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– No, el Keyghost.

– ¿Y qué hará con ellas?

– Buscar en sus correos archivados. Tal vez entrar en su MeetingMaker y averiguar con quién se reúne.

– Eso es una mierda -dijo Meacham-. Creo que ya es hora de entrar en Aurora.

– Demasiado riesgo todavía -dije.

– ¿Por qué?

Un tío pasó junto a la ventana de Meacham empujando un carro lleno de bolsas verdes de fertilizante Scott. Cuatro o cinco chicos corrían a su alrededor. Meacham lo miró, subió la ventanilla eléctrica y volvió a mirarme.

– ¿Por qué? -repitió.

– Las identificaciones de acceso son distintas.

– Pues siga a alguien, por Dios, robe una identificación, lo que sea. ¿Quiere que lo devuelva a entrenamiento básico?

– Cada acceso queda registrado y todas las entradas tienen sistema giratorio. No se puede entrar allí de hurtadillas.

– ¿Y los encargados de la limpieza?

– También hay un circuito cerrado de televisión que vigila todas las entradas. No es tan fácil. Para ustedes es mejor que no me cojan. No todavía.

Pareció ceder.

– Caramba. El sitio está bien protegido.

– Sí. Ustedes mismos podrían aprender alguna que otra cosilla.

– Váyase a la mierda -ladró-. ¿Y los archivos de Recursos Humanos?

– Recursos Humanos también está muy bien protegido -dije.

– No tanto como Aurora. Eso debería ser relativamente fácil. Consíganos los archivos personales de toda la gente relacionada con Aurora. Al menos los que estén en esta lista -dijo levantando el CD.

– Puedo intentarlo la próxima semana.

– Hágalo esta noche. La noche del domingo es buen momento.

– Mañana tengo un día importante. Tenemos una presentación con Goddard.

Pareció enojado.

– Qué, ¿la tapadera le está quitando demasiado tiempo? Espero que no haya olvidado para quién trabaja realmente.

– Tengo que estar a la altura. Es importante.

– Razón de más para que vaya a trabajar esta noche -dijo, e hizo girar la llave del encendido.

Capítulo 29

Llegué a las oficinas de Trion a primera hora de la noche. El parking estaba casi completamente vacío; tal vez las únicas personas presentes eran los guardias de seguridad, los que supervisaban los centros operativos las veinticuatro horas y los ocasionales empleados a quienes el trabajo ha vuelto locos: yo fingiría ser uno de éstos. No reconocí a la recepcionista, una mujer latina que no parecía muy contenta de estar allí. Cuando entré, apenas si me miró; pero me obligué a saludarla y a parecer sumiso, o avergonzado, o algo así. Subí a mi cubículo, hice un poco de trabajo de verdad: unas hojas de cálculo para las ventas del Maestro en la zona del mundo que llamaban EMOA, es decir, Europa/Medio Oriente/Asia. Las tendencias no parecían demasiado buenas, pero Nora quería que manipulara los números para sacar cualquier dato que pudiera ser estimulante.

La mayor parte de la planta estaba a oscuras. Hasta tuve que encender las luces de mi área. Era intimidador.

Meacham y Wyatt querían los archivos personales de toda la gente de Aurora. Querían tener la historia laboral de cada uno de los empleados, que les diría de qué compañía venían y qué habían hecho en su anterior trabajo. Era una buena manera de averiguar de qué iba lo de Aurora.

Pero uno no podía entrar en Recursos Humanos como Pedro por su casa y abrir los archivadores y sacar los archivos que quisiera. El Departamento de Recursos Humanos de Trion, a diferencia de otras partes de la compañía, tomaba muchas precauciones de seguridad. Primero, sus ordenadores no eran accesibles a través de la base de datos principal de la empresa; la suya era una red completamente separada. Supongo que eso era razonable: los registros personales contenían todo tipo de información privada, como las evaluaciones del rendimiento de la gente, el valor de sus 401(k) [8] y opciones de compra de acciones, todo eso. Tal vez Recursos Humanos tenía miedo de que los trabajadores se enteraran de la diferencia de salarios entre un alto ejecutivo y cualquier otro empleado de Trion, y hubiera motines en los cubículos.

