»No salí hasta 1975, pues cumplí tres años más por mi participación en el llamado “motín del rodillo” en Winston Green. Y por ahora sigo en libertad: ya está bien de condenas. Como bien sabes tú, un hombre tiene que adaptarse y cambiar con los tiempos. Una petición de dos años más por lesiones me ofreció la ocasión de pensar. No llevaba mucho tiempo fuera cuando se me imputó un asesinato [clic] que había cometido realmente [clic], pero el caso fue sobreseído por falta de pruebas. Y Life tenía dieciocho años entonces. No, hijo, me dije a mí mismo. Es hora de pasar página. De empezar un camino distinto. Así que me fui y emigré a la Costa del Sol. Así empezó mi larga, y finalmente trágica, asociación con Keith el Serpiente. [Clic.]
»Métete esto en la cabeza. [Clic.] Usted no sabe nada de mí personalmente, pero mi nombre tal vez le sugiera algo. Dígame… ¿Le gusta leer? Yo jamás he leído mucho. Nunca encontraba el momento… Aunque no…, no era eso. Verá…, en la prisión es una forma más de fastidiarte. “¿Adónde habrá ido a parar tu libro, Jo? Deben de habérselo comido los ratones…” Y, después, una sonrisita. Con lo cual, tú te cabreas, y ellos ya te tienen pillado. Va con la vida allí. Yo nunca me acostumbré a leer en el trullo. No creo en la lectura. Se habla de tipos que han conseguido títulos por el jodido Oxford mientras estaban en chirona. Pero yo nunca soporté eso porque, en cuanto se ponían a leer, les daba por la religión y todo eso. Imagínese a tipos que se han cargado familias de seis miembros caminando con las manos cruzadas a la espalda…, rezando y todo eso. No lo aguanto. Si veo a un tío falso de ésos con una Biblia en las manos, me dan ganas de atizarle un porrazo. Sé bien lo que es verse privado de libertad, encerrado…, pero mis pensamientos son míos. Imagínese a los gemelos Kray [25] diciendo en su libro: “Las flores son sonrisas que Dios nos dedica.”
»Pero un día pasó por delante de mí el carrito de los libros. Y, al pasar, vi el lomo de uno de ellos titulado ¡Joseph Andrews! Mi primer pensamiento fue que alguien se había pasado y me había gastado una buena broma. Que alguien se había tomado la libertad de… de escribir la historia de mi vida sin haberme pedido permiso. Llamé a gritos al guardia, y así me enteré de que el nombre del fulano era Henry Fielding. Bien es cierto que luego me tranquilicé, al enterarme de que Joseph Andrews era una de las primeras novelas inglesas, publicada en fecha tan temprana como 1742. Me puse mis gafas de ver la tele para leerla, aunque reconozco que no le encontré ni pies ni cabeza al lenguaje que, por lo visto, empleaban en aquellos tiempos. Pero se dice algo al principio acerca de un buen hombre que es más… influyente que uno malo. Y son palabras muy sabias…
»Años después di con otro libro, en tres volúmenes, titulado Tom Jones. “Debe de ser la biografía del cantante”, pensé, del famoso autor de It's Not Unusual. Pero no: era sólo un libro del mismo tipo, Henry Fielding. Yo siempre he sido un fan de Tom Jones, y todavía hoy me subiría a un avión para ir a alguno de sus conciertos. It’s Not Unusual fue su mayor éxito, pero mi preferido es aún The Green, Green Grass of Home, sobre todo esta frase: “Me gustaría que pensaras en eso, si quieres: la verde, verde hierba del hogar.”» [Clic.]
Joseph Andrews llamó ahora a su amanuense, Manfred Curbishley: tirantes, una calva en forma de herradura por la parte de atrás de su cabeza, boca y ojos acuosos como ostras… Parecía que nunca hubiera salido de Londres, como si jamás hubiera abandonado el despacho de apuestas de Mile End Road. Y un rostro de bebedor, con su aspecto de acaloramiento: con sus mejillas rubicundas.
