita a ciegas. Por un lado, se habían visto tantas veces que no había nada de «a ciegas» en ello. Y además ellos se consideraban carabinas más que participantes, lo que de hecho eliminaba la parte de «cita». A sus ojos era Polly, no ninguno de ellos, la víctima. Ellos, claro está, lo preferían así. Aunque habían puesto mucho empeño en llevarla a cabo, no obstante, inconscientemente, sentían por Polly la compasión, e incluso el ligero desdén, asociados con las citas a ciegas. Pobre Polly.
Pero la pobre Polly era ajena a su compasión y a su desdén. Su cita a ciegas, ella lo sabía, no era más que una farsa, una estratagema, una maquinación para unir a las dos personas que más le gustaban en el mundo. Lejos de la embarazosa resignación de quien está a punto de rebajarse a una desesperada cita a ciegas, Polly experimentó una oleada de orgullo. Ella se sacrificaba para corregir un error incomprensible. Estaba encarrilando a Hado y a Eros, poniéndoles en contacto.