– Los Bounty.
– ¡Sí, ésos! Me gustan un montón…
– Uno de sus anuncios lo hicimos nosotros.
Niki resopla.
– Jo, siempre estás pensando en el trabajo.
– No, lo decía sólo por decir. Es sólo un recuerdo.
– Ahora no tienes que recordar nada.
Alessandro piensa en los cuencos, en la copa, en todo lo de antes… Y decide mentir.
– Tienes razón.
Y ella sonríe ingenua.
– Porque ahora es ahora. Y nosotros somos nosotros.
Niki mete la cuchara en el cuenco de Alessandro y prueba un poco de su helado. Luego la mete en el suyo, coge un poco de chocolate y se lo da a Alessandro en la boca. En cuanto la cierra, Niki de inmediato coge más helado y vuelve a dárselo. Pero en vez de esperar a que trague, le mancha los labios. Como cuando uno se toma de prisa un café y se le quedan «bigotes». Entonces Niki se acerca muy despacio. Cálida, sensual, deseable, y empieza a lamer esos bigotes dulces, y un beso, y un lametón, y un mordisquito. «¡Ay!» Y luego una sonrisa. Y, uno tras otro, esos besos saben a esos bigotes de chocolate, y de nata, y de coco. Y así sigue, sonriente, lamiéndolo con tierno afán. Luego se apoya en él sin querer.
– Eh, qué pasa, ya te lo he dicho… me encantan los Bounty…
Alessandro la besa, y se dejan ir, y apagan las luces y se derrite un poco el helado. Y un poco también ellos… Y poco a poco los invade un sabor. Y juegan, y bromean, y colorean las sábanas de gusto y de deseo y de juegos alegres y ligeros y atrevidos y extremos… Por un momento, Alessandro piensa: ¿Y si alguien entrase ahora? Serra y Carretti. Los policías de costumbre. Socorro. No. Y la nata desciende lentamente por sus hombros, y chocolate y vainilla y más y más abajo, con dulzura, lentamente por ese suave surco. Y la lengua de Niki y su risa y sus dientes y un beso… Y todo ese helado que no se malgasta… Más. Y más. Y frío y calor y perderse así entre todos esos sabores. Y de repente… pufff, cualquier problema, dulcemente olvidado.
Cuarenta y nueve
Noche. Noche profunda. Noche de amor. Noche de sabor.
En la cama.
– Eh, Alex… te has quedado dormido.
– No.
– Sí. Se te notaba la respiración más lenta. Además, ni siquiera te has dado cuenta de cuando me vestía.
– ¿En serio ya te has vestido?
– Sí. Huelo a chocolate, a coco y a nata, ¿qué les voy a decir a mis padres si me pillan?
– ¡Que te has liado con un heladero!
– Idiota.
– Espera, que me visto.
– No, quédate en la cama.
– No me gusta que vuelvas sola.
– Venga, me ha traído Olly, así que ahora cojo un taxi… Me mola un montón que tú te quedes durmiendo en la cama mientras yo me voy…
Alessandro se lo piensa un momento. Niki adopta una expresión como de decir: «Venga, fíate, déjame irme sola.»
– De acuerdo, te llamo uno.
– Ya lo he hecho yo. Debe de estar al llegar.
– Entonces espera al menos a que te dé dinero.
– Ya lo he cogido. Con veinticinco euros debiera bastar. Ya te he dicho que estabas dormido.
– ¡Vaya!
– Sólo he cogido eso. ¡Alégrate, hubiese podido desvalijarte la casa! ¡Incluidas las tarjetas de crédito! E incluso los cuencos, antes de que los rompas todos.
Después se va hasta la ventana.
– ¡Ya ha llegado el taxi!
Niki corre hacia la cama.
– Adiós. -Le da un beso rápido en los labios-. Hummm, qué rico, sabes a arándanos… -A continuación se detiene con el dedo en la boca en mitad de la habitación-. Pero yo no he traído arándanos. -Sonríe con ligero atrevimiento, y se va corriendo a toda prisa, tras cerrar despacio la puerta.
Alessandro oye el ascensor que se detiene en su planta. Luego la puerta que se abre. Niki que sube, un ligero bote en el vacío. Las puertas del ascensor se cierran. Arranca. Empieza a bajar. Luego Alessandro oye el ruido de la puerta de la calle. Sus pasos veloces. Una portezuela que se abre. Que se cierra. El tiempo de darle una dirección a un taxista. Un coche que arranca en la noche.
