– ¿Tú? Yo también, es alucinante.
– ¡Qué dices!
– No me dijiste… bueno, también es cierto que no te pregunté, ¿o sí?
– Es increíble -dije. Ahora sí que fingía, y no con el entusiasmo suficiente. Me había sorprendido con la guardia baja, aunque supiera que esto podía ocurrir; lo irónico era que estaba demasiado nervioso para sonar realmente sorprendido.
– Qué coincidencia -dijo ella-. No me lo puedo creer.
Capítulo 56
– ¿Hace cuánto… hace cuánto que trabajas aquí? -dijo, bajándose del aparato. No pude interpretar su expresión. Parecía divertida pero contenida.
– Acabo de comenzar. Hace un par de semanas. ¿Y tú?
– Hace años. Cinco. ¿Dónde trabajas?
No creí que el estómago se me pudiera cerrar más, pero lo hizo.
– Me contrató la División de Productos de Consumo. Marketing de nuevos productos, ¿te suena?
– Me estás tomando el pelo.
– No me digas que estás en la misma división que yo. Eso lo sabría, te habría visto.
– Pues lo estuve.
– ¿Lo estuviste? ¿Y ahora dónde estás?
– Hago marketing para algo llamado Tecnologías Disruptivas -dijo con reticencia.
– ¿En serio? Qué guay. ¿Y qué es eso?
– Es aburrido -dijo, pero no sonó convincente-. Muy complicado. Asuntos especulativos, cosas así.
– Mmm -dije. No quería sonar demasiado interesado-. ¿Has visto el discurso de Goddard?
Asintió.
– Qué fuerte, ¿no? -dijo-. Yo no sabía que estábamos tan mal. Es que despidos masivos… siempre piensas que los despidos masivos son para los demás, nunca para Trion.
– ¿Cómo te parece que lo ha hecho?
Quería prepararla para el momento inevitable en que me buscara en el Intranet y descubriera cuál era mi verdadero trabajo. Al menos podría decir después que no le había ocultado nada; simplemente había tanteado el terreno en nombre de mi jefe. Como si yo hubiera tenido algo que ver con el discurso de Goddard.
– Me ha sorprendido, por supuesto. Pero la forma en que lo ha presentado tenía sentido. Claro, para mí es fácil decirlo, porque tengo ciertas garantías por mi trabajo. Pero tú, como contratación reciente…
– No creo que vaya a tener ningún problema, pero quién sabe. -De verdad quería que nos saliéramos del tema de mi trabajo actual-. Goddard ha sido bastante directo.
– Así es él. Un tío genial.
– Sí, su talento es innato -dije. Hice una pausa-. Oye, siento mucho la forma en que terminó nuestra cita.
– ¿Lo sientes? No, no hay nada que sentir -su voz se hizo más dulce-. ¿Y cómo está tu padre?
A la mañana siguiente, le había dejado un mensaje en el contestador, diciendo que mi padre había sobrevivido.
– Ahí, tirando. En el hospital tiene un nuevo elenco de personas a las que amenazar e intimidar, así que tiene nuevas razones para vivir.
Sonrió educadamente, como si no quisiera reírse a expensas de un hombre moribundo.
– Pero si te parece, me gustaría tener una segunda oportunidad.
– Sí, a mí también. -Volvió a la máquina y comenzó a mover los pies mientras le daba a los números de la consola-. ¿Todavía tienes mi número? -Enseguida sonrió de forma genuina y su rostro se transformó. Era hermosa, de verdad, sorprendentemente hermosa-. Pero ¿qué digo? Me puedes buscar en la web de Trion.
Aun después de las siete Camilletti seguía en su despacho. Estaba claro que era un momento de mucho trabajo, pero quería que el tío se fuera a casa para poder entrar en su despacho antes de que lo hicieran los de Seguridad. También quería llegar a casa y dormir un poco, porque estaba a punto de irme a pique.
Estaba intentando imaginar la forma de meter a Camilletti en mi «lista de contactos» sin que él se diera cuenta, para así saber cuándo estaba conectado y cuándo no, y de repente apareció en la pantalla de mi ordenador una ventana de mensaje instantáneo. Era Chad.
ChadP: No llamas, no escribes. L No me digas que te has vuelto demasiado importante para tus viejos amigos.
