Hasta donde pude ver, la entrega ocurrió sin complicaciones. No tenía razones para pensar lo contrario.
Vale, todo aquello me hacía sentir ruin. Pero al mismo tiempo, no podía evitar una cierta sensación de orgullo: estaba mejorando en esto del espionaje.
Capítulo 61
Cuando llegué a casa, había en mi cuenta de Hushmail un correo electrónico de «Arthur». Meacham quería que fuera inmediatamente a un restaurante ubicado en mitad de la nada, a más de media hora de allí. Era obvio que les parecía urgente.
El lugar resultó ser un lujoso restaurante-balneario, una famosa meca de sibaritas llamada Auberge. Las paredes del vestíbulo estaban decoradas con artículos sobre el lugar sacados de Gourmet y revistas similares.
Las razones por las que Wyatt me había citado allí resultaban obvias, y no todas tenían que ver con la comida. El restaurante estaba diseñado para ofrecer la mayor discreción posible: para reuniones privadas, relaciones extramatrimoniales, etcétera. Además del comedor principal, había pequeños reservados para cenas privadas a los que podía accederse directamente desde el parking sin tener que pasar por la zona principal del restaurante. Me hizo pensar en un motel de alta categoría.
Wyatt estaba en un reservado con Judith Bolton. Judith se mostró cordial, e incluso Wyatt parecía menos hostil que de costumbre, quizá porque yo había conseguido con éxito lo que él quería. Tal vez iba ya por su segunda copa de vino, o tal vez era Judith, que parecía ejercer un misterioso influjo sobre él. Yo estaba seguro de que no había nada entre Wyatt y Judith, por lo menos a juzgar por su lenguaje corporal; pero su intimidad era evidente, y Wyatt la respetaba como no respetaba a nadie más.
Un camarero me trajo una copa de Sauvignon blanc. Wyatt le dijo que se fuera y regresara en quince minutos, cuando hubiera decidido qué pedir. Ahora estábamos solos: Wyatt, Judith Bolton y yo.
– Adam -dijo Wyatt mientras mascaba un trozo de focaccia-, esos archivos que consiguió en el despacho del jefe de servicios financieros… resultaron muy útiles.
– Bien -dije. ¿Ahora me llamaba Adam? ¿Y me hacía cumplidos de verdad? Aquello me ponía los pelos de punta.
– En particular la lista de requisitos de esa compañía, Delphos -continuó. Despidió al camarero con la mano-. Es obvio que se trata de un factor vital, una adquisición crucial para Trion. No es extraño que estén dispuestos a pagar por ella quinientos millones de dólares en acciones. En fin, eso fue lo que resolvió el misterio. Eso puso la última pieza del puzzle en su sitio. Hemos descubierto de qué se trata Aurora.
Lo miré inexpresivamente, como si en realidad no me importara, y asentí.
– Todo esto valió la pena -dijo-. El enorme esfuerzo que nos costó meterlo en Trion, el entrenamiento, las medidas de seguridad. Los gastos, los riesgos inmensos… todo eso valió la pena. -Levantó la copa hacia Judith, que sonrió con orgullo-. Estoy en deuda contigo -le dijo.
Pensé: ¿Y conmigo qué, estoy pintado en la pared?
– Ahora quiero que me escuche con mucha atención -dijo Wyatt-. Porque lo que está en juego es inmenso, y necesito que comprenda la urgencia. Trion Systems parece haber desarrollado el avance tecnológico más importante desde los circuitos integrados. Han resuelto un problema en el que los demás hemos trabajado durante décadas. Han cambiado la historia.
– ¿Está seguro de que quiere explicarme esto?
– Más aún, quiero que tome notas. Usted es listo, Adam, ponga atención. La era del chip de silicona ha terminado. De alguna manera, Trion ha logrado desarrollar un chip óptico.
– ¿Y qué?
Me miró con infinito desprecio. Judith habló rápidamente y con seriedad, como para cubrir mi metedura de pata.