Poco después, un sonido. El móvil. Alessandro se despierta. Tan poco rato y ya se había quedado dormido… Un mensaje. Lo lee.
«Todo ok. Estoy en casa. No me he topado con mis padres. El heladero está a salvo. El taxi me ha costado menos, ¡te debo doce euros! Pero quiero un beso por cada euro que te devuelva. ¡Buenas noches! Soñaré con cuencos azules que vuelan.»
Alessandro sonríe y apaga el teléfono. Se levanta para ir al baño y luego entra en la cocina. El chocolate estaba realmente bueno… pero da mucha sed. Alessandro abre el grifo. Deja correr el agua. Luego coge un vaso, uno cualquiera, y bebe. Lo deja en el fregadero y, cuando está a punto de volver a su habitación, se percata de que la mesa ya está preparada para el desayuno. Taza, servilleta, cucharilla; incluso la cafetera ya preparada. Basta con ponerla al fuego. Elena nunca hizo algo así. Y un post-it pegado en un folio donde hay dibujado un escualo. «No digas que no pienso en ti…» Y debajo una carpeta, blanca esta vez. Le da la vuelta. Escrito en rojo: «El eslogan de Alex.» Alessandro se queda boquiabierto. No me lo puedo creer. No tenía valor para preguntarle si había pensado en ello… ¡Y ella no sólo ha pensado, sino que incluso se lo ha hecho hacer a su amiga y ha venido a traérmelo!
Alessandro sacude la cabeza. Niki es única de veras. Después abre lentamente la carpeta. Un eslogan precioso, con caracteres flameantes, resplandece contra un cielo azul oscuro. Está hecho sobre una hoja transparente, de modo que sea fácilmente superponible sobre los dos dibujos ya hechos. Y la frase… Alessandro la lee, es perfecta. Debajo hay otro post-it. «Espero que te guste… ¡A mí me encanta! Me gustaría tanto que esa frase fuese para mí… Justo como esta noche… ¿a que hoy he sido tu "LaLuna"? ¡Vaya, se me ha escapado! Disculpa. Hay cosas que no se deben preguntar.»
Y por un momento Alessandro se da cuenta. Sonríe. Es afortunado. Luego mira de nuevo el eslogan. Sí, Niki, tienes razón, es una frase preciosa. Y otra cosa. No me pidas disculpas.
Cincuenta
Luz beige, difusa, que cae tenue sobre unos visillos claros de algodón, elegantemente colgados de la ventana. La puerta del baño se abre.
– Es que no me lo creo. No me lo puedo creer.
Simona, la madre de Niki, se echa en la cama. Roberto deja de leer y la mira, levemente fastidiado.
– Me recuerdas a Glenn Close, cuando ella da vueltas en la cama, ciega de cocaína, y ha muerto el hombre del que siempre ha estado enamorada, y quiere que su marido deje embarazada a su mejor amiga, que quiere tener un hijo pero no encuentra un hombre [4]. ¿Quieres dejarme helado diciéndome algo por el estilo, o puedo seguir leyendo?
– Niki ya no es virgen.
Roberto suelta un largo suspiro.
– Lo sabía. La noche había sido demasiado agradable como para que no hubiese un disgusto final. -Luego apoya el libro abierto sobre sus piernas-. Bien, ¿qué prefieres? ¿Uno: que salte de la cama gritando como un loco, vaya a su habitación, le arme un escándalo, después salga en pijama, busque al chico responsable y lo obligue a casarse con ella; o bien, dos: que siga leyendo, no sin antes decirte cosas del tipo «espero que se haya sentido bien, que haya encontrado un chico que la haya hecho sentirse mujer», o cualquier otra cosa que te haga creer que afronto la noticia con serenidad? -Roberto mira a Simona y le sonríe-. ¿Y bien? ¿Cuál prefieres?
– ¡Quiero que seas tú mismo! Contigo nunca se sabe con qué tipo de hombre se está.
– Me parece que soy de los normales. Amo a mi mujer, amo a mis hijos, me gusta esta casa, me gusta mi trabajo. Lo único que me hace un poco menos afortunado es no estar totalmente de acuerdo contigo… Pero ya sabía que darte dos opciones no era lo adecuado. Tenía que haberte dicho lo que nos decía el profe cuando éramos niños en el examen oraclass="underline" «Elija usted mismo un tema.» Quizá así tendría alguna probabilidad de no discutir contigo.