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– Disculpe -dije-, pero interpreto eso como un sí.

Lubitsch dejó escapar un suspiro.

– El Departamento de Policía de Minneapolis. Por la posible relación con la muerte de una doctora llamada Alison Beck hace una semana. La encontraron amordazada, con viudas negras dentro de la boca.

– Dios mío.

– Ajá. -Aparentemente, a Lubitsch le complació mi reacción, porque continuó-: El forense supone que adormecieron las arañas con dióxido de carbono y que las introdujeron en la boca cuando empezaban a reanimarse. Sólo sobrevivió una viuda: las otras se picaron entre sí y picaron a la mujer. Murió de insuficiencia respiratoria.

– ¿Tienen alguna pista?

– Practicaba abortos, así que han hecho redadas entre los fanáticos de la zona procurando ocultar la mayor parte de los detalles a la prensa. Parece que se las vieron y desearon para sacarla del coche.

– ¿Por qué?

– El asesino lo llenó de reclusas.

Pudd.

Le di las gracias. Le prometí que volvería a telefonear y colgué el auricular. Me conecté a Internet y en menos de dos minutos tenía en la pantalla una imagen de Alison Beck. Parecía más joven que en la fotografía de la biblioteca de Jack Mercier; más joven y más feliz. Los periodistas habían llevado a cabo un buen trabajo de sondeo de las fuentes, llegando al punto de especular sobre la posibilidad de que la causa de la muerte de Alison Beck fuese una picadura de araña. Es difícil mantener en secreto esa clase de detalles.

Apagué el ordenador y llamé a Rachel, ya que la asamblea se interrumpiría para un café a las once.

– ¿Alguien ha tenido tiempo ya de examinar la tarjeta? -pregunté.

– Vaya, un afectuoso saludo también para ti -respondió-. El amor ha desaparecido, desde luego.

– No ha desaparecido, sólo se ha distraído. ¿Y bien?

– Siguen analizándola. Ahora márchate antes de que me olvide de por qué estoy contigo.

Colgó, y eso me dejó sólo una alternativa: no hacer nada, o probar suerte con el Departamento de Policía de Minneapolis. Por desgracia no tenía ningún contacto allí y dudaba que con mi encanto natural fuese a llegar muy lejos. Intenté llamar de nuevo a Mercier, pero me encontré con las evasivas de la criada. Sin otra cosa que hacer hasta esa tarde, cuando Rachel y yo teníamos previsto asistir a la representación de Cleopatra en el Wang, me vestí, tomé una novela de Harían Coben de la estantería de Rachel y bajé por la escalera dispuesto a matar el tiempo en Newbury Street. En Newbury había una tienda de cómics, recordé. Pensé que quizá merecía la pena visitarla.

Resultó que Al Z ya había organizado nuestro encuentro. En cuanto pisé la calle se abrió la puerta de un Buick Regal verde aparcado en la otra acera y salió de él un hombre de gran corpulencia.

– Un buen carro, Tommy -comenté-. ¿Piensas llevar a los niños a Disneylandia?

Tommy Caci sonrió. Llevaba una camiseta negra sin mangas y un ajustado vaquero negro. Tenía los trapecios tan grandes que parecía que se hubiese tragado una percha, y desde sus descomunales hombros el tronco descendía hasta reducirse a una estrecha cintura. En conjunto, Tommy Caci parecía un vaso de Martini andante, pero sin su fragilidad.

– Bienvenido a Boston -dijo-. Al Z te agradecería una visita de cortesía. Sube al coche, por favor.

– ¿Te importa si voy por mi cuenta? -pregunté. Por mucho que Tommy sonriese, no subiría ni loco a la parte trasera de aquel Buick. Antes preferiría ir a pie con los ojos vendados por el carril rápido de la interestatal. No quería ni pensar en los viajes que algunas personas habrían emprendido en ese coche.

La sonrisa de Tommy no vaciló.

– Así es más fácil. A Al no le gusta que le hagan esperar.

– No lo dudo. Pero ¿qué te parece si tomo un poco el aire y te acompaño hasta allí a pie?

Tommy hizo un gesto de indiferencia. No merecía la pena enfadarse.

