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con un sacerdote.

-Yo quiero hablar contigo -le indiqué-. No hablo el español de los demás sacerdotes.

-Y yo te repito que no soy sacerdote. Y a veces me alegro de el o. Yo sólo soy Alonso de Molina, notario de

mi señor el obispo de Zumárraga. Y como me tomé la molestia de aprender vuestro idioma, hago también

de intérprete de su excelencia entre tu pueblo y el nuestro.

Yo no tenía ni idea de lo que pudiera ser un notario, pero aquel hombre parecía amistoso y había

demostrado cierta compasión humana durante la ejecución, cosa que los demás oficiantes no habían

hecho.

De modo que ahora me dirigí a él con el tratamiento honorífico que significa más que "amigo"; de hecho,

"hermano", o incluso "hermano gemelo".

-Cuatl Alonso -le dije-. Me l amo Tenamaxtli. Unos parientes míos y yo acabamos de l egar de muy lejos

para admirar por primera vez vuestra Ciudad de México. No esperábamos que a los visitantes se les

proporcionase un... espectáculo público. Sólo quiero preguntarte esto: a pesar de tu excelente traducción no

he podido, en mi ignorancia provinciana, comprender esos términos de aspecto legal que has pronunciado.

¿Tendrías la bondad de explicarme, en palabras sencil as, de qué se acusaba a ese hombre y por qué se le

ha ejecutado?

El notario me estuvo contemplando durante unos instantes. Luego me preguntó:

-¿No eres cristiano?

-No, cuatl Alonso. He oído hablar de Crixtanóyotl, pero no sé nada de esa religión.

-Bien. En palabras sencil as, como pides, te diré que a don Juan Damasceno se le encontró culpable de

haber fingido abrazar nuestra fe cristiana, cuando en realidad había permanecido todo el tiempo sin creer

en el a. Se negó a confesar esto, se negó a renunciar a su antigua religión, y por eso se le sentenció a

muerte.

-Empiezo a comprender. Gracias, cuatl. Los hombres pueden elegir entre hacerse cristianos o que los

ejecuten.

-Espera, espera. No es eso exactamente, Tenamaxtli. Pero una vez que alguien se hace cristiano, ha de

seguir siéndolo.

-O vuestros tribunales de justicia ordenan que a esa persona se la queme viva.

-Tampoco es eso exactamente -repuso el notario frunciendo el entrecejo-. Los tribunales seglares pueden

adjudicar diversos castigos para los distintos tipos de delito. Y si votan por la pena capital, hay varias

maneras de l evarla a cabo: se le puede fusilar, se le puede matar con la espada, con el hacha de verdugo

o...

-O del modo más cruel de todos -terminé yo por él-. En la hoguera.

-No. -El notario movió la cabeza de un lado a otro; ahora daba la impresión de estar un poco incómodo-.

Sólo los tribunales eclesiásticos de la Inquisición pueden pronunciar esa sentencia. Desde luego, ése es el

único medio de ejecución que la Iglesia puede especificar. Verás, la Iglesia tiene poder para castigar a

brujos, brujas y herejes como este difunto Juan Damasceno, pero le está prohibido derramar sangre. Y está

claro que si se quema a alguien no hay derramamiento de sangre. De ese modo está establecido en la ley

canónica, dice cómo debe la Iglesia ejecutar a esas personas. Por las l amas... y sólo por las l amas.

-Comprendo -dije-. Si, hay que obedecer la ley.

-Me complace decir que esas ejecuciones se l evan a cabo con escasa frecuencia -me explicó el notario-.

Han pasado tres años enteros desde que un marrano fue ejecutado en este mismo lugar por haberse

mofado de la fe de un modo parecido.

-Perdóname, cuatl Alonso -le interrumpí-. Pero ¿qué es un marrano?

