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– Sí, Cayena.

– ¿A dónde van ustedes?

– Brifish Honduras.

– No se puede. Deben tomar la ruta Sursudoeste y dirigirse a Georgetown. Obedezca, es una orden.

– De acuerdo.

Le digo a Cuic-Cuic que ice las velas y partimos en la dirección mandada por el torpedero.

Oímos un motor detrás de nosotros. Es una chalupa que han botado del barco. No tarda en alcanzarnos. Un marino, con el fusil en banderola, está en pie a proa. La chulapa viene por la derecha y nos roza literalmente, sin detenerse ni pedir que nos paremos. De un brinco, el marino salta a nuestra canoa. La chulapa continúa y va a reunirse con la lancha.

– Good after noo [9] – dice el marino.

Avanza hacia mí, se sienta a mi lado y, luego, coloca la mano en la barra y dirige la embarcación más al Sur de lo que yo hacía. Le dejo la responsabilidad de gobernar, observando su modo de hacer. Sabe maniobrar muy bien; sobre eso, no cabe ninguna duda. Pese a todo, me quedo en mi sitio. Nunca se sabe.

– ¿Cigarettes?

Saca tres paquetes de cigarrillos ingleses y nos da uno a cada uno.

– Seguro dice Cuic-Cuic- que le han dado los paquetes de cigarrillos justo cuando se ha embarcado, pues no debe pasear se con tres paquetes encima.

Me río de la reflexión de Cuic-Cuic y, luego, me ocupo del marino inglés, que sabe manejar la embarcación mejor que yo. Puedo pensar con toda tranquilidad. Esta vez, la fuga ha sido un éxito definitivo. Soy un hombre libre, libre. Un sofoco me atenaza la garganta, y hasta creo que unas lágrimas asoman a mis ojos. Sí, estoy definitivamente libre, puesto que, desde la guerra ningún país devuelve a los fugados.

Antes de que termine la guerra, tendré tiempo de conseguir que me estimen y me conozcan en cualquier país donde me establezca. El único inconveniente es que, con la guerra, quizá no pueda elegir el país donde quisiera quedarme. Me da lo mismo, pues, en cualquier lugar donde viva, en poco tiempo me habré ganado la estima y la confianza de la población y de las autoridades por mi manera de vivir, que debe de ser y será irreprochable. Mejor aún: ejemplar.

La sensación de seguridad de haber salido victorioso al fin del camino de la podredumbre es tal, que no pienso en otra cosa. ¡Por fin has ganado, Papillon! Al cabo de nueve años, has salido definitivamente victorioso. Gracias, buen Dios; quizás hubieras podido hacerlo antes, pero tus caminos son misteriosos y no me quejo de Ti, pues gracias a tu ayuda aún soy joven, sano y libre.

Al pensar en el camino recorrido en estos nueve años de presidio, más los dos cumplidos antes en Francia, once en total, sigo el brazo del marino que me dice:

– Tierra.

A las cuatro de la tarde, tras haber contorneado un faro apagado, entramos en un río enorme, Demerara Ríver. Reaparece la chalupa, el marino me devuelve la barra y va a colocarse a proa. Agarra una gruesa cuerda al vuelo, que ata al banco de delante. El mismo arría las velas y, suavemente arrastrado por la chalupa, remontamos unos veinte kilómetros este río amarillo, seguidos a doscientos metros por el torpedero. Después de un recodo, surge una gran ciudad:

– grita el marino inglés.

En efecto, entramos en la capital de la Guayana inglesa, suavemente remolcados por la chalupa. Muchos buques de carga guardacostas y barcos de guerra. Al borde del río, están emplazados cañones en torretas. Hay todo un arsenal, tanto en las unidades navales como en tierra.

Es la guerra. Sin embargo, están en guerra desde hace más de dos años y yo no lo había notado. Georgetown, la capital de la Guayana inglesa, puerto importante sobre el Demerara River, está ciento por ciento en pie de guerra. La impresión de una ciudad en armas me causa extrañeza. Apenas atraca en un pontón militar, cuando el torpedero que nos sigue se acerca lentamente y, a su vez, atraca. Cuic-Cuic con su cerdo, Hue con un hatillo en la mano y yo sin nada subimos al muelle. En este pontón, reservado a la Marina, no hay ningún civil. Sólo marinos y militares. llega un oficial; le reconozco. Es el que me ha hablado en francés desde el torpedero. Cortésmente, me tiende la mano, y me dice:

– ¿Se encuentra usted bien? -sí, capitán.

