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Vuelve a ser como antes. ¡Oh, por favor, vuelve a ser el de antes! ¡Por favor, por favor! Vuelve a ser el grandullón calmoso, lento de movimientos, protector, afectuoso…, el hombre que me animaba y aprobaba como antes. Hasta que lo hagas, y eso es lo que vas a conseguir, tú y yo sólo podemos tener una clase de intimidad. Recuerda esa frase que nos hacía tanta gracia: entonar epitalamios. (Acabo de mirarla en el diccionario y se me han saltado las lágrimas…) Yo te era fiel y tú me eras fiel. Fidelidad es lo único que hemos tenido. Quita eso ahora, y no quedará nada. La fidelidad es el epitalamio. Nuestro epitalamio.

El último párrafo aludía a circunstancias tales como la de que Xan se había encontrado con la maleta hecha y encima de ella las llaves del apartamento bajo que tenía al otro lado de la calle y al hecho de que Imaculada le hubiera preparado la cama en él y hubiera aprovisionado ligeramente el frigorífico que tenía allí, entre otras cosas. Cuando leyó la carta por primera vez (y era ya la una y media del día siguiente), el primer impulso de Xan fue causar destrozos en la casa por valor de cincuenta mil libras. Cincuenta mil libras sería una cifra razonable. Pero la presencia, en la cocina, de Billie, Sophie e Imaculada fue suficiente para desbaratar su idea. En vez de ponerla en práctica, se limitó a preguntarle a Imaculada: «¿Cómo puede un hombre violar a su esposa? Porque es su esposa. ¡Y tú querías llamar a la policía, para que me encerraran! ¿Dónde está Russia? ¿Dónde, dónde, dónde?» Y se plantó allí con los puños en alto, tenso…

Más tarde hizo un esfuerzo para reconstruir la noche anterior, y consiguió montar más o menos el rompecabezas con un cargo de tarjeta de crédito de un restaurante indio próximo, un tatuaje temporal en su antebrazo (presumiblemente para permitirle entrar otra vez en algún tugurio o antro del que hubiera salido un rato), un posavasos del Cabeza de Turco y un vale para una colonia barata. En su cuadernillo de notas había escrito, además: «¡En blanco y negro! (un pajarito me lo dijo).» Aparte de una resaca que le duró cuatro días, éstas eran todas las pruebas con que contaba, y ninguna tenía sentido para él… La persona que ha sufrido un traumatismo craneoencefálico no puede recordar los momentos que lo llevaron a recibir el golpe; tal vez se trate de una estrategia de su mente, que le ahorra el dolor de revivirlo. Xan se preguntaba si la amnesia de la embriaguez no sería también un mecanismo autoprotector: si el recuerdo de lo que habías hecho la pasada noche, suficientemente fuerte y nítido, podría matarte en un instante. ¿Por qué recordar el momento en que perdiste todo cuanto tenías?

El apartamento que ocupaba ahora era una planta baja con un jardincito. Incluso en verano parecía una sepultura. Y no estaban en verano. Xan se puso en pie y entró en la cocina, donde había más luz (y hacía más frío). Por un momento creyó ver una figura humana moviéndose en los peldaños de piedra que conducían al descuidado y nada grato patio trasero. Pero no se trataba de una figura humana: era una bolsa negra de basura, en el proceso de cambiar de forma por su propio peso; una forma realmente muy baja en la escala de la existencia y que se inclinaría todavía más como un vagabundo en su chubasquero de plástico, para permanecer después silente e inmóvil en su ya incorregible hundimiento.

Xan se obligaba a sí mismo a releer la carta de Russia por lo menos un par de veces al día. Su penúltimo párrafo (¡por favor, por favor!), lo releía casi cada hora. Estaba en un terreno psicológicamente traicionero, pero se conformaba plenamente con él. Lo entendía, se sentía íntimamente familiarizado con éclass="underline" con el pensamiento de que Russia, cualquier cosa que fuera lo que estuviera haciendo, estaba siendo fiel a él. Rechazar a Russia era optar por la infidelidad…, una infidelidad que lo seducía más que nunca. Pero Xan aceptaba que lo que ella le decía era cierto. La fidelidad era la norma de su vida, y sin ella sería un hombre al agua, sin ningún punto adonde asirse.