– Si te apetece tomar el aire, por nosotros no hay inconveniente -dijo con resignación.

Así que caminé hasta la oficina de Al Z en Newbury Street. Por supuesto, el Buick no se despegó de mí en todo el camino, sin pasar en ningún momento de los tres o cuatro kilómetros por hora, pero eso me hizo sentir deseado. Cuando llegué a la tienda de cómics, Tommy se despidió de mí con un gesto y el Buick se alejó a toda velocidad, dispersando a los turistas a su paso. Llamé al interfolio, di mi nombre, empujé la puerta y subí por la desangelada escalera hasta la oficina de Al Z.

No había cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. El parqué seguía desnudo y la pintura desconchada. Aún montaban guardia junto a la puerta dos matones, y no había donde sentarse aparte de un sofá rojo y raído adosado contra una pared y la butaca tras el escritorio de Al Z, butaca que en ese momento ocupaba el propio Al Z.

Vestía traje negro, camisa negra y corbata negra y llevaba el cabello gris peinado hacia atrás, adherido al cráneo, con lo que su enjuto rostro aún parecía más cadavérico que de costumbre. Se veían claramente los audífonos en sus pequeñas y puntiagudas orejas. Al Z venía perdiendo oído desde hacía unos años. Seguro que se debía a las detonaciones de tantas armas alrededor.

– Veo que ya ha sacado la ropa de verano -dije.

Bajó la vista para mirar su propia indumentaria como si la viese por primera vez.

– He estado en un funeral -contestó.

– ¿Lo ha organizado usted?

– No, he ido simplemente a presentar mis respetos a un amigo. Todos mis amigos se están muriendo. Pronto sólo quedaré yo.

Advertí que Al Z parecía bastante convencido de que sobreviviría a sus amigos. Conociendo a Al Z, supuse que probablemente tenía razón.

Señaló el sofá.

– Tome asiento. No recibo muchas visitas.

– No entiendo por qué, con un despacho tan acogedor como éste.

– Tengo gustos espartanos. -Sonrió y se recostó contra el respaldo de su butaca-. Vaya, vaya, éste es mi día de suerte. Primero un funeral y ahora resulta que Charlie Parker me hace una visita de cortesía. Después de esto seguro que se me cae la polla y se me mueren las plantas.

– Lamentaría mucho la desaparición de sus plantas.

Al Z estiró su largo cuerpo en la butaca. Era como ver desenrollarse a una serpiente.

– ¿Y cómo está el escurridizo Louis? Últimamente apenas tenemos noticias de él. Según parece, hoy día sólo mata para usted.

– Él siempre ha matado sólo para sí mismo -repuse.

– Si usted lo dice. La única razón por la que aún puede viajar en metro cuando visita Nueva York, señor Parker, es que su socio liquidará a cualquiera que haga algo contra usted. Sospecho que incluso me liquidaría a mí si fuese necesario, y yo me considero, en general, un hombre bastante agradable. Bueno, con algunas excepciones. -Movió la cabeza en un gesto de desconcierto-. Y ahora dígame, ¿qué puedo hacer por usted, aparte de dejarle salir vivo de aquí?

Esperaba que no hablase en serio. Al Z y yo habíamos tenido algún que otro roce en el pasado; en una ocasión me dio veinticuatro horas de vida para encontrar un dinero que habían robado ante las mismísimas narices del lugarteniente Tony Celli. Encontré el dinero y por eso seguía vivo, pero Tony el Limpio estaba muerto. Vi cómo Al Z lo mataba. El único aspecto que le causó cierta preocupación a Al Z de todo aquello fue el coste de la bala. Muchos de los hombres de Tony murieron en Dark Hollow, [2] debido en gran parte a los esfuerzos de Louis y míos, pero Tony fue el único pez gordo que cayó, y como lo mató el propio Al Z, nos libramos de buena parte de la presión. A su vez, nosotros aliviamos la presión que recaía en Al Z devolviendo el dinero que Tony había estafado, con intereses. Mi relación con Al Z podría servir para ilustrar la palabra «complicado» en el diccionario.

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[2] Véase El poder de las tinieblas, Tusquets Editores, colección Andanzas 553, Barcelona, 2004. (N.del E.)