– No era mi intención atacarla.
– Fuera cual fuese tu intención, calculaste muy mal, mi amigo. Te destruirá, puedes estar seguro.
– Me va a transferir al Research Triangle Park.
Levantó una ceja.
– Podía haber sido peor, ¿no crees? ¿Has estado alguna vez en Jackson, Mississippi?
Sí que había estado, y el sitio me agradaba; pero estaba deprimido y no me sentía con ánimos para una larga conversación con este tío tan raro. Me ponía nervioso. Señalé la muñeca fea de la pared y pregunté:
– ¿Es tuya?
– Quiéreme, Lucille -dijo-. Un fracaso, pero un fracaso que, debo decirlo, fue iniciativa mía.
– ¿Eras ingeniero de… muñecas?
Alargó un brazo y apretó la mano de la muñeca, y la muñeca cobró vida: sus ojos espantosamente verosímiles se abrieron y enseguida se entrecerraron con la animación de un ser humano. Su boca en forma de arco de Cupido se abrió y luego hizo una mueca aterradora.
– A que nunca has visto a una muñeca hacer eso.
– Y no creo que quiera volver a verlo.
Mordden se permitió una leve sonrisa.
– Lucille tiene una completa gama de expresiones humanas. Es completamente robótica, muy impresionante, la verdad. Se queja, se pone exigente y molesta, como un bebé de verdad. Necesita eructar de vez en cuando, gorjea, susurra, hasta se hace pis en los pañales. Exhibe alarmantes síntomas de cólico. Le da de todo salvo alergia a los pañales. Tiene localizador de voz, lo que significa que mira a quien le esté hablando. Puedes enseñarle a hablar.
– No sabía que hicieras muñecas.
– Oye, aquí hago lo que me da la gana. Soy Ingeniero Distinguido. La inventé para mi sobrina menor, que luego se negó a jugar con ella. Le pareció escalofriante.
– Es un poco fea, la verdad.
– El esculpido quedó mal. Pero ahora puedes comprarla por diecinueve noventa y nueve en KB Toys y Toys 'R' Us.
Se dirigió a la muñeca.
– ¿Lucille? Saluda a nuestro presidente.
Lucille giró la cabeza hacia Mordden. Se oía un leve zumbido mecánico. Parpadeó, frunció el ceño y empezó a hablar en la voz profunda de James Earl Jones, formando cada palabra con los labios:
– Que te joroben, Goddard.
– Dios mío -espeté.
Lucille se giró hacia mí, parpadeó de nuevo y sonrió con dulzura.
– Los intestinos tecnológicos de este espantoso trol eran demasiado avanzados para su tiempo -dijo Mordden-. Desarrollé un sistema operativo de trama múltiple que funciona con un procesador de ocho bits. Inteligencia artificial de última generación sobre un código muy apretado. La arquitectura es muy astuta. Hay tres ASIC separados en su panza, y yo los diseñé.
ASIC era como se llamaba en jerga de freak un chip de ordenador diseñado a medida y capaz de hacer varias cosas distintas.
– ¿Lucille? -dijo Mordden, y la muñeca se giró parpadeando-. Vete a la mierda, Lucille.
Lucille entrecerró lentamente los ojos, su boca se estiró hacia abajo y emitió un angustioso buuu. Una lágrima solitaria le bajó por la mejilla. Mordden le levantó la parte superior del pijama, dejando al aire una pequeña pantalla de cristal líquido.
– Papá y mamá pueden programarla y ver la programación en esta pantallita patentada por Trion. Uno de los ASIC controla esta pantalla, otro controla los motores, otro controla el habla.
– Increíble -dije-. Y todo esto para una muñeca.
