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Goddard me miraba fijamente, aunque yo no lograba saber si le había causado buena impresión o si pensaba que me había vuelto loco. Continué:

– Así que en lugar de intentar maquillar este producto viejo y francamente inferior, le cambiamos el mercado. Le ponemos encima una cubierta rígida, le metemos cifrados de seguridad, y nos hacemos de oro. Si nos movemos con rapidez, seremos los dueños de este nicho del mercado. Olvídense de la cancelación de cincuenta millones. Ahora estamos hablando de cientos de millones en ingresos adicionales al año.

– Dios mío -dijo Camilletti desde su extremo de la mesa. Estaba garabateando notas sobre un bloc.

Goddard comenzó a asentir, primero despacio, luego con más fuerza.

– Muy intrigante -dijo. Se dirigió a Nora-. ¿Cómo dices que se llama? ¿Elijah?

– Adam -dijo Nora con brusquedad.

– Gracias, Adam -dijo-. Eso no ha estado nada mal.

No me lo agradezcas, pensé. Dale las gracias a Nick Wyatt.

Y entonces sorprendí a Nora mirándome con expresión de puro y manifiesto odio.

Capítulo 34

La decisión oficial nos llegó por correo electrónico antes de la comida: Goddard había ordenado una suspensión de la sentencia contra el Maestro. Se le ordenaba al equipo del Maestro que presentara una propuesta de reforma y reembalaje que cumpliera los requerimientos del Ejército. Mientras tanto, Relaciones Gubernamentales de Trion comenzaría a negociar un contrato con el Departamento de Adquisición y Logística de Sistemas de Información para la Defensa del Pentágono.

Traducción: la habíamos clavado. No sólo habían sacado el producto de Cuidados Intensivos, sino que le habían hecho un trasplante de corazón y una completa transfusión sanguínea.

Y la mierda había llegado hasta el techo.

Estaba en el baño de hombres, parado frente al urinario y bajándome la bragueta, cuando entró Chad, caminando con desparpajo. Me había dado cuenta de que Chad parecía entender, por una especie de sexto sentido, que yo era un orinador tímido. Siempre me seguía al baño para hablar del trabajo o de deportes, y efectivamente se me cerraba el chorro. Esta vez llegó hasta el urinario de al lado con la cara iluminada, como si le diera gusto verme. Oí cómo se bajaba la bragueta y la vejiga se me quedó atornillada. Volví a poner la mirada sobre los azulejos que había encima del urinario.

– Buen trabajo, campeón -dijo-. ¡Así se suben puestos! -Sacudió lentamente la cabeza, hizo un ruido como de escupitajo. Su orina salpicó ruidosamente el pequeño rombo del fondo del urinario-. Dios mío.

Rezumaba sarcasmo. Había cruzado una línea invisible: ni siquiera se molestaba en disimular.

Pensé: ¿Podrías irte ya, para que pueda hacer mis necesidades?

– He salvado el producto -señalé.

– Sí, y al hacerlo has quemado a Nora. ¿Valía la pena, a cambio de marcarte unos cuantos puntos ante el presidente, a cambio de un poco de protagonismo? Aquí no funciona así, tío. Acabas de cagarla.

Se sacudió, se subió la bragueta y salió del lugar sin lavarse las manos.

Cuando regresé a mi cubículo, me había llegado un mensaje de Nora.

– Nora -dije al entrar a su oficina.

– Adam -dijo suavemente-. Siéntese, por favor.

Estaba sonriente: una sonrisa triste, amable. Era un mal presagio.

– Nora, ¿puedo decir…?

– Adam, como usted sabe, una de las cosas que nos enorgullece en Trion es tratar de adecuar el trabajador a su trabajo: asegurarnos de que nuestra gente de más alto potencial siempre reciba las responsabilidades que mejor le convengan. -Sonrió de nuevo y sus ojos brillaron-. Es por eso que acabo de solicitar una transferencia, y le he pedido a Tom que le dé prioridad.

– ¿Una transferencia?

– Estamos muy impresionados con su talento, su inventiva, la profundidad de sus conocimientos. La reunión de esta mañana lo ilustró todo muy bien. Creemos que alguien de su calibre podría hacer mucho bien en nuestro complejo RTP. Allí, un jugador como usted, un jugador con espíritu de equipo, le sería muy útil a la unidad de administración de suministros.

– ¿RTP?