La mujer le telefoneó al octavo día.

– ¿Diga?

– ¿Xan?

– ¿Sí?

– Bueno…, estoy aquí -dijo una voz agradable, educada, sin ninguna clase de acento-. Y he cumplido mi promesa. Estoy tumbada en el sofá de una habitación de hotel espaciosa y cálida, y voy vestida de niña pequeña. Lo que quiere decir que todo lo que llevo puesto es sumamente pequeño. Estas braguitas, en particular, son de lo más ridículas. ¿Cuándo vendrás?

– ¿Y tú quién eres?

– ¿Que quién soy? Soy Karla. Idiota.

– ¿Te conozco?

– ¡Oh, vamos…! -dijo Cora Susan.

CAPÍTULO SÉPTIMO

1. NOS MOVEREMOS SILENCIOSAMENTE

Tras un par de días viviendo solo, por su cuenta, en la planta baja con jardín del otro lado de la calle, Xan Meo comenzó a darse cuenta lentamente de una cosa. Antes, había vivido en una casa llena de chicas: dos que ya eran mujeres, otras dos que serían mujeres más adelante. ¿Y ahora? Ahora vivía con un hombre: él mismo; un hombre que se sentía despojado de todo, descubierto en su abyección. Xan no conocía los versos (y en su disposición actual los habría rechazado por inhumanos), pero estaba compartiendo la agonía de Adán tras la Caída: «… cubridme, pinos, cubridme, cedros, con innumerables retoños, ocultadme…». [26] Había caído. Era un septembrista, no un decembrista, pero encontraba muy envejecedora para él su exclusión de la casa con sus mujeres, a pesar de hallarse ésta a menos de cien metros de distancia…, a un minuto a pie. Russia, sin embargo, lo había enviado a un viaje mucho más largo a través del tiempo.

Derecho y con un pie sobre el asiento del váter, Xan se cortaba las uñas de los dedos de los pies…, tan estropeadas y encorvadas. La uña del dedo gordo se partió con un crujido, y las de los dedos siguientes emitieron un tic desafiante cuando las cortó. Sólo la uña del dedo pequeño no hizo sonido alguno. ¡Qué tacto y qué discreción mostró! Se desprendió silenciosamente.

Al leer las instrucciones del paquete de empanada de carne que había comprado en la tienda notó que un signo & mal impreso saltaba de palabra en palabra…, como la pelotita de la tele que salta botando de una sílaba a otra en la cancioncilla infantil para ayudar a que los niños la canten.

Al pasar por delante del espejo, desnudo, le pareció ver un Rubens en el cristal azogado. Aquello le mostró e hizo más acusados los michelines que advertía en su barriga y en los aledaños, pero se dijo que, en el fondo, no se encontraba más que a un par de centenares de movimientos intestinales de retraso. Que a Xan no le pasaba nada que un año en el retrete no pudiera curar. Pero… ¿encontraría ese año? ¿Tendría ese año?

Al despertar y restregarse el rostro, notó que una arruga de la almohada se le había marcado en la mejilla como la cicatriz de un duelo. Acababa de salir de un sueño en el que su cocina era un caos: baldes, posos de café y bolsas de basura volcadas. No había necesidad de limpiar todo aquello, pensó-, no después de los sueños; no hay ninguna necesidad de dejar los sueños tal como esperarías encontrarlos. Pero aquél era el sueño que se refería a un hombre que vivía solo. Por eso no debía permitir que aquella habitación acabara dominándolo: tenía que volver a su casa. Todavía notaba el costurón marcado en su mejilla mientras abría la puerta del frigorífico y almorzaba. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de la puerta del jardín: la viva imagen de un Junker: un cabeza cuadrada, paranoide, sin talento.

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[26] Es una cita de El paraíso perdido, de John Milton (1608-1674). A continuación se juega con el doble sentido de la palabra falclass="underline" la caída en el pecado, la caída de las hojas de los árboles, que define el otoño (fall). Consiguientemente, como se trata de septiembre, no es un decembrista, como el protagonista de un capítulo anterior, sino un septembrista. (N. del T.)