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Oyó entonces el pesado golpeteo de la ducha un piso y medio por encima de él; Russia estaría debajo del potente chorro, desnuda tras la mampara de vidrio.

– No voy a hacerte daño -dijo.

Se lavó y secó las manos… Sintió cómo los ojos de la niña se posaban sutilmente suplicantes en él, se abrían y a continuación se serenaban y alegraban en lo que interpretó como una muestra de confianza. Sólo entonces el dedo envuelto en crema buscó las partes íntimas de la pequeña.

Billie dejó escapar un suspiro de alivio; era ya cosa del pasado. Pero ahora estaba mirando más allá de él, y Xan, al volverse, vio que Russia, con los cabellos recogidos en una especie de turbante y enfundada en su albornoz, lo observaba inmóvil desde la escalera.

9. A OTHERVILLE

Rory McShane había disfrutado mucho en el pasado en sus tratos con Xan Meo. Lo había recibido en su casa varias veces, primero con Pearl y, más tarde, con Russia. Pero ahora que la carrera de Xan había sufrido obviamente un rudo golpe, Rory lo había transferido a otra parte de su mente, junto con aquellos a los que era mejor seguirles la corriente. Presumiblemente ya no tendría buenas noticias que darle; nunca más.

– ¿Cómo está Russia?

Xan dejó de mirar con el ceño fruncido y dijo, como para sí mismo:

– Me acerco por allí y llama a…, a las autoridades. ¿Puedes creerlo? Vas a tu propia casa y tu propia mujer telefonea a la maldita bofia. ¿Puedes creerlo? -Y se puso a fruncir el entrecejo de nuevo.

Rory se preguntaba si Xan estaría bebido: advertía en él una especie de creciente hostilidad, junto con la promesa de estar desarrollando un cambio nada recomendable en su personalidad. Pero decidió que estas emanaciones, más la mirada fija y la lengua amargada y torpe, eran probablemente consecuencias de haber recibido un fuerte golpe en la cabeza. Aun así, Rory se estaba mostrando especialmente cuidadoso en no provocarlo.

– Hay algún dinero en camino -decía Rory-. He estado haciendo números y todavía tienes que recibir algún dinerillo.

– Tengo dinero. Ése no es el problema. Tengo algún dinerillo, muchacho.

– Ya. De acuerdo. Si no te importa que te lo pregunte (y envíame a paseo, si quieres), ¿de dónde te ha venido ese dinero?

Xan dejó de fruncir el entrecejo y respondió:

– De mamá. De mi madre Hebe. Murió en la habitación que ocupaba en una casa adosada en el E4 de Effley Road. Era de esas ancianas que emplean cinco veces una misma bolsita de té. Sabíamos que tenía una buena suma en el banco. Cuando murió -y aquí volvió a arrugársele la frente, al recordar la tercera auditoría solicitada por Pearl-, resultó que no sólo era dueña de la casa en que vivía, sino de toda la calle. Diecinueve casas adosadas, ocupadas por mil novecientos patels, que es como los llama la policía. Bengalíes de Bangladesh. Una casera de inmigrantes sin recursos. Pero, cuando pusimos todo en orden… y después de tirar un pastón en… reparaciones y todo eso, aún nos quedó una buena tajada. Era un monstruo mi madre, pero yo la adoraba. -Cerró los ojos y añadió-: Una fabulosa mujer de negocios. Así que no es por el dinero, compañero. Es por el trabajo. No puedo escribir y no estoy en condiciones de… salir a escena, de actuar. Estoy acabado. Pero la escena me hará revivir, seguro. Búscame un trabajo.

Y frunció el ceño nuevamente.

– Te noto envejecido…

– Hago gimnasia. Arriba, abajo; arriba, abajo; dentro, fuera. Vamos allá, pues: Karla White.

– Oh, sí… Karla White. Dudaba en hablarte de eso. Pero, sí. Karla White.

– Cuéntame.

– Has tenido una…, digamos, una oferta… de Fucktown…, Lovetown o Sextown, [30] como quieras llamarlo.

– ¿No es allí donde tienen un francotirador?

– Todavía sí. La Asesina de Sextown. Y aún sigue en libertad.

– ¿«La» asesina? -Apenas lo había dicho cuando Xan recordó que ésa era una de las clásicas ocurrencias de Rory. Porque Rory (cincuentón, cabellos largos y muchos divorcios a cuestas) fingía pensar que todos los malhechores eran mujeres. Alguien le decía: «Anoche robaron en mi casa.» Y él preguntaba: «¿Cómo entró la ladrona?» Y si alguno se quejaba: «Me han asaltado cuando venía hacia aquí», su siguiente pregunta era: «¿Iba armada?»

– Tampoco podrán atraparla, además. No pueden. ¿Sabes algo de Lovetown? La gente del porno… Cuando los creyentes de Washington comenzaron a tomar medidas en contra de ellos, la gente del porno encontró una escapatoria legal y trasladaron a toda su banda al valle de San Sebastiano, el Pequeño Hollywood, en el sur de California. Es un estado dentro de un estado. De manera que su Departamento de Policía, que consiste en un único hombre, no puede contar con la ayuda federal. ¿Y a quién le importa, si allí todos los que reciben un balazo son gente del porno? ¿Quién se va a preocupar porque, pongamos, a Coño Casey lo han herido en un brazo? Son los designios de Dios.

– Todo porno.

– Todo porno. Pornotown. Othertown, En cuanto a esa supuesta oferta para ti… Han sido anglófilos durante algún tiempo…, mucho antes del asunto de la princesa. Muchas chicas son inglesas: English Rose, Brit Isles. Greta Britain, Unity Kingdom… Y