– Correcto. Y luego la compañía de juguetes con la que nos asociamos echó a perder el lanzamiento. Que te sirva de lección. El embalaje era terrible. La distribución no se hizo hasta la última semana de noviembre, es decir, unas ocho semanas demasiado tarde, porque para entonces mamá y papá ya han hecho sus listas de Navidad. Además, el precio era una mierda. En esta economía, a mamá y papá no les gusta gastar más de cien dólares en un juguetito. Y por supuesto, los genios de marketing de Consumo Educativo Trion creyeron que yo había inventado el próximo Beanie Baby [13] así que acumulamos una reserva de varios cientos de miles de chips hechos a medida, manufacturados en China a un costo enorme e inútiles para cualquier otra cosa. O sea que Trion quedó en poder de casi medio millón de muñecas feas que nadie quería, además de trescientos mil componentes de repuesto que no llegaron a ensamblarse y que a día de hoy descansan en un depósito de Van Nuys.
– Ay.
– No pasa nada. Nadie puede tocarme. Tengo criptonita.
No dijo a qué se refería, pero así era Mordden, siempre al filo de la locura, de manera que no seguí adelante con la conversación. Regresé a mi cubículo, donde encontré que tenía varios mensajes de voz. Cuando escuché el segundo, reconocí la voz, con sobresalto, aun antes de que se identificara.
– Señor Cassidy -dijo la voz áspera-, yo quisiera… Ah, sí, soy Jock Goddard. Me gustaron mucho sus comentarios de la reunión de esta mañana, y me gustaría saber si puede usted pasar por mi oficina. ¿Podría llamar a Flo, mi asistente, y arreglar una cita?
Cuarta Parte. Compromiso
Compromiso: La detección de un agente, un piso franco o una técnica de inteligencia por parte de alguien del otro bando.
Diccionario internacional del espionaje.
Capítulo 35
El despacho de Jock Goddard no era más grande que el de Tom Lundgren o el de Nora Sommers. Me impresionó. El despacho del maldito presidente ejecutivo era apenas unos metros más grande que mi patético cubículo. La primera vez seguí recto, convencido de que estaba en el lugar equivocado. Pero ahí estaba el nombre -Augustine Goddard- en una placa de bronce puesta sobre la puerta, y de hecho él mismo estaba fuera, hablando con su asistente. Llevaba uno de sus suéteres de medio cuello, sin chaqueta, y llevaba unas gafas de lectura de montura negra. La mujer a la que le hablaba (asumí que era Florence) era una negra grande vestida con un magnífico traje sastre plateado. El pelo le caía a ambos lados de la cabeza, atravesado por franjas grises como una mofeta, y tenía un aspecto formidable.
Ambos me miraron cuando me acerqué. Ella no tenía idea de quién era yo, y Goddard tardó un minuto reconocerme, pero al fin lo logró -era el día siguiente a la gran reunión- y dijo:
– Ah, Señor Cassidy. Genial, gracias por venir. ¿Puedo ofrecerle algo de beber?
– Estoy bien, gracias -dije. Recordé el consejo de la doctora Bolton y dije-: Tal vez un poco de agua.
De cerca, Goddard se veía más pequeño y sus hombros más caídos. Su famosa cara de duende -los labios delgados, los ojos brillantes- era exactamente como las máscaras con su rostro que una de las unidades comerciales había mandado fabricar para la fiesta de Halloween del año anterior. Yo había visto una de ellas colgada de un alfiler en la pared de algún cubículo. Todos los de la unidad se habían puesto la máscara y habían montado una especie de parodia o algo así.
Flo le alcanzó un sobre de papel manila -era mi expediente de Recursos Humanos- y él le dijo que no le pasara llamadas, y me invitó a su despacho. Yo no sabía qué quería de mí, así que mi sentimiento de culpa se exacerbó: había estado merodeando por la empresa de este tío, jugando a los espías. Había tenido cuidado, por supuesto, pero un par de veces había cometido errores.
Aun así, ¿podía tratarse de algo malo? El presidente nunca levanta el hacha él mismo, deja que lo hagan sus verdugos. Pero no pude evitar preguntármelo. Estaba ridículamente nervioso, y no tenía demasiado éxito a la hora de disimularlo.