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El exterior era para la gente sana, por eso no salía. Hasta sus visitas al buzón del correo, que se hallaba al final del jardín de delante de la casa (a una distancia de apenas cinco metros) lo ponían al borde de una inmensidad caótica. Esto lo hacía parpadear.

Fuera estaba eso que llaman mundo.

– ¿Le importa si empleo una grabadora? La última vez, si no recuerdo mal, no tuvo usted inconveniente. Rory me dijo que usted quería dejar algo muy claro.

– Sí…, pero, bueno, ya llegaremos a ello. Lo que quiero decir es que deseo hacer llegar un mensaje.

– Muy bien… ¿Cuándo comprendió usted que su padre…?

– ¿Que mi padre era un mal bicho? Cuando yo era pequeño, mi madre solía decirme que estaba enrolado en el ejército. Si tenía que estar fuera durante un año, mamá me decía que estaba en Vietnam. Y cuando yo objetaba que nosotros no teníamos tropas en Vietnam, me decía: «Bueno…, pues tu padre está allí. Es todo lo que sé.»

»Claro que entonces comenzaban a llegarnos todas esas cartas con sobres de papel oscuro, procedentes de Broadmoor y Strangeways, [14] hasta que finalmente se presentaba él, pálido como un pulpo. Todo ello alimentaba mis dudas. Pero por entonces, comprenda…, los delincuentes encontraron un nuevo juguete: la publicidad. Y todos se pusieron a hacer lo que estoy haciendo yo ahora. Conceder entrevistas.

Xan ya había contado anteriormente buena parte de todo esto: en entrevistas. Y las frases, y hasta párrafos enteros, los había expresado ya. Pero ahora había alguna cosa que parecía entorpecer su discurso.

– ¿Los delincuentes? Eso no tiene mucho sentido.

– No, no lo tiene. Pero todos les pagaban por ello. Pensaban que era una nueva y magnífica forma de enrollarse…, ya sabe…, de congraciarse con la poli. Pero esto puede tomarse por ambas partes. No vas a incordiar a un tipo que está pasando un tiempo a la sombra. Así que yo leía noticias sobre él, y después me iba de la lengua a propósito de cómo podían atraparlo por esto o por aquello, con lo que tenía que largarse por algún otro tiempo. ¿Dónde está ahora, mamá? ¿En Mozambique? En cualquier caso, no vas a enchironar a tu propio padre, ¿eh? O tu infancia.

– ¿Se mezcló usted con todo esto al hacerse mayor?

– Yo era el ojito derecho de mi madre, y ella tampoco era trigo limpio, pero estaba absolutamente en contra de la violencia. En cambio, yo era un luchador, recuerde. No me pregunte por qué, pero me encantaba una buena pelea. A veces iba a pubs de fuera; la clase de sitios donde la moqueta del suelo se te pega a los zapatos hasta casi sacártelos de los pies. Entras, pides una caña de cerveza bien grande, te bebes el contenido de un solo trago y después colocas el vaso boca abajo en la barra. Lo cual es como decir: «Quiero tenérmelas con cualquier tipo de aquí.» Siempre salía alguien que me mandaba tres meses al hospital, justo antes de que a papá lo enviaran a la cárcel. Aquello sacaba de quicio a mamá. Y con mi hermana, además, hecha ya una perdida… Pasé directamente del reformatorio a un internado en Littlehampton, en la costa sureste, que parecía un jodido cuartel; básicamente era una academia para pijos marginados. Un par de años de ese régimen y, después, literatura y arte dramático en Sussex. Cambié. Era un hippie. Pero aún era capaz de luchar. Y un hippie capaz de luchar tenía futuro.

– En la universidad fue usted un donjuán…

– Cualquiera podía ser un donjuán para ellas… en aquel entonces. Eran tiempos en que las chicas se iban a la cama contigo aunque no lo desearan en realidad. La presión del grupo, eso es lo que era… Y, si yo estaba por encima del término medio, era porque podía ofrecerles… pacifismo, desde una…, bien, desde una posición de fuerza. Yo andaba lleno de collares y pañuelos floreados, pero cuando aparecía por allí algún grandullón chiflado pisando más fuerte de la cuenta, yo le espetaba: «Huelo a sebo.» O me acercaba a un grupo de skinheads para decirles que eran una panda de jodidos fascistas. Si eres capaz de luchar, no tienes ninguna necesidad de luchar. Ni de acobardarte. Y a las chicas, digan lo que digan, eso les gusta. Ah, mira, muchacho… Me cansa hablar. Lo siento: aún no estoy muy fino.

– Si usted quiere, podemos… ¿Seguro? Una última pregunta, entonces. ¿Podría decirme algo acerca de su padre y de su tentativa de asesinato?

– De acuerdo. El marido de mi hermana Leda, Dios haya acogido su alma, le pegó una soberana paliza. Y papá le ajustó las cuentas. Le dio una buena tunda; dijo que gustosamente pagaría diez años por ello, y ésos fueron los que le echaron. Y, para acabar, voy a decirle otra cosa. El tipo que me envió tres meses al hospital fue él, Mick Meo. ¿Por qué? Yo había salido al patio, y allí estaba él, luchando a muerte con algún otro gilipollas loco. Forcejeé con él, y me sacudió. Tres meses. A la semana siguiente atizó a mi cuñado, que ya nunca volvió a caminar, y se fue a cumplir sus nueve años. Luego escapó, le pegó una somanta al alcaide de Gartree y lo mandaron a una celda de seguridad a que le revisaran los tornillos…

»No…, aguarde, aguarde… Comprenda…, yo rompí con el mundo de la delincuencia, pero esas cosas las lleva uno dentro. Uno sigue siendo un tipo despreciable para la policía. En América, los polis son los héroes de la clase trabajadora. Aquí son los perros de la clase trabajadora. Aquí los consideramos esquiroles, traidores… Aceptan un chelín de los ricos para cuidarles los trastos en la guerra de la propiedad. Se habla de honor entre los ladrones. ¡Chorradas! Pero sí existen reglas… Pues bien…, quien me cascó en octubre…, o hizo que me cascaran…, tengo la sensación de que creía que yo había acudido a la poli a contar historias. Pero eso fes algo que yo no haría nunca. Cuando la poli me… interrogó a propósito de la agresión, yo respondí que no recordaba nada. Y ya pueden seguir viniendo a preguntármelo, porque les diré que no recuerdo nada. No es verdad, pero es eso lo que les diré. Ya pueden meterme hierros candentes por el culo, que no diré otra cosa. ¿Comprende? Soy el tipo más amable del mundo… Ya sabe usted. En el coche, por ejemplo, siempre estoy con… «Pasa tú, querida…», «No, usted primero, por favor» y todo eso… Pero si alguien… Bueno, escupo en los ojos de quien me hizo o encargó que me hicieran eso. Y le digo: ¿Tienes algo contra mí? Oye, ven a decírmelo a la cara… Sí, da la cara, ¡maldito seas!

Incluso dormido, su rostro se desfiguraba y contraía.

Pero había también otros murmullos, como los que salían de detrás de las puertas entreabiertas que rodeaban a los enfermos, los imprevisibles y los violentos.

Pearl, cuando hablaba por teléfono con su marido, se mostraba despiadadamente sincera.

– ¿Querrías hablar con alguno de los chicos? En un minuto le diré a alguien que venga. Pero, primero, Xan, tengo que preguntarte por tu media naranja. Quiero decir, por…, ¿cómo es eso?…, por «la parte de tu relación que no ha sufrido el traumatismo craneoencefálico». Estará de luto, Xan, por la persona que fuiste en otro tiempo. Es muy natural. Aquí dice que los dos tenéis que «despediros» del «antiguo» Xan Meo…, el que era capaz de trabajar y ganarse la vida. ¡Se ha ido, Xan! Y ahora escucha: no temas llorar. Aquí dice que deberías hablar de los buenos tiempos. Mirar viejas fotos y llorar a moco tendido.

Xan no se había ido. Tenía que pensar que no se había ido. La realidad era como un débil sueño matinal. Te haces consciente de la escasa realidad que demuestra el sueño, y, en el curso de una revolución de terciopelo, te levantas; te levantas e intentas tomar el control de la narración falta de sentido…, para guiarla hacia el placer, o alejarla del temor. El sueño era débil, pero también lo estaba el soñador, hasta el punto de que podría llegar otra ola y sumergirlo.

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[14] Son los nombres de dos conocidos establecimientos penitenciarios británicos. (N. del T.)