– Perfecto. Sin embargo, tendrá que pasar por la enfermería, donde le pondrán varias inyecciones. Sus dos amigos también.

DUODÉCIMO CUADERNO. GEORGETOWN

La vida en Georgetown

Por la tarde, tras haber recibido diferentes vacunas, somos trasladados al puesto de Policía de la ciudad, una especie de Comisaría gigantesca donde centenares de policías entran y salen sin cesar. El superintendente de la Policía de Georgetown, primera autoridad policial responsable de la tranquilidad de este importante puerto, nos recibe inmediatamente en su despacho. A su alrededor, oficiales ingleses vestidos de caqui, impecables en sus shorts y sus calcetines blancos. El coronel nos hace seña de que nos sentemos ante el y, en perfecto francés, nos pregunta:

– ¿De dónde venían ustedes cuando les localizaron en el mar? -Del presidio de la guayana francesa.

– Haga el favor de decirme los puntos exactos de donde se han evadido ustedes.

– Yo, de la isla del Diablo. Los otros, de un campo semipolítico de Inini, cerca de Kourou, Guayana francesa.

– ¿A cuánto le condenaron?

– A perpetuidad.

– ¿Motivo?

– Asesinato.

– ¿Y los chinos?

– Asesinato también.

– ¿Condena?

– Perpetuidad.

– ¿Profesión?

– Electricista.

– ¿Y ellos?

– ¿Es usted partidario de De Gaulle o de Pétain?

– Nosotros no sabemos nada de eso. Somos prisioneros que tratamos de volver a vivir honradamente en libertad.

– Les asignaremos una celda que está abierta día y noche. Les pondremos en libertad cuando hayamos examinado sus declaraciones. Si han dicho ustedes la verdad, no tienen nada que temer. Comprendan que estamos en guerra y, por lo tanto, obligados a tomar aún más precauciones que en tiempo normal.

En suma, que al cabo de ocho días estamos en libertad. Nos hemos aprovechado de esos ocho días en el puesto de Policía para procurarnos efectos decentes. Correctamente vestidos, mis dos chinos y yo nos encontramos a las nueve de la mañana en la calle, provistos de una tarjeta de identidad con nuestras fotografías.

La ciudad, de 250 000 habitantes, es casi toda de madera, edificada a la inglesa: la planta baja, de cemento, y el resto, de madera. Las calles y avenidas bullen de público de todas las razas: blancos, achocolatados, negros, hindúes, coolíes, marinos ingleses y americanos y nórdicos. Estamos un poco abrumados por encontrarnos ante esta muchedumbre abigarrada. Nos invade un gozo desbordante tan grande en nuestros corazones, que hasta debe de verse en nuestras caras, incluso en las de los indochinos, pues muchas personas nos miran y nos sonríen amablemente.

– ¿Adónde vamos? -pregunta Cuic.

– Tengo una dirección aproximada. Un policía negro me ha dado las señas de dos franceses en Penitence River's.

Una vez informados, resulta ser un barrio donde viven exclusivamente hindúes. Me dirijo a un policía vestido de blanco, impecable. Le muestro la dirección. Antes de responder, nos pide nuestras tarjetas de identidad. Orgullosamente, se la doy.

– Muy bien; gracias.

Entonces, se toma la molestia de meternos en un tranvía, después de haber hablado con el conductor. Salimos del centro de la ciudad y, veinte minutos después, el conductor nos hace bajar. Debe ser aquí. Por la calle, preguntamos:

– ¿Frencbmen?

Un joven nos hace señal de que le sigamos. Todo derecho, nos conduce a una casita baja. Apenas me aproximo, cuando tres hombres salen de ella haciendo ademanes acogedores.

– ¿Cómo? ¿Estás aquí, Papi?

– ¡No es posible! dice el mayor, de cabellos completamente blancos-. Entra. Esta es mi casa. ¿Van contigo los chinos?

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[9] Buenas tardes.