Aparentemente, Stauffenberg había conseguido su objetivo, pero en realidad el efecto de la explosión había sido muy distinto al buscado por él. Como el general Brandt había movido la cartera de sitio, colocándola tras la gruesa pata de la mesa, ésta había hecho de pantalla, dirigiendo la onda expansiva hacia el lado contrario al que se encontraba el Führer.
Esta mastodóntica construcción es el búnker de Hitler, a donde se retiró el dictador tras sufrir el atentado. Los intentos posteriores de volar los gruesos muros del refugio fracasarían debido a su grosor.
Además, como Hitler se encontraba en ese momento totalmente apoyado en la mesa, sosteniendo su barbilla con el codo, la tabla de la mesa actuó como un improvisado y eficaz escudo protector. A Brandt, próximo al artefacto, la explosión le arrancó de cuajo una pierna y su cuerpo quedó acribillado al instante por una miríada de astillas. Estas graves heridas le producirían la muerte. Ese era el destino reservado para Hitler, si Brandt no hubiera cambiado el rumbo de la historia involuntariamente, al modificar el lugar original de la cartera.
Además de Brandt, morirían en el atentado el general Korten, el general Schmundt y el estenógrafo Berger. Los demás resultarían con heridas más o menos graves [16]. Todos ellos quedaron afectados por conmociones cerebrales y roturas de tímpanos, incluso los heridos leves. Sólo hubo una excepción: el mariscal Keitel, que no sufrió ningún daño.
El propio Hitler resultó levemente herido; sufrió conmoción cerebral con desfallecimiento transitorio, perforación de ambos tímpanos, contusiones en el codo derecho, quemaduras en las piernas, erosiones en la piel y unos cortes en la frente. El dictador explicaría más tarde que sintió la explosión “como una llama repentina de una claridad infernal” y “un estallido que rompía los tímpanos”.
Hitler se levantó de entre aquellas ruinas humeantes con la cara ennegrecida, apagándose las llamas de los pantalones y de la parte posterior de la cabeza, que le quedó chamuscada.
Keitel, que en ese momento no podía ver a Hitler debido al humo y a la confusión, gritaba:
– ¿Dónde está el Führer? ¿Dónde está? Al verlo, Keitel se abalanzó sobre él, ayudándole a incorporarse del todo y gritando mientras le abrazaba efusivamente:
– ¡Mi Führer, está usted vivo! ¡Está usted vivo! El mariscal le tomó por los hombros y salió con él de lo que unos segundos antes era el barracón de conferencias. Los otros supervivientes aparecían dando traspiés entre las ruinas humeantes. Todo aquél que podía moverse por sí mismo buscaba ansiosamente salir de allí. Temían que hiciera explosión una segunda bomba, y esto hizo que todos se apresurasen instintivamente alejarse del lugar todo lo rápido que les permitía su estado físico.
Hitler aparecía totalmente cubierto de polvo y con los pantalones rasgados, doliéndose sobre todo de las numerosas astillas que había penetrado en sus piernas y advirtiendo, bastante sorprendido, que su temblor habitual en la pierna izquierda había desaparecido casi por completo. Desentendiéndose de los heridos y rechazando a quienes se apresuraban a prestarle ayuda, Hitler pidió a Keitel que le condujese de inmediato a su búnker, en donde estaría seguro en caso de que el ataque se reprodujese.
El doctor Morell acudió rápidamente al búnker para examinarle. También entró en el búnker Linge, su sirviente. Hitler, que estaba tranquilo, dijo a Linge con una amarga sonrisa:
Un oficial muestra el estado en el que quedaron los pantalones que vestía el Führer en el momento de la explosión. Hitler los enviaría después a Eva Braun para que los guardase como recuerdo.
– Alguien ha intentado matarme…
El mariscal Keitel, después de ayudar a Hitler a que llegase a su búnker, regresó al lugar del atentado. La supervivencia del autócrata le había provocado un entusiasmo incontenible:
– ¡El Führer! ¡La Providencia! ¡Nuestro Führer vive! ¡Y ahora hacia la victoria final! -exclamaba enfebrecido el mariscal.
Below, ayudante de la Luftwaffe de Hitler, que había sobrevivido también al atentado, tuvo la sangre fría, a pesar de las heridas leves que sufría, de correr hasta el barracón de comunicaciones y dar la orden de bloquear todas las líneas telefónicas que salían del Cuartel General, prohibiendo las llamadas que no fueran de Himmler, Keitel y Jodl. Pero esa orden llegó tarde, pues Fellgiebel, como veremos después, ya había podido telefonear a los conjurados de Berlín.
Hitler permanecía sentado en el interior de su búnker, con un gesto de alivio en la cara tras haber superado una prueba tan grave. Se interesó por conservar el uniforme que vestía en el momento de la explosión; el pantalón estaba hecho jirones y la guerrera ofrecía un gran agujero en la espalda. El pantalón sería profusamente exhibido como prueba de que la Providencia estaba con él. Según su secretaria, Christa Schroeder, Hitler le pediría días más tarde que enviase las dos piezas de ropa a Eva Braun para que las guardase.
Nadie tenía aún una idea exacta de lo que había ocurrido. La primera impresión era que el barracón de conferencias había sido alcanzado por una bomba de aviación lanzada desde gran altura. Pero la mayoría se inclinaba por que había estallado una mina supuestamente colocada por los trabajadores que habían estado un tiempo en el cuartel general reforzando el recinto contra los ataques aéreos. Esta hipótesis fue rechazada por Hitler, al intuir desde el primer momento que se trataba de un atentado organizado por el Ejército.
Pasó más de una hora hasta que alguien advirtió la desaparición de Stauffenberg, lo que hizo recaer sobre él todas las sospechas. En cuanto esa información llegó a Hitler, éste vio confirmado su convencimiento de que el Ejército estaba detrás del intento de asesinato. Aseguró entonces que estaba dispuesto a desencadenar una venganza brutal contra los que habían intentado acabar con él. No tardaría en cumplir su amenaza.
Capítulo 8 Bendlerstrasse
Durante el trayecto aéreo entre Rastenburg y Berlín, es de suponer que Stauffenberg no disfrutó del paisaje que podía observarse desde las ventanillas del Heinkel 111. Las suaves ondulaciones de Prusia Oriental, punteadas por pequeños bosques de altos árboles, no debían ejercer en ese momento ningún atractivo para el coronel. Su pensamiento debía encontrarse ya en el lugar a donde se dirigía: la sede del mando del Ejército de Reserva, en Berlín, en donde le esperaban el resto de implicados en el golpe.
Ese lugar era conocido indistintamente por dos nombres; Bendlerstrasse, por la calle en el que estaba situado, y Bendlerblock, en referencia al edificio propiamente dicho. Allí residía el centro neurálgico del golpe. Según lo previsto, en cuanto Fellgiebel telefonease a Berlín para comunicar la muerte de Hitler, desde la Bendlerstrasse se tomarían las primeras medidas para lograr el control de la capital del Reich. Cuando llegase Stauffenberg, el golpe debía estar ya iniciado. Pero el coronel no tenía modo de saber lo que estaba ocurriendo mientras él se encontraba allí, en el aire.
Aspecto actual del patio del Bendlerblock, a donde llegó Stauffenberg en automóvil, procedente del aeródromo de Rangsdorf, a las 16.15 horas.