– Intel se ha gastado miles de millones tratando de lograrlo, y no ha tenido éxito. El Pentágono ha estado trabajando en ello durante más de una década. Saben que esto revolucionaría sus sistemas de navegación aérea y marítima, así que pagarán casi cualquier cosa para poner sus manos sobre un chip óptico que funcione.
– El opto-chip -dijo Wyatt- maneja señales ópticas, es decir, luz, en lugar de electrónicas, usando una sustancia llamada fosfato de indio.
Recordé haber leído algo sobre el fosfato de indio en los archivos de Camilletti.
– Eso es lo que se utiliza para hacer láseres.
– Trion ha acaparado el mercado de este producto. Eso lo dice todo. Necesitan fosfato de indio para el semiconductor del chip, que soporta velocidades de transferencia de datos mucho más altas que el arsénico de galio.
– Me he perdido -dije-. ¿Qué tiene eso de especial?
– El opto-chip tiene un modulador capaz de intercambiar señales a cien gigabytes por segundo.
Parpadeé. Era como si me hablaran en urdu. Judith observaba a Wyatt, embelesada. Me pregunté si ella comprendía algo de lo que estaba diciendo.
– Estamos hablando del puto Santo Grial, Adam. Déjeme que se lo explique en términos más sencillos. Una sola partícula de opto-chip, de una centésima parte del diámetro de un pelo humano, será capaz de manejar el sistema telefónico entero de una compañía, sus ordenadores, su comunicación por satélite y su tráfico televisivo, y todo a la vez. O si lo prefiere, véalo de este modo: con el chip óptico, podrá bajarse una película de dos horas en formato digital en una vigésima parte de segundo, ¿me entiende? Esto es un salto mayúsculo en la industria, en ordenadores y sistemas manuales y satélites y transmisiones de televisión por cable, lo que se le ocurra. El opto-chip hará posible que cosas como ésta -levantó su Wyatt Lucid- reciban imágenes de televisión de óptima calidad. Es tan inmensamente superior a cualquier tecnología existente… Es capaz de velocidades más altas y con menos voltaje, menos pérdida de señal, menos niveles térmicos… Es sorprendente. Es el gran descubrimiento.
– Excelente -dije en voz baja. Comenzaba a comprender la magnitud de lo que había hecho, y ahora me sentía como un traidor contra Trion, como el Benedict Arnold [16] de Goddard. Acababa de entregarle al detestable Wyatt la tecnología más valiosa y revolucionaria desde la televisión en color-. Me alegra haber sido útil.
– Quiero hasta la última especificación -dijo Wyatt-. Quiero el prototipo. Quiero las solicitudes de patente, las notas de laboratorio, todo lo que tengan.
– No sé cuánto más pueda conseguir -dije-. A menos que me meta en el quinto piso…
– Eso también, campeón, eso también. Lo he puesto en la silla del copiloto. Usted trabaja directamente para Goddard, es uno de sus lugartenientes principales, tiene acceso a casi cualquier cosa.
– No es así de simple, y usted lo sabe.
– Usted goza de una incomparable posición de confianza, Adam -intervino Judith-. Puede tener acceso a una amplia gama de proyectos.
Wyatt interrumpió:
– No quiero que se guarde nada.
– No me guardo…
– Ya, y los despidos lo tomaron por sorpresa, ¿no?
– Le dije que anunciarían algo importante. De verdad que no sabía nada más en ese momento.
– «En ese momento» -repitió Wyatt de manera desagradable-. Usted supo lo de los despidos antes que la CNN, gilipollas. ¿Dónde quedó nuestra inteligencia? ¿Acaso tengo que ver la CNBC para enterarme de los despidos en Trion cuando tengo a un espía en el puto despacho del presidente?
– Yo no…
– ¿Qué pasó con lo que puso en el despacho del director de servicios financieros? -Su rostro demasiado bronceado se había vuelto más oscuro que de costumbre, los ojos se le llenaron de sangre. El rocío de su saliva me llegaba a la cara.