– Nuestra oficina satélite en el Research Triangle Park. [12] En Raleigh-Durham, Carolina del Norte.

– ¿Carolina del Norte? -¿Era posible lo que estaba oyendo?-. ¿Está usted hablando de transferirme a Carolina del Norte?

– Adam, lo dice como si fuera Siberia. ¿Ha estado alguna vez en Raleigh-Durham? Es una zona bellísima, de verdad.

– Yo… Pero no me puedo mudar, tengo responsabilidades aquí, tengo…

– Reubicación Laboral lo coordinará todo por usted. Cubrirán todos los gastos de la mudanza, dentro de límites razonables, claro. Ya he puesto el asunto en marcha con los de Recursos Humanos. Toda mudanza es un poco problemática, por supuesto, pero ellos lo hacen de forma sorprendentemente indolora. -Sonrió de oreja a oreja-. ¡Le va a encantar ese sitio, y usted les va a encantar a ellos!

– Nora -dije-, Goddard me pidió mi más honesta opinión, y a mí me gusta mucho todo lo que usted ha hecho con la línea Maestro, no iba a negarlo. Lo último que quería era contrariarla.

– ¿Contrariarme? -dijo-. Al contrario, Adam: agradecí mucho su intervención. Sólo que hubiera preferido que compartiera sus ideas conmigo antes de la reunión. Pero todo eso es cosa del pasado. Se nos aproximan cosas mejores y más grandes. ¡Y a usted también!

La mudanza debería tener lugar dentro de las tres semanas siguientes. Yo estaba en completo pánico. Las instalaciones de Carolina del Norte se destinaban estrictamente a asuntos menores, y quedaban a millones de kilómetros de Investigación y Desarrollo. Yo dejaría de ser útil para Wyatt, y Wyatt me culparía por el error. Prácticamente alcanzaba a oír la hoja de la guillotina bajando deprisa sobre sus rieles.

Es gracioso: sólo cuando hube salido del despacho de Nora pensé en mi padre, y entonces sí que lo entendí. No podía mudarme. No podía dejar al viejo aquí. Pero ¿cómo podía negarme a ir adonde Nora me enviaba? Aparte de «escalar» -pasarle por encima, o al menos tratar de hacerlo; pero seguro que me saldría el tiro por la culata-, ¿qué opción tenía? Si me negaba a ir a Carolina del Norte, tendría que renunciar a Trion, y entonces la tierra se abriría bajo mis pies.

Me parecía como si el edificio entero estuviera dando vueltas lentamente; tuve que sentarme, tuve que ponerme a reflexionar. Al pasar junto a su despacho, Noah Mordden me llamó agitando un dedo en el aire.

– Ah, Cassidy -dijo-. Nuestro propio Julien Sorel. Trata bien a Madame de Renal, por favor.

– ¿Disculpa? -dije. No tenía la menor idea de a qué se refería.

Vestido con su camisa hawaiana de marca y sus gafas de montura negra, gruesa y redonda, Mordden parecía cada vez más una caricatura de sí mismo. Sonó su teléfono interno, pero, como es natural, no era un timbre ordinario. Era un archivo de sonido sacado de «Suffragette City», de David Bowie: «Oh! wham bam thank you ma'aval.»

– Sospecho que has causado buena impresión a Goddard -dijo-. Pero al mismo tiempo debes intentar no fastidiar a tu superior inmediato. Olvida a Stendhal. Deberías leer a Sun Tzu -dijo y frunció el ceño.

La oficina de Mordden estaba decorada con todo tipo de cosas raras. Había un tablero de ajedrez abandonado con gran esfuerzo en mitad del juego, un póster de H. P. Lovecraft, una muñeca grande de pelo rubio y rizado. Apunté al tablero de manera inquisitiva.

– Tal-Botvinnik, 1960 -dijo, como si eso quisiera decir algo para mí-. Una de las grandes jugadas de todos los tiempos. Sea como sea, lo que quiero decir es que uno no debe sitiar ciudades amuralladas si puede evitarlo. Además, y esto es sabiduría no de Sun Tzu sino del emperador romano Domiciano, si atacas al rey, debes matarlo. Tú, en cambio, lanzaste un ataque contra Nora sin preparar un colchón de seguridad.

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[12] Complejo de investigaciones tecnológicas creado en 1959. Acoge a técnicos de las mayores compañías de alta tecnología de Estados Unidos. (N. del T.)