-Un judío. Es decir, una persona que habiendo sido anteriormente judía se convierte al cristianismo. Y

Hernando Halevi de León parecía un converso sincero. Incluso comía cerdo. Así que se le otorgó una

rentable concesión real de encomienda propia en Actopan, al norte de aquí. Y se le permitió casarse con la

hermosa Isabel de Aguilar, la hija cristiana de una de las mejores familias españolas. Pero luego se

descubrió que el marrano le prohibía a doña Isabel que asistiera a misa en los días del mes en que tenía la

hemorragia femenina. Obviamente, De León era un falso converso que seguía observando en secreto las

perniciosas reglas del judaísmo.

Para mí aquel o no tenía ningún sentido, así que volví al asunto que más me importaba y le dije:

-Este hombre de hoy, cuatl... no parecías muy feliz de verlo arder.

-Ayya, no te confundas -se apresuró a responder-. Según las creencias, leyes y normas de nuestra Iglesia,

este Damasceno con toda certeza merecía ese destino. Yo no discutiría eso en absoluto. Es sólo que...

bueno, con los años le había tomado cariño al viejo. -Echó una última mirada a las cenizas-. Y ahora, cuatl

Tenamaxtli, debes excusarme. Tengo obligaciones. Sin embargo, me sentiré muy complacido de volver a

conversar contigo en otra ocasión, siempre que estés en la ciudad.

Yo había seguido con los ojos aquel a mirada suya a las cenizas, y me había percatado al instante de que,

aparte de la cadena de metal y el poste vertical de metal, sólo una cosa había sobrevivido a las l amas. Era

el colgante que yo había visto fugazmente antes, aquel objeto que reflejaba la luz, que el hombre muerto

había l evado colgado alrededor del cuel o.

Cuando el notario Alonso se dio la vuelta, me apresuré a agacharme y cogí el objeto; tuve que pasármelo

de una mano a otra durante un buen rato porque todavía abrasaba. Se trataba de un pequeño disco de

alguna clase de cristal amaril o, y estaba pulido de un modo curioso aunque suave, plano por un lado,

curvado hacia adentro por el otro. El objeto había colgado de un cordel de cuero, que naturalmente había

desaparecido, y era evidente que había estado montado en un anil o de cobre porque aún quedaban restos

del mismo, aunque la mayor parte se había fundido.

Ninguno de los soldados que patrul aban por la zona ni cualquier otra persona española de las que

circulaban, despacio o de prisa, por al í haciendo recados y que cruzaban la extensa plaza abierta, prestó

atención a aquel a acción mía de coger el talismán amaril o o lo que fuese. Así que me lo metí debajo del

manto y me marché en busca de mi madre y de mi tío.

Los encontré de pie en un puente que salvaba uno de los pocos canales que quedaban en la ciudad. Mi

madre había estado l orando, pues todavía tenía el rostro mojado por las lágrimas, y su hermano había

tratado de consolarla rodeándole los hombros con un brazo. Además mi tío estaba gruñendo, más para si

mismo que dirigiéndose a mi madre:

-Esos exploradores nos dieron buenas informaciones acerca del gobierno de los hombres blancos. Pero no

es posible que presenciasen nada como esto. Desde luego, cuando regresemos insistiré todo lo que pueda

para que nosotros los aztecas nos mantengamos alejados de estos aborrecibles... -Se interrumpió para

exigirme con enojo-: ¿En qué te has entretenido, sobrino? Bien hubiéramos podido decidir emprender el

camino de regreso a casa sin ti.

-Me he quedado para intercambiar unas palabras con ese español que habla nuestra lengua. Me ha dicho

que él le tenía cariño a Juan Damasceno.

-Ése no era el nombre verdadero de aquel hombre -me corrigió mi tío con voz hosca.

Mi madre volvió a emitir un pequeño sol ozo. La miré con cierto recelo y dije titubeante:

-Tene, tú has suspirado y has l orado en la plaza. ¿Qué preocupación terrena ha podido ser ese hombre

para ti?

-Lo conocía -dijo mi madre.

-¿Cómo es posible, querida Lene? Tú nunca habías puesto los pies antes en esta ciudad.