– Hay más -le dijo Joseph Andrews indicándole la grabadora con una inclinación de cabeza-, pero ya puedes empezar a traducir todo esto al inglés. Y quitar palabrotas… ¿Dónde está Rodney?
– Ha ido a acompañar a la señorita Susan al aeropuerto, jefe.
– Sí, claro, claro.
La pensativa mirada de Joseph Andrews (con cada trazo de su edad visible en el aire burbujeante) se posó en la carpeta verde, que estaba abierta sobre su mesa. Vio ahora que Cora había subrayado un nombre en uno de los recortes. Se puso las gafas: Pearl O’Daniel. Con un callado murmullo interior, se representó a su padre: Ossie O’Daniel. «Un buen hombre, un hombre de fiar, un hombre de principios: jamás aceptó nada de los guardias. Recuerdo una ocasión en que se presentó a pleno día con las vergüenzas al aire donde estábamos todos. Aquello ocurrió en Strangeways. Nos habían reunido a todos fuera para administrarnos un castigo. Nadie dijo nada acerca de Ossie y de su desnudez, ni siquiera los guardias. Aquella mañana le habían propinado veinticuatro golpes con la vara de fresno, así que era obligada cierta tolerancia; y, con mucho tacto, desviamos la vista para no verlo.»
7. NOSOTROS DOS
Brendan Urquhart-Gordon estaba en la cama con su ordenador portátil. Las imágenes que le servía la pantalla procedían de Oughtred; se trataba de duplicar, mediante el uso de «isosuperficies y trasposición volumétrica», el material de la princesa. Afortunadamente, las falsificaciones de las primeras imágenes no se podían distinguir de las originales -al menos, no a simple vista- y el fragmento de cuatro segundos, en el que la princesa se giraba en el baño, era, en apariencia, un simulacro perfecto hasta en las ondulaciones del agua. Pero el intento de modificar la última entrega del enemigo, quitándole la luz y la magia, era un obvio fracaso. Aquí la tecnología se estrellaba contra sus límites estructurales. Brendan podía notar cómo subía su temperatura corporaclass="underline" el casuista que era en su fuero interno estaba acusando la primera gran brecha en su defensa. Pensó (de nuevo): si el enemigo era capaz de indicar el momento y el lugar -el Château, la Casita Amarilla-, cualquier maldad quimérica podía convenirse en seguida en algo real, algo que hubiera que investigar, y los medios de comunicación…
La nueva imagen, reenviada esa misma mañana anónimamente a la Red, mostraba a la princesa en tres cuartos de perfil. Era una ampliación, y la calidad -la definición- parecía relativamente mala. Sin embargo, algo sí estaba claro: que la princesa no se hallaba sola. No se trataba de una sombra que se cerniera sobre ella: era una presencia implícita, exigida por la actitud de la princesa. Sus manos cruzadas sobre los hombros, el ángulo de su torso levemente apartado de un ser hipotético, su expresión… Esto era algo que la tecnología no podía captar: no podía captar la complejidad de la expresión de la princesa. Se la notaba sorprendida y extrañada también, pero no sobresaltada ni temerosa. Parecía intensamente preocupada, tal vez incluso levemente mareada. Pero la expresión de sus ojos y su penoso intento de mostrarse complaciente, con cortesía y buenos modales, no era algo que pudiera duplicarse.
Conservando puesto su pijama, y poniéndose encima todos sus jerséis, Brendan se vistió y fue a ver al rey. Lo encontró en su vestidor. Sentado delante de la chimenea apagada, con el rostro entre las manos. Sin levantar la mirada, Enrique le indicó algo que había en la mesita auxiliar. ¿Era una pelota de golf? No: una hoja de papel arrugada. A Brendan no le agradó ver cómo el rey la deshacía y alisaba, con el labio inferior tembloroso en pesarosa concentración, y se la pasaba luego con un suspiro que cerró sus ojos. Brendan le pidió y recibió permiso para encender la única resistencia eléctrica de la chimenea.