Recursos Humanos quedaba en la tercera planta del ala E: había que caminar un buen trecho desde Marketing de Nuevos Productos. En el camino había una buena cantidad de puertas cerradas, pero lo más probable era que mi tarjeta de acceso las abriera todas.

En ese momento recordé que en algún lugar quedaba registrado quién pasaba por qué controles y a qué hora. La información quedaba guardada, lo cual no significaba necesariamente que alguien la mirara o hiciera algo con ella. Pero si las cosas llegaban a complicarse más tarde, no se vería bien que yo hubiera estado caminando desde Nuevos Productos hasta Personal un domingo por la noche, dejando por todo el camino migas de pan digital.

Así que salí del edificio: bajé por el ascensor y salí por una de las puertas traseras. Lo curioso de estos sistemas de seguridad es que sólo registraban las entradas, no las salidas. Al salir no había que usar la identificación. Tal vez era disposición del Departamento de Bomberos, no lo sabía. Pero eso quería decir que yo podía salir del edificio sin que nadie lo supiera.

En ese momento, afuera ya estaba oscuro. El edificio de Trion estaba totalmente iluminado, su piel cromada brillaba y las ventanas eran azul medianoche. Allí fuera todo estaba relativamente en silencio, sólo se oía el shush de los coches que pasaban cada cierto tiempo por la autopista.

Rodeé el edificio hasta llegar al ala E, donde parecían ubicarse muchas de las funciones administrativas -Central de Adquisiciones, Dirección de Sistemas, ese tipo de cosas- y vi a alguien saliendo de la entrada de servicio.

– Oye, ¿me puedes tener la puerta? -grité. Le enseñé la tarjeta de acceso de Trion; el tipo parecía parte del personal de limpieza o algo así-. La maldita tarjeta no me funciona bien.

El tío me sostuvo la puerta sin mirarme siquiera, y yo entré apresuradamente. Nada quedó registrado. Hasta donde el sistema central podía saber, yo seguía arriba, en mi cubículo.

Subí por la escalera a la tercera planta. La puerta no estaba cerrada con llave. También esto era norma del Departamento de Bomberos: en edificios de una cierta altura, en caso de emergencia, se tenía que poder ir de una planta a la siguiente por la escalera. Probablemente algunos pisos tenían un puesto de control de identificaciones apenas uno entraba por la puerta de la escalera. Pero la tercera planta no. Entré directo al área de recepción, justo afuera de Recursos Humanos.

El área de espera tenía el perfecto aspecto de Recursos Humanos: mucha caoba muy majestuosa, para decir somos serios y es tu carrera la que está en juego, y sillas acogedoras de apariencia cómoda que te decían: cuando vengas a Recursos Humanos, vas a tener que esperarte durante horas y horas.

Miré alrededor, tratando de encontrar cámaras de circuito cerrado, y no vi ninguna. No esperaba que hubiera; esto no era un banco, ni la sección de trabajos subterráneos, pero simplemente quería asegurarme. En todo caso, asegurarme tanto como fuera posible.

Las luces estaban bajas, lo cual hacía que el lugar pareciera más majestuoso. O espeluznante. No pude decidirme.

Me quedé allí unos segundos, pensando. No había alrededor nadie del personal de limpieza que pudiera abrirme; probablemente venían a últimas horas de la noche o temprano por la mañana. Ésa hubiera sido la mejor forma de entrar. En vez de eso, tendría que volver a usar el viejo truco de mi-tarjeta-no-funciona que me había traído hasta donde estaba. Volví a bajar por la escalera y entré en la recepción por la parte de atrás, donde encontré a una recepcionista de pelo rojo cobrizo que estaba viendo un episodio repetido de Survivor en una de las pantallas de seguridad.

– Y yo que me creía el único obligado a trabajar en domingo -dije.

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[8] Planes empresariales de inversión con miras a la jubilación del empleado. (N. del T.)