– Ellos sólo se preocupan cuando les conviene.
Paola se le acerca y le pone las manos en la cintura.
– ¿Y bien? Venga, cuéntame. ¿Tanto ha durado la prueba?
Paola no quita la mano izquierda de la cintura de Mauro, pero la gira para mirar el reloj.
– Son las nueve y cuarto.
– Vaya. Me han tenido allí la tira, ¿eh?
– Venga, cuéntame algo, que me muero de curiosidad.
– Me han tumbado.
– No… Lo siento, amor.
Paola lo abraza, se acerca para besarlo, pero Mauro se aparta.
– Estáte quieta.
Paola se aleja un poco. Le vienen ganas de enfadarse, pero lo piensa mejor.
– Venga, Mau, no reacciones así. Es una cosa normal, le pasa a todo el mundo. Era tu primera prueba.
Mauro se cruza de brazos. Luego saca un cigarrillo del bolsillo. Paola se percata de la cazadora nueva…
– ¡Qué bonita! ¿Es nueva?
– Es una Fake.
– ¡Caramba, vas a hacer estragos!
Mauro da una calada a su cigarrillo, luego esboza una media sonrisa.
– ¡Qué va! Me la había comprado adrede para la prueba. Dinero malgastado. Lo mismo que el de las fotos, que me han costado una pasta.
Paola se anima. Vuelve a mostrarse curiosa.
– A ver, ¿las tienes aquí? ¿Me las dejas ver?
Mauro coge una bolsa que lleva colgada en el gancho de debajo del asiento. Se las pasa de mala gana.
– Toma, aquí tienes.
Paola las apoya sobre el ciclomotor. Abre la bolsa y empieza a mirarlas.
– Qué bonitas. Este fotógrafo es una maravilla. ¡Qué buena ésta! En esta otra has quedado muy bien. Pareces Brad…
Mauro la mira.
– Por mí, te las puedes quedar todas. Parezco Brad, pero han elegido a otro, a un macarra cualquiera; y ni siquiera tan macarra. Seguro que tenía enchufe…
Paola vuelve a guardar las fotos en la bolsa.
– Mau, ¿tú no sabes cuántas pruebas he tenido que hacer yo antes de que me contrataran para el anuncio del otro día? ¿Lo sabes?
– No, no lo sé.
– Pues te lo voy a decir. Un montón. ¿Y tú te enfadas porque no te han elegido en la primera a la que vas? ¡Mira, tío, te queda un largo camino por delante hasta conseguirlo, y si uno se achanta al principio, no lo logrará jamás! -Paola se arregla la camiseta, tira de ella hacia abajo-. Pero estas fotos son preciosas. En mi opinión, eres muy fotogénico, o sea, molas un montón. Te lo digo en serio, no porque no te hayan escogido.
– Venga ya…
– Te lo juro.
Mauro coge la bolsa, la abre y mira las fotos. Parece un poca más convencido.
– ¿Tú crees?
– Desde luego.
Mauro recupera un poco de seguridad. Coge una foto y la saca.
– Mira ésta. Mira, ¿a quién me parezco?
– Para mí, aquí eres el Banderas.
– Sí, sí, Banderas. Antes Brad, ahora Banderas, ¿te estás quedando conmigo? Aquí intentaba poner la pose del actor ese cuando intenta conquistar a aquella actriz…
– Ahora no me viene el nombre…
– ¡Johnny Depp, eso! Cuando está en la puerta, en aquella película en la que salían una madre y su hija que cada dos por tres cambiaban de ciudad. Sí, Chocolate.
– Ya sé cuál dices, pero el título era Chocolat.
– Vale, da igual como se diga. -Vuelve a enseñarle la foto-. ¿A que sí? ¿Sabes qué escena digo? Me ha quedado bien, ¿no?
Paola sonríe.
– Sí, sí, la has clavado.
Mauro vuelve a guardar las fotos en la bolsa, un poco más relajado.
– Bah, de todos modos, no me han cogido.
– A lo mejor es que esta vez no les iba bien Johnny Deep.
– No hay nada que hacer. -Mauro niega con la cabeza y le sonríe-, tú siempre tienes la frase justa en el momento justo.
– Es lo que pienso.
Mauro se le acerca y la abraza.