Escribí:
Lo siento, Chad, ha sido un día de locos.
Hubo una pausa de medio minuto, más o menos. Enseguida:
Seguro que sabías lo de los despidos desde antes, ¿eh? Qué suerte tienes de ser inmune.
No supe cómo responder, así que durante uno o dos minutos dejé de escribir, y luego sonó el teléfono. Jocelyn se había ido a casa, así que todas las llamadas me llegaban a mí.
– Cassidy -contesté.
– Ya lo sé -dijo la voz de Chad, llena de sarcasmo-. Sólo que no sabía si estabas en casa o en el despacho. Pero me imaginé que un tío tan ambicioso como tú llega temprano y se va tarde, tal como aconsejan los libros de autoayuda.
– ¿Qué tal, Chad?
– Aquí, lleno de admiración por ti, Adam. Más que nunca, de hecho.
– Eres muy amable.
– Especialmente después de comer con tu viejo amigo Kevin Griffin.
– En realidad, apenas si nos conocíamos.
– Pues él tiene una idea bien distinta. Es muy interesante, ¿sabes? El tío no estaba demasiado impresionado por tu trayectoria en Wyatt. Me ha dicho que eras un juerguista de cuidado.
– Cuando era joven e irresponsable, fui joven e irresponsable -dije, tratando de imitar lo mejor posible a George Bush júnior.
– Tampoco recordaba que hubieras formado parte del Lucid.
– Está en… en Ventas, ¿no es así? -dije, pensando: si vas a sugerir que Kevin no era importante, al menos hazlo sutilmente.
– Estaba. Hoy fue su último día. Por si no te has enterado.
– ¿Qué, no ha ido bien? -Había en mi voz un pequeño temblor, y lo disimulé carraspeando y luego tosiendo.
– Tres días enteros en Trion. Luego Seguridad recibió una llamada de alguien de Wyatt, diciendo que el pobre Kevin tenía la mala costumbre de hacer trampa en sus informes de Pruebas y Evaluaciones. Tenían todo tipo de evidencias y las mandaron por fax inmediatamente. Les parecía que era su deber comunicárselo a Trion. Y claro, Trion se lo quitó de encima como una patata caliente. Él lo negó hasta el final, pero ya sabes cómo funcionan estas cosas. No es exactamente un tribunal de justicia, ¿no?
– Dios mío -dije-. Increíble. No tenía la menor idea.
– ¿No sabías que iban a hacer esa llamada?
– No sabía lo de Kevin. Quiero decir que apenas lo conocía, como te digo, pero parecía un buen tío. Joder. Bueno, pues supongo que nadie puede hacer ese tipo de cosas y salirse siempre con la suya.
Se rió con tanta fuerza que tuve que alejar el teléfono de mi oreja.
– Esa sí que es buena. Eres bueno, campeón -y siguió riendo, una risa sonora y desbordante, corno si yo fuera el mejor comediante que hubiera visto-. Tienes razón. Nadie puede hacer esas cosas y salirse con la suya. -Y entonces colgó.
Cinco minutos antes hubiera querido recostarme en la silla y dormitar un poco, pero ahora no podía, estaba demasiado asustado. Tenía la boca seca, así que fui a la sala de descanso a por una botella de Aquafina. Escogí la ruta más larga, la que pasaba frente al despacho de Camilletti. Se había ido, su despacho estaba a oscuras, pero su asistente seguía allí. Cuando regresé, media hora más tarde, ambos se habían ido.
Eran poco más de las ocho. Esta vez entré en el despacho de Camilletti fácilmente; ya dominaba la técnica. No parecía haber nadie alrededor. Cerré las persianas, recuperé el Keyghost y levanté una tablilla para mirar alrededor. No vi a nadie, aunque supongo que no fui tan cuidadoso como debí ser. Levanté las persianas y abrí la puerta lentamente, mirando primero a la derecha, luego a la izquierda.
Recostado en la pared del área de recepción de Camilletti, con los brazos cruzados, había un hombre corpulento con una camisa hawaiana y gafas de carey.
Noah Mordden.
En su rostro había una sonrisa peculiar.
– Cassidy -dijo-. Nuestro Phineas Finn, [15] genio y figura.