– Tampoco tenemos novedades de otro crimen: el salvaje asesinato de los dos albaneses, perpetrado en Rendis -dice.
Acto seguido aparece Yanna Karayorgui. Lleva un micro en las manos y el mismo conjunto que vestía por la mañana. Lógico, porque habla desde el pasillo de la jefatura, con la puerta de mi despacho a sus espaldas.
– Aunque hay un ciudadano albanés detenido en la jefatura de Atenas, la policía no tiene más datos sobre el asesinato. Según nos ha informado el teniente Kostas Jaritos, jefe del departamento de Homicidios, el interrogatorio del albanés continúa. La policía sospecha que la pareja tenía un hijo, aunque hasta el momento no ha sido encontrado.
Me pongo tan furioso que me lanzo a la pantalla para agarrarla. Pero se me escapa y, en su lugar, aparece la gorda. Empieza a largar ante el micro sobre el albanés y sobre cómo nos puso ella sobre aviso. Es la tercera noche consecutiva que muestran las mismas imágenes. La gorda dice exactamente lo mismo, lleva la misma blusa chillona y la misma falda atascada en el trasero. Nada glamourosa. A ver cómo le explico mañana al director que éstos son cuentos de Karayorgui y que no pasa nada.
– ¿Quién se está ahora pegado a la tele, eh? -pregunta Adrianí con voz triunfal desde la cocina-. Venga, la cena está lista.
Lo dice, pero ella no cena. Se sienta frente a mí y se limita a contemplarme.
– Tengo noticias -anuncia en cuanto me llevo a la boca el tenedor con el bocado de pasticho.
– ¿Qué noticias?
– Ha llamado Katerina -contesta sonriendo.
– ¿Y por qué no me lo has dicho hasta ahora?
– Porque quería comunicártelo en la mesa, para abrirte el apetito.
¡Venga ya! Me lo ha ocultado a propósito, porque no me senté a su lado a ver la tele. Sabe que mi hija es mi debilidad y ésta es su forma de vengarse.
– Definitivamente, viene para Navidad -dice sin dejar de sonreír, satisfecha.
Katerina estudia Derecho en Salónica. Está en segundo y no tiene asignaturas pendientes. Cuando termine, quiere ser fiscal. Mi gran ilusión es seguir en ejercicio para entonces y mandarle acusados. Después me sentaré entre la audiencia, tremendamente orgulloso al verla leer las acusaciones, interrogar a los testigos, presentar su alegato.
– Tengo que enviarle dinero para el pasaje de avión.
– No, ha dicho que vendrá en autocar, con Panos -responde Adrianí.
Claro, también está ese tipo, lo había olvidado. Mejor dicho, intento no acordarme de él. En el fondo no es mal muchacho, estudia para perito agrónomo. Pero me fastidia que esté tan cachas, que vaya por ahí en camiseta de manga corta, tejanos y zapatillas de deporte; todos los que tenemos así en el Cuerpo son unos cretinos. Pero qué sé le va a hacer, también él es de la generación de los cincuenta. No me refiero a los de la época de la posguerra, sino a los de hoy en día. La llamo generación de los cincuenta porque su vocabulario se reduce a cincuenta palabras. Si quitamos «joder», «maricón», «rollo» y «gilipollas», nos quedan cuarenta y seis de renta contributiva, como dicen los de Hacienda. Me acuerdo del período entre el 1971 y los sucesos de la Politécnica *, de la consigna «Pan, educación y libertad» y de nosotros, cuando nos mandaban para detener y dispersar a los manifestantes. Enfrentamientos directos, persecuciones en plena calle, cabezas abiertas, sus insultos y nuestras represalias. Cómo íbamos a sospechar entonces que todo aquel lío sólo serviría para llegar a las cincuenta palabras. Igualmente podríamos haber recogido los bártulos y habernos marchado a casa, porque para eso, no valía la pena.
– ¿Tienes el dinero para el billete de avión o piensas pedirlo prestado?
Aunque la pregunta suena inocente, ella me mira con astucia.
– Tengo dinero -respondo-. He guardado parte de aquellos atrasos que cobramos.
– Ya que no lo vas a necesitar para el billete, ¿por qué no me lo das para que compre aquellas botas que te dije? -Esboza una sonrisa que pretende ser seductora pero que sólo resulta maliciosa.
– Ya veremos.
Se lo daré pero no quiero decírselo, para fastidiarla y tomarme una pequeña venganza. La primera fase de la vida conyugal corresponde a la alegría de la convivencia. La segunda, a los hijos. La tercera y más importante, a los desquites. Cuando llegas a esta etapa ya puedes relajarte, porque sabes que nada va a cambiar. Los hijos pronto emprenderán su camino y tú volverás a casa después del trabajo sabiendo que allí te espera tu mujer, la cena y los desquites.
– ¡Venga, Kostís, cariño, si sabes que no tengo botas presentables!
– ¡Ya veremos! -repito bruscamente, cortando la conversación.
Ya en la cama, se acerca a mí. Me pasa la mano por debajo de la cintura y empieza a besarme en la oreja, en el cuello. Yo permanezco indiferente. Apoya la pantorrilla en mi rodilla y, con el muslo contra mi pene, empieza a subir y bajar la pierna rítmicamente.
– ¿Cuánto quieres para las botas? -pregunto.
– He visto unas preciosas, aunque son un poco caras. Treinta y cinco mil. Claro que podré llevarlas durante años.
– Vale, te daré el dinero.
La pantorrilla baja por última vez, como el ascensor del tercer piso a la planta baja, y se detiene. Aparta la mano de mi cintura. Me da un besito en la mejilla y, acto seguido, se retira a sus aguas jurisdiccionales.
– Buenas noches -dice con alivio.
– Buenas noches -respondo yo, aliviado también, y abro el Lindell-Scott que había bajado del estante antes de acostarme.
Sin embargo, me resulta imposible concentrarme. Pienso en Karayorgui y en esa idea que se le ha metido en la cabeza acerca del niño. No creo que hable por hablar, sin fundamento; ésta sabe algo y no me lo dice. De repente se me ocurre que podría preguntar al albanés, tal vez él esté al corriente. Primero le preguntaré, luego ya veremos qué hago con Karayorgui. A lo mejor pongo en práctica lo que se me ha ocurrido esta mañana. Le pediré a Zanasis que se la ligue, a ver si él averigua algo.
Sueño que estoy en la casa de los dos albaneses. Sólo que los cadáveres ya no se encuentran allí y el colchón está tapado con una manta. Encima de la mesa plegable hay un moisés. Me inclino y veo a un bebé. No tiene más de tres meses y llora a pleno pulmón. Karayorgui está de pie delante del hornillo a gas, calentando el biberón.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -pregunto, extrañado.
– De niñera -responde ella.
Capítulo 4
Acabo de engullir el primer bocado del cruasán y voy por el primer sorbo de café cuando se abre la puerta y entra Zanasis. Me mira a los ojos y sonríe. Es una de esas raras ocasiones en que no me transmite el reconocimiento de su cretinismo. Esto sucede una vez al año, máximo dos.
– Es para usted -dice, tendiéndome el papel que lleva en la mano.
– Bien, déjalo aquí.
Los años de experiencia me han llevado a adoptar un firme principio: no recoger jamás los documentos que me traen. Suele tratarse de instrucciones, prohibiciones, restricciones. En resumen: asuntos que me enervan. Por eso los dejo caer encima de mi mesa y espero estar psíquicamente preparado para leerlos. Sin embargo Zanasis sigue tendiéndome la nota.
– Es la confesión del albanés -anuncia en tono triunfal.
Me quedo pasmado. Alargo la mano y tomo el papel.
* Los sucesos de la Escuela Politécnica ocurrieron en noviembre de 1973, cuando se generalizaron una serie de protestas estudiantiles y tomaron cariz de rebelión general contra la dictadura de los coroneles. La intervención de la policía armada y del ejército provocó un baño de sangre. (N. de la T.)