– ¡Ahí estáis! -dijo al ver a sus cachorros entrando a empujones por la puerta. Los más pequeños en su cochecito doble, tan difícil de manejar. Los de cuatro años corrieron a sentarse en las altas banquetas. Su hija se le echó encima y le pidió zabaglione. Los perros empezaron a ladrar y a correr en círculos. Los bebés lloraban. Los chicos daban vueltas subidos a las banquetas de la barra. La chica se sentó taciturna, haciendo pucheros con el labio inferior.
Simon miraba a la familia de Jamie fascinado. Conocía a Noah de una vez anterior. Noah era incluso más alto que él, lo que sin duda les había unido, pensó. Le saludó con la mano, pero Noah, arrodillado junto a un niño que lloraba, no le vio.
Jamie pidió a George que le llevara los perros a casa. Él esperó con sus desabridos suegros, por llamarles de alguna manera. Les ofreció un poco de vino y, para sorpresa suya, aceptaron. Les sentó junto con Noah y los chicos mayores a la barra y les sirvió por el otro lado. Cruzó la mirada con Noah y sintió que se le expandía el corazón.
– Ya estamos todos aquí -dijo, levantando su copa-. Ya estamos todos aquí.
George se llevó a los dos perritos calle abajo a casa de Jamie. Una de las niñeras estaba allí y le dejó entrar. Era un poco mayor para él, pero era guapísima. ¿Realmente importaba tanto la edad?, se preguntó. Luego pensó en Polly y Everett y recordó que sí importaba. Le entregó a los perros.
– Adiós, Héctor. Adiós, Tillie -se despidió.
Ellos se sentaron y cada uno agitó una patita. Él les había enseñado a hacerlo.
– Yo se lo he enseñado. -No pudo resistirse a decírselo a la guapa niñera que aplaudía disfrutando con ello.
Volvió al restaurante y vio a Jamie y a su familia en la barra. Como una verdadera familia, se dijo.
– Guau -dijo en voz alta para sacudirse ese indigno pensamiento-, qué gran familia.
Jody también miraba a la familia de Jamie, pensando en qué extraño era tener tantos hijos en los tiempos que corrían. Bueno, pensó, las fecundaciones in vitro, las madres de alquiler, todo eso era la causa de que hubiera tantos mellizos, ¿no? Se preguntó si ella sería ya muy mayor para tener niños. No cinco, desde luego, pero sí uno o dos. Todavía se sorprendía, casi a diario, de no tener hijos. Entonces los bebés del cochecito empezaron a llorar otra vez, y ella se volvió, aterrorizada de repente de que quizá ya no quisiera tener hijos, ni siquiera uno.
– A veces me impaciento con los niños de otros -le contó a Simon, tratando de dar sentido a sus pensamientos.
– Bueno, con todos los niños del colegio…
– Oh, no -replicó inmediatamente-. No me refiero a ésos. Ésos son míos.
Jamie y Noah, los niños y los abuelos se marcharon, dejando un repentino silencio a sus espaldas. Enseguida empezó a oírse el tintineo de copas, cubiertos y platos, y las voces subían y bajaban con normalidad. Simon pagó la cuenta, como siempre insistía en hacer. Jody fingió resistirse, pero la verdad era que le gustaba que la invitaran. Jody había dejado a Beatrice en casa y pasaron a recogerla. Simon nunca había estado en el apartamento de ella. Siempre iban al suyo.
– Espera aquí -le pidió en las escaleras de la entrada-. Enseguida bajamos.
No quería que viera su pequeña y única habitación. No habría sabido decir por qué exactamente. Él esperó dócilmente y ella subió corriendo las escaleras.
Simon, no tan dócil como parecía, la miró irse con cierta sensación de pánico. No soportaba estar alejado de ella. Trató de dominarse. Nunca le había hablado a Jody de ello, no quería asustarla, pero la añoraba incluso durante una separación tan corta como aquélla. Dio golpecitos en el asfalto con el pie. Se pasó la mano por el pelo. Suspiró. Se volvió y levantó la vista hacia su ventana. Se volvió y bajó la vista hacia la calle. Cuando por fin apareció Jody, Simon casi temblaba de impaciencia.
– ¡Beatrice! -saludó, lanzándose hacia la perra para ocultar el estado en el que se hallaba.
Beatrice le lamió la cara y movió la cola, y Jody miraba con una sonrisa que Simon temió que no significara nada más que cordial alborozo.
Hacía una noche cálida y agradable. Pasaron dos enormes golden retrievers. Sin collares. Sin correa. La dueña los seguía a media manzana de distancia, una mujer de aspecto altanero vestida con ropa al estilo de Field and Stream [3]. ¡Venga ya!, pensó Jody.
– ¡Mamarracho! -murmuró por lo bajo.
Mientras paseaban por la calle, levantó la vista hacia las ventanas de Everett muy a su pesar. Estaban oscuras, salvo por la parpadeante luz azulada de un televisor. Se preguntó si Simon se habría dado cuenta de que había mirado aquellas ventanas. No quería herir los sentimientos de Simon. Cada día le tenía más cariño. Seguía siendo muy tímido con ella, excepto cuando estaba en la cama, lo cual a ella le parecía encantador.
– ¿No está todo precioso? -dijo, para desviar la atención de su ojeada a las ventanas de Everett-. Me encanta esta época del año.
Simon replicó con su tenue farfulleo.
– ¿Qué? -Jody aún no se había acostumbrado a su inaudible forma de hablar y respondió con obvia irritación, de la que se arrepintió inmediatamente.
– A mí, antes -repitió un poco más alto.
Ahora estaba confundida.
– ¿A ti antes qué? -dijo ella, intentando ser simpática esta vez.
– Antes a mí también me gustaba esta época del año.
– ¿Y ahora…?
– Ahora…
– ¿Ahora?
– Ahora mi vida entera ha cambiado.
Jody procuró no enfadarse ante aquella declaración. Era injusto y grosero enfadarse con alguien cuando te está diciendo que te quiere, aunque fuera de aquella manera tan atropellada, en particular de aquella manera tan atropellada. Pero resultó que estaba enfadada. ¿No era posible tener una conmovedora relación sexual sin enredar las cosas? No lo estropees, le daban ganas de decir.
– No puedo ir -continuó él.
Otra vez Virginia.
– Vamos, Simon. Eso no es verdad.
– Ven conmigo -le pidió.
Ella no contestó. Sabía que no podía decirlo en serio.
Simon se detuvo y la atrajo hacia él, tirando sin querer de la correa de Beatrice.
– ¡Eh! -exclamó Jody.
– Te quiero -dijo Simon-. Quiero casarme contigo.
«Pero sólo un ratito»
Poco antes de que Emily volviera de Italia, Everett se dio cuenta de que tenía que hablar con Polly.
– Estoy seguro de que lo entiendes -dijo-. Me refiero a que no podemos vernos mientras… -Se detuvo. Le daba la impresión de que no podía pronunciar el nombre de Emily en aquella situación. De repente todo parecía tan sórdido…
Polly le miraba con escepticismo, como si lo entendiera demasiado bien.