– Ok, sea como sea, ¿sabes que dicen que Johnny Depp la tiene enorme? Y ahora mismo yo… joder… me le parezco en todo… No sé qué me ha dado. A saber. Será que estaba cabreado o que antes te he mirado mientras te tirabas de la camiseta, por encima de las tetas, vaya por Dios, me he puesto como una moto. Mira, toca aquí. -Coge la mano de Paola y se la apoya encima de los vaqueros.
Ella la aparta rápidamente.
– Ya vale, no seas imbécil, aquí debajo de mi casa, con mi padre, que a lo mejor se asoma. Si te ve hacer eso, ¿tú sabes lo que te espera? No haces un anuncio en dos años de lo hinchado que estarías… pero ¡a hostias!
– Qué exagerada eres. -Mauro se le acerca-. Amor -la besa tiernamente-, ¿nos vamos un rato al garaje? Venga, que tengo ganas.
Paola inclina la cabeza a un lado. Las palabras susurradas por Mauro al oído le provocan un repentino escalofrío. Él sabe cómo convencerla.
– Vale, está bien, vamos. Pero no podemos tardar mucho, ¿eh?
Mauro sonríe.
– Bueno, un poquito… Hay cosas a las que no se les puede meter prisa.
– Sí, tú dices eso, pero luego hay veces que pareces un Ferrari.
– Caramba, eres una víbora.
Mauro arranca su ciclomotor. Ha recuperado la alegría. Se pone el casco mientras Paola se monta detrás y lo abraza. Dan la vuelta al edificio y llegan al garaje.
– Chissst -chista Paola mientras baja-. Con cuidado, ve despacio, que si mi padre nos oye tendremos problemas.
Mauro monta el ciclomotor en su caballete.
– Ya, pero, de todos modos, tu padre debería tener un poco de comprensión con nosotros. ¿Tú sabes cuántos polvos le habrá echado a tu madre?
Paola le da un puñetazo en el hombro.
– ¡Ay, me has hecho daño!
– No me gusta que bromees a costa de mis padres con ciertas cosas.
– ¿Qué cosas? Es el amor. Lo más bello del mundo.
– Sí, pero tú no hablas con respeto.
– Pero ¿qué dices, cariño? ¿Es que tus padres no han hecho nunca el amor? ¿No se puede decir? Perdona, ¿y a ti cómo te tuvieron? ¿Con la ayuda del Espíritu Santo? Anda, ven.
Y sin dejar de hablar, la mete dentro del coche del padre, un viejo Golf azul, de cinco puertas.
– ¡Ay, despacio, despacio!
Mauro en seguida le abre los botones del pantalón y de inmediato le mete una mano por el cuello en V de la camiseta. Sus dedos exploran el sujetador, acarician los senos, buscan los pezones.
– No sabes las ganas que tenía antes, en la calle.
– ¿Y ahora no? -Paola lo besa en el cuello.
– Ahora todavía más.
Mauro se desabrocha el pantalón y se baja la cremallera. Luego toma la mano de Paola y la lleva hacia abajo. Como poco antes en la calle. Pero ahora es diferente. Ahora es el momento adecuado. Paola le muerde ligeramente los labios y poco a poco le aparta la goma de los calzoncillos boxer. Mete la mano y también ella explora. Busca lentamente. Entonces lo encuentra. Mauro da un respingo. Y debido a ese movimiento brusco se le cae algo del bolsillo de la cazadora. Mauro se da cuenta. Detiene la mano de Paola. Se echa a reír.
– ¡Lo que faltaba, tenemos un mirón! -Y mientras lo dice, lo saca de la penumbra-. ¡El osito Totti!
– Venga ya, ¿te lo llevaste contigo?
Mauro se encoge de hombros.
– Sí, para que me diese suerte, pero no me ha servido de nada.
– Hombre, lo ha intentado, pero hasta el Gladiador [5] puede fallar de vez en cuando, ¿no? ¡Verás como la próxima vez lo consigue, hará que te escojan y será lo más, algo mágico!
Se oye un bip. El teléfono móvil de Paola. Otro.
– ¿Quién es? ¿Quién te manda mensajes a esta hora?
Demonios, piensa Paola, pero ¿no lo había apagado?
– No es nada, había pedido un favor… Es para la convocatoria de mañana por la mañana. -Y antes de que Mauro tenga tiempo de pensarlo siquiera, se echa encima y lo abraza. Mete de nuevo la mano en los boxer, se la saca y, mirándolo fijamente a los ojos, se la mueve con habilidad arriba y abajo.
– ¿Te apetece tomarme? Lo digo porque yo me muero de ganas.