Respiro agitada y dolorosamente. No puedo creerme que lo haya conseguido: me he salvado, estoy vivo. Si hubiera tenido que morir hoy, sin duda ésta era la oportunidad de la Muerte para apoderarse de mí. Ni siquiera conseguí obtener el certificado de los veinticinco metros en la escuela. Solían burlarse de mí: «Los niños negros no saben nadar.» No tenía ni idea de que sería capaz de hacerlo.
Trato de ponerme de pie para poder salir del agua, pero mis piernas no tienen fuerza suficiente, así que me arrastro un poco sobre el culo y luego gateo un trozo más. Tropiezo con algo. Alejándose de mí, en el agua flota una forma oscura con dos manos pálidas que resaltan a la luz de la luna. Al cabo de un rato, el agua se ha reducido a unos cuantos centímetros y me arrastro hasta ponerme de pie y empezar a caminar.
No me cuesta mucho averiguar dónde estoy. Transcurridos diez minutos puedo ver el gran círculo de la noria del London Eye destacando en negro contra el cielo. Me hace pensar en mamá.
«No vayas a Londres. No dejes que la abuela te lleve allí.»
¿Dónde debe de estar mamá ahora? ¿Estará mirando abajo, a mí? ¿Estaba ahí conmigo, dándome la energía extra que necesitaba para salir del río? Olvidamos lo que habías dicho, tanto la abuela como yo. Ella porque es una vieja estúpida que siempre lleva la contraria, y yo porque conocí a Sarah y quería intentar ayudarla. Olvidamos lo que dijiste y ahora estamos sufriendo por ello, aunque Dios sabe qué les habrá pasado a Sarah y a la abuela. Creo sinceramente que están bien, porque, después de todo, he visto sus números. Sé que ambas son supervivientes, pero aun así me pongo nervioso al pensar en ellas y echo a correr. Voy a atravesar esas calles oscuras y a llegar a casa.
Tardo horas en hacerlo, porque tengo que cruzar el río; la mitad de los puentes de Londres se ha derrumbado. Hay policías en Vauxhall Bridge impidiendo que la gente pase porque no es seguro, pero yo me abro paso entre ellos y salgo zumbando lo más rápido que puedo hasta que consigo llegar al otro lado del cordón policial.
Se está empezando a hacer de día cuando llego a High Road, pero a medida que me aproximo a la calle de la abuela, no puedo creer lo que ven mis ojos. La mitad de la calle ha desaparecido: hay un agujero enorme de cientos de metros de largo y las casas se han derrumbado. Tardo un poco en averiguar cuál es la de la abuela, cuál «era» la de la abuela. La fachada se ha abierto, desgarrada, y el techo se ha derrumbado y todo lo que queda son un par de paredes y un montón de escombros. Algunos de sus gnomos están espatarrados delante de la pila, como pequeños cadáveres.
– Oh, Dios mío -digo en voz alta. Nadie podría haber sobrevivido a eso si estaba en el interior de la casa. ¿Y dónde iban a estar, si no? No lo entiendo. Pensaba que ambas habían sobrevivido, que Sarah era mi futuro.
Mis piernas ya no pueden sostenerme. Me dejo caer en el suelo y cierro los ojos. Esto no es real. No puede ser cierto.
– Han salido, ¿ya lo sabes?
– ¿Qué?
Levanto la cabeza y veo a un hombre mayor, en pijama y bata. Observa la esposa de mi muñeca, pero no dice nada al respecto.
– Tu abuela y una chica. Han salido antes de que el techo se viniera abajo.
– ¿Está seguro?
– Claro que sí. Se han quedado para ayudarme a mí y a mi esposa. Se han comportado como dos heroínas.
La noticia me impacta como otro maremoto y expulso el aire de golpe.
– ¿Había una niña? ¿Había un bebé con ellas?
Él niega con la cabeza.
– No, sólo ellas dos.
– ¿Dónde están ahora?
Vuelve a negar con la cabeza.
– Lo siento, no lo sé. Se han ido de aquí hace poco; unos veinte o treinta minutos. Pero no han dicho adónde iban.
Veinte minutos. Eso no es nada. Las puedo alcanzar y encontrarlas, si supiera adónde iban. «Piensa, Adam. Piensa, piensa.» Vuelvo a cerrar los ojos y trato de concentrarme en Sarah, en lo que deberá estar pasando por su cabeza. Si Mia no estaba con ellas, estará desesperada por encontrarla. Así pues, ¿dónde está? ¿Dónde está Mia?
Sus padres estaban en la comisaría de policía el día que la acusaron de agresión, y ella les vio. Podrían haberse llevado a Mia con ellos ese mismo día si las asistentas sociales se lo permitieron. ¿Y por qué no? Dos ciudadanos decentes, con bonita casa en Hampstead, un buen coche y una buena vida.
– ¿Estás bien, hijo? -El hombre del pijama sigue mirándome.
Estoy hecho polvo. Me siento como si pudiera tumbarme en la calle y dormirme ahora mismo.
– Sí -digo-. Sí, estoy bien. Tengo que encontrar a un par de damas.
– Ah, cherchez les femmes -responde-. Buena suerte, hijo. -Me guiña un ojo y se aleja.
Me duele todo el cuerpo: tengo el brazo rasguñado, la muñeca dolorida, el tobillo magullado y torcido, me duelen los pulmones. Pero ahora es el pie lo que me falla. Flexiono la pierna y giro el pie para echar un vistazo. Me quito la porquería con las manos: trozos de ladrillo y piedra, polvo, pedazos de vidrio, astillas de madera. Hago un gesto de dolor y doy un grito ahogado. Tengo unos cortes muy profundos ahí.
Así no voy a llegar nunca a Hampstead. Necesito unos zapatos. Encuentro una cortina, todavía unida a una barra, que está tirada sobre los escombros. Me arrastro por los desechos y tiro del material, rasgándolo para hacer unas vendas largas y luego empiezo a envolverme el pie con una de ellas. Me tiemblan las manos, pero ahora no puedo parar. Trato de mantenerlas bajo control para conseguir envolver el pie derecho con el material, por encima y por debajo, desde la punta hasta el tobillo, hasta que me hago una especie de bota de tela que ato con un nudo en la parte delantera. Es genial. Inspiro profundamente, me levanto y pongo a prueba mi peso. Me sigue doliendo, pero no como antes. Sí, esto servirá.
Empiezo a caminar y parece que voy bien, así que aprieto el paso y empiezo a correr, alejándome de la casa donde creció mi padre y que también ha sido la mía durante un tiempo. No queda nada de ella, pero tampoco siento nada al respecto, porque las casas las hace la gente, y las tres personas que la convirtieron en mi hogar ya no están ahí.
Pero voy a encontrarlas. Voy a encontrarlas aunque sea la última cosa que haga.
Sarah
Nos decidimos a cruzar la ciudad, pero el lugar por el que pasamos ya no es Londres, al menos no el Londres donde crecí. Nada es como debería ser. Ha cambiado por completo, totalmente. No está exactamente tranquilo porque hay alarmas de coche y antirrobo sonando, y a kilómetros de distancia se oyen sirenas, pero el murmullo de fondo del tráfico ha desaparecido. El ruido con el que te vas a dormir cada noche y te despiertas cada mañana ha desaparecido.
La cabeza me juega malas pasadas. Mientras caminamos, mi mente ve el lugar tal como era antes y empiezo a sentirme como si estuviera colocada cuando veo el cielo donde debería haber un edificio, cuando las paredes ya no están ahí, o cuando la acera ha desaparecido bajo un montón de escombros. Encontramos dos agujeros más en la calzada: uno atraviesa la calle, formando una sima demasiado ancha para saltar por encima, por lo que tenemos que volver sobre nuestros pasos y encontrar una vía diferente para rodearlo.
Dondequiera que vamos, la gente grita pidiendo ayuda. Grupos de personas se reúnen donde haya cualquier motivo para la esperanza; familias, vecinos y desconocidos arriman el hombro e intentan rescatar a los que aún están vivos. Forman líneas dispersas a través de los escombros, pasándose ladrillos, planchas y maderas los unos a los otros. No hay ni rastro de la policía, ni de los bomberos, ni del ejército. Al menos no por aquí, en Kilburn: nos han abandonado; estamos solos. Si no lo hacemos por nuestra cuenta, nadie lo hará.