– ¿Yo? -le había dicho a Russia en cierta ocasión-. Yo no mataría ni a una mosca.
Pero eso ya había dejado de ser verdad. Ahora se pasaba como mínimo una hora al día con un matamoscas y una lata de insecticida tratando de matarlas; de matar moscas, sí. A las avispas las dejaba en paz, si las niñas no estaban allí cerca; a las abejas las respetaba, y con las arañas -devoradoras de moscas- se sentía identificado, ya que eran las enemigas de sus enemigas. A las moscas les daba caza: y cuanto más gordas y peludas eran, mayor necesidad tenía de verlas muertas. Algunas parecían blindadas: como aviones de caza del siglo XX. Y cuando se frotaban las patas como lo hacían, ¿qué era? ¿Una anticipación de su ataque, o la satisfacción de la venganza que ya habían cobrado, la venganza de la fealdad? Xan sentía que aquella fealdad lo irritaba. Cuando se frotaban las patas, parecían estar afilando sus cuchillos.
Semejantes criaturas no podían ser despachadas con la fuerza bruta del matamoscas; el disgusto que le inspiraban no podía viajar por la mano y a lo largo del brazo hasta alcanzar la garganta y provocar las náuseas. «Tan potente que las verás caer», decía la leyenda del insecticida. Y él esperaba ese momento. Durante unos segundos zumbaban alrededor de su objetivo, como si la ráfaga fatal fuera algo que pudieran evitar aleteando. Pero estaba ya rodeándolas por todas partes, como la edad, como cualquier aflicción posible. Las alas se les encogían bruscamente, las tensas varillas de sus patas se rizaban como vello púbico. Eran como hombrecillos…, pero no morían como morimos nosotros. En los hospitales, incluso en las cámaras de ejecución, en las habitaciones más recónditas, los seres humanos no corren a estrellarse contra los vidrios de las ventanas o los espejos, ni caen luego al suelo zumbando rabiosamente y dando vueltas sobre sí mismos.
En cualquier caso…, ¿qué estaban haciendo allí, tan avanzada la estación del año? ¿Qué traición atmosférica las mantenía aún vivas? Eran carroña viva…, muertas ya, ya muertas.
A la casa de St George’s Avenue habían acudido pocos visitantes desde la noche de la agresión. Se presentaron tres o cuatro individuos de anchas espaldas y azulada barbilla luciendo trajes brillantes que estuvieron sentados con Xan aproximadamente una hora y no pararon de preguntarle si había molestado a alguien, y si alguno tenía cuentas pendientes con él de que no tuviera noticia. Al oír sus respuestas, los amplios hombros se encogían y las barbillas azuladas temblaban con aire grave. Finalmente, dejaron de ir. Xan tenía amigos entre los actores, amigos entre los directores, amigos entre los productores; estas personas (y Xan lo comprendía en parte, porque era una de ellas) no podían hacerse a la idea de contemplar el fracaso, la desgracia o la humillación de uno de los suyos. Sus amigos escritores quizá tuvieran una actitud diferente, pero, puesto que no tenía ninguno, puede decirse que también los escritores se apartaban de él. Iban a visitarlo los músicos con quienes solía tocar la guitarra; iban y siguieron yendo durante algún tiempo. Al igual que los chicos.
El martes de la tercera semana en casa, Russia llevó a cabo un experimento. Con una resignación no del todo falta de humor, había leído en los libros que a las personas «con lesiones en la cabeza a menudo les resulta más fácil relacionarse con personas ancianas, que tampoco pueden seguir el mismo ritmo rápido que cabe esperar de las personas de la misma edad que el herido». Muy bien, se dijo. Pero ¿qué piensan de esto los viejos? Y se estuvo pensándolo sentada ante su escritorio, con la cabeza inmovilizada entre las manos; se mordió luego el labio inferior y sus pensamientos fueron a posarse en los Richardson, un matrimonio que andaba por la setentena, buenos y viejos amigos ambos. Russia había tenido una larga conversación por teléfono con Margot Richardson; y Margot se había mostrado muy amable, resaltando su inmunidad a todos los extremos de aburrimiento, escándalo y alarma. O sea que siguió adelante con su proyecto.
Los cuatro -los Meo y los Richardson- estaban en la salita de estar del piso de arriba. Poco antes se habían presentado Billie y Sophie, con sus camisones y los cabellos rizados, recién salidas del baño, y habían sido objeto de un caluroso recibimiento. Russia se ocupaba de pasar una bandeja con las bebidas (una solitaria botella de Chardonnay, más todas las cervezas sin alcohol de Xan, sus refrescos, zumos e infusiones), en tanto que su marido estaba sentado de cara a sus invitados, con una expresión especialmente leonina esa noche: la boca curvada hacia abajo en las comisuras, grandes, soñolientas, tolerantes. Margot Richardson, más conocida como Margot Dresler, profesora emérita de Historia Moderna en la Universidad de California, estaba hablando acerca de la situación mundial, con especial referencia a Cachemira.
– Corresponde a Occidente -estaba diciendo en su estilo académico- establecer una cultura de guerra fría en el subcontinente. Comenzando por la fijación de la línea divisoria. Más conversaciones sobre limitación de armas, tratados para impedir pruebas nucleares, canales para el tratamiento de las crisis y el resto de los medios. Estuvimos cuarenta años librando una guerra así. Sabemos cómo hacerlo. Ellos, en cambio, no. Pero está, además, la cuestión de la religión. En el Gujarat te enteras de que un cabecilla local de poca monta se niega a decir «Hail Ram», y la siguiente noticia que te llega es que hay dos mil muertos. De un lado de la frontera está el nacionalismo hindú; del otro, el islam. Imagínense esto: una yihad, una guerra santa nuclear.
– Pakistán es una mierda -sentenció Xan Meo.
– … El término técnico para eso es perseveración -explicó Russia tras una pausa-. No te importa que lo diga, ¿verdad, cariño? Cuando tienes un accidente como el de Xan, puede ser que te quedes enganchado a algunas palabras o ideas. Parece que en nuestro caso es «mierda». -Sí, mierda, pensó, y cualquiera de sus no demasiado numerosos sinónimos-. Hay también un toque de Witzelsucht, o humor inadecuado. ¡Diantre, cómo le encanta a esa gente el término «inadecuado»! Pero ya se le pasará.
– ¡Pero es que Pakistán es realmente una mierda. La India es la India, pero Pakistán es una verdadera mierda. Lo crearon simplemente sobre un mapa. «Pakistán» es una abreviatura. Lo mismo hubieran podido llamarlo Kapistán o Akpistán. Una mierda, sí.
Margot se apresuró a asentir:
– Xan tiene razón en cierto modo. «Pakistán» es un acrónimo. Si perdieran Cachemira, se quedarían sin la ka. [19] Y tendría que ser… Paistán.
– En todo caso, merecería llamarse Krapistán. [20] Pero hay algo que no entiendo a propósito de la Partición. Algo que no comprendo a propósito de Pakistán. Tomas un país y lo transformas en dos países que están destinados a enfrentarse en una guerra. Y esto ocurrió… dos años después de Hiroshima. Que está a la vuelta de la esquina. Geográficamente. No hace falta ser un… ¿cómo se llamaba ese tipo? ¿Cosanostra…?
– Nostradamus.
– Eso. Nostradamus…
Mientras Xan proseguía, Russia tenía los ojos fijos en Lewis Richardson. Como suele ocurrir con muchos maridos de mujeres distinguidas, irradiaba de él una aprobación incesante y silenciosa. Las arrugas de su rostro, mientras hablaba Margot, temblaban levemente con sentimientos de ánimo, afecto y orgullo. Aquello le recordó a Russia que Xan había demostrado en ocasiones algo semejante hacia ella: una aprobación callada, pero expresiva. Un silencioso respeto que ahora ya no manifestaba.
– Sobre el tema de la mujer -estaba diciendo Xan- han ido para atrás. ¿Sabes cuál es el castigo que se aplica en el norte si te violan? Violarte. ¿Sabes una cosa, querida? -siguió dirigiéndose a Russia-, los libros están equivocados. No son los viejos quienes me tranquilizan. Son los jóvenes. Como los chicos. Porque ellos tampoco saben quiénes son.