De todos modos, existen bastantes dudas y contradicciones sobre el supuesto intento del 11 de julio. Las únicas informaciones disponibles sobre este episodio son las procedentes de los interrogatorios efectuados por la Gestapo después del 20 de julio.
Es posible que ese día Stauffenberg se limitara a tantear las posibilidades de realizar el atentado, como si de un ensayo general se tratase, con vistas a una oportunidad posterior. El hecho de que ese 11 de julio su primo, el teniente general Caesar von Hofacker, que debía coordinar el golpe en París, se encontrase en Berlín para reunirse con el general Beck, hace pensar que no se contaba con que Stauffenberg atentara contra Hitler ese día. En cambio, hay otra versión, la que asegura que Stauffenberg, al enterarse de que Himmler no participaría en la reunión, telefoneó a Olbricht unos minutos antes de la una para consultarle si debía seguir adelante con el atentado, y que recibió una respuesta negativa.
La siguiente oportunidad llegaría cuatro días después. El 15 de julio, el general Fromm y Stauffenberg fueron convocados para unas conversaciones militares en el Cuartel General, en este caso en la Guarida del Lobo, en Rastenburg. El conde creyó ver llegado el momento idóneo para realizar el atentado. Acudiría a la reunión con un artefacto explosivo que le había sido entregado a principios de junio. No se ha podido establecer con seguridad el origen de ese material; si era de procedencia británica, alemana, o una mezcla de ambas. Se cree que los conjurados lograron obtener explosivo alemán procedente de un depósito de ingeniería del frente del este, gracias a los hermanos Georg y Philipp von Boeselager, y que el coronel Wessel Freytagh von Loringhoven adjuntó material británico, gracias a sus contactos en el servicio de Inteligencia. Las investigaciones posteriores del Servicio de Seguridad del Reich apuntarían a que todo el explosivo era germano y que la aportación aliada se redujo a los detonadores, pero no hay un criterio claro al respecto [6].
Stauffenberg estaba convencido de que esta vez sí podría hacer estallar la bomba junto a Hitler, tal como lo demuestra el que hubiera hablado con Olbricht de que el plan “Valkiria” fuera puesto en práctica dos horas antes de la comisión del atentado, para no dar tiempo de reacción a sus adversarios.
Ese 15 de julio, Fromm y Stauffenberg, acompañados por el capitán Klausing, aterrizaron en el aeródromo de Rastenburg a las 9.35 horas. Desayunaron en el casino de oficiales, como solía ser habitual en estos casos, permaneciendo allí unos tres cuartos de hora.
Sobre las once, Fromm, Stauffenberg y Klausing fueron conducidos al área central de la Guarida del Lobo, donde tuvieron un encuentro informal con el mariscal Keitel, al que Fromm consideraba su “buen amigo”.
A las 13.00 horas, Fromm, Keitel y Stauffenberg se dirigieron al llamado informe matinal, que se iba a celebrar en un barracón cercano al búnker del Führer. En la puerta departieron de temas triviales con el general de la Luftwaffe Karl Bodenschatz hasta que, unos diez minutos más tarde, llegó Hitler, acompañado por el almirante von Puttkamer, un guardaespaldas y su jefe de fotógrafos.
Keitel saludó de forma servil a Hitler, como en él era habitual. El fotógrafo apuntó y tomó el momento en el que Bodenschatz hacía una ligera reverencia al dictador, mientras se estrechaban las manos. En esa imagen, Stauffenberg aparecería en posición de firmes, con la espalda recta, mirando en dirección a Hitler.
Para romper el hielo, Keitel empezó a narrar a Hitler los detalles de la última cacería en la que había participado, e intentó introducir a Stauffenberg en la conversación, halagando el hecho de que pudiera montar a caballo pese a sus impedimentos físicos. A continuación, todos entraron en el barracón para dar inicio a la reunión.
Esta conferencia duró sólo media hora. Aunque después se celebraron dos reuniones más, igualmente breves, seguramente Stauffenberg no encontró el momento adecuado para armar la espoleta, una acción para la que se requerían unos minutos. Únicamente contamos con el testimonio de Berthold, el hermano de Stauffenberg, para intentar averiguar por qué no se produjo el atentado. En sus declaraciones posteriores a la Gestapo afirmó: “Mi hermano me dijo que las conversaciones fueron interrumpidas de improviso, pidiéndose a Claus que informara personalmente de ciertas cuestiones, por lo que no pudo realizar el atentado planeado”.
Esta hipótesis es verosímil, pero otras fuentes aseguran que, ante la ausencia de Himmler y Goering en la reunión, Stauffenberg salió de la sala para llamar a Berlín y pedir consejo. Esta versión fue la que la mujer de Mertz von Quirnheim dejó escrita en su diario; según su testimonio escrito, poco antes de la reunión Stauffenberg preguntó telefónicamente a Olbricht si debía seguir adelante pese a la ausencia de ambos jerarcas nazis, y tras un intercambio de opiniones bastante largo entre los conjurados se le dijo que no actuase. Pero Von Quirheim actuó después por su cuenta y, tomando el aparato, recomendó a su amigo Stauffenberg que hiciera estallar la bomba de todos modos. Al parecer, Claus coincidió con él en que eso era lo más acertado, pero al regresar comprobó que Hitler se había marchado ya.
Fotografía tomada el 15 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo.
Stauffenberg, a la izquierda, observa a Hitler. Cinco días después atentaría contra su vida.
Sea como fuere, antes de dirigirse al aeropuerto para regresar a Berlín, Stauffenberg telefoneó a Olbricht para comunicarle brevemente que el plan había fracasado. Esta noticia produjo en los conspiradores una gran decepción, además de un enfado considerable, puesto que se había lanzado ya la primera fase de “Valkiria”, haciendo caso a Stauffenberg. Rápidamente se abortó el proceso, pero la alarma ya había sido dada. Naturalmente, desde el Alto Mando se pidieron después explicaciones a esa sorprendente puesta en práctica del plan “Valkiria”, pero Olbricht se mostraría eficaz a la hora de convencerles de que no se trataba más que de un simulacro, concretamente “un ejercicio táctico para comprobar la capacidad de acción del Ejército territorial”.
CRECE AÚN MÁS LA TENSIÓN
Los conspiradores pudieron respirar tranquilos, pero estaba claro que no podían permitirse ni un error más. El nerviosismo cundía entre los implicados, que temían verse descubiertos de un momento a otro. Comenzó a extenderse por Berlín el rumor de que “el Cuartel General del Führer va a estallar por los aires”. Era improbable que alguien del círculo de conjurados hubiera cometido esa indiscreción, pero esos comentarios no pasaron desapercibidos a los oídos de la Gestapo, que extremó las pesquisas para descubrir lo que había de verdad en ese más que inquietante rumor. Esas investigaciones pusieron a la Gestapo en la pista del doctor Goerdeler, el que debía convertirse en el próximo canciller en caso de triunfo del golpe; Stauffenberg le aconsejó que se mantuviera escondido y pidió al resto de conjurados ser más prudentes que nunca.
Los días posteriores al frustrado atentado del 15 de julio fueron transcurriendo en medio de una tensión insoportable. Cuando alguno de los implicados en el golpe oía que alguien llamaba a su puerta o a su teléfono, se sobresaltaba al creer que la Gestapo le había descubierto. Era cuestión de días, si no de horas, el que la policía de Himmler procediese a detenerlos a todos. En esas jornadas Stauffenberg se esforzó en aparecer cordial y tranquilo, intentando transmitir algo de serenidad en un ambiente que rezumaba ansiedad.
Por suerte para Stauffenberg y los conjurados, el conde fue convocado de nuevo al Cuartel General en Rastenburg. Debía acudir a la reunión de situación o Führerlage [7]. Allí tendría la oportunidad de estar junto a Hitler durante más de dos horas, por lo que dispondría del tiempo necesario para activar la bomba y situarla a su lado. Por fin se presentaba el momento de culminar todo el trabajo realizado en los meses anteriores.
[6] Los ensayos realizados con los explosivos británicos demostraron su superioridad respecto a los germanos, al proporcionar una gran potencia destructora en un tamaño muy reducido. Además, el sistema de explosión de estos artefactos ideados por los ingleses era sencillo y silencioso, sin desprendimiento del habitual humo delator, pues bastaba con romper una ampolla de cristal que contenía ácido; este ácido se encargaba de corroer un alambre fino que sostenía un resorte, el cual, al saltar tras la rotura del alambre, liberaba el percutor que provocaba la explosión. Este sistema permitía decidir, con un margen de error no muy elevado, el momento en el que debía estallar la bomba; existía una gama de alambres que, dependiendo de su diámetro, tardaban un tiempo determinado en romperse. Aunque hoy día pueda parecer un método muy poco sofisticado, en ese momento era considerado innovador. Stauffenberg dispondría de ese sistema de activación de la bomba para llevar a cabo su atentado.
[7] Esa conferencia diaria era el acto central en la vida cotidiana de Hitler; además de ser el eje de su rutina diaria, constituía la máxima expresión de su mando militar. En el verano de 1944, la época en la que se efectuaría el atentado, esas reuniones se celebraban hacia el mediodía o a primera hora de la tarde, normalmente a la una.
La llegada de Hitler a la sala se anunciaba con las palabras “Meine Herren, der Führer kommt!” (“Señores míos, viene el
Las conferencias se solían prolongar al menos dos horas pero, si la situación lo requería, podían durar hasta cinco o seis. Las Führerlage no se desarrollaban según criterios operativos; cuando un tema centraba su atención, Hitler podía estar hablando durante horas, disertando sobre las características técnicas del armamento o cifras de producción, para lo que tenía una memoria asombrosa. Además, Hitler se implicaba en las decisiones tácticas más insignificantes, dando órdenes de desplazamiento de tropas a escala de batallón o compañía, transmitiéndose de inmediato a los puestos de mando sobre el terreno para su ejecución. Para disponer de más información, el dictador reclamaba mapas más precisos, lo que suponía una carga extra de trabajo. Todo ello hacía que los generales que acudían a estas reuniones diarias se desesperasen al contemplar semejante pérdida de tiempo pero, obviamente, nadie se atrevía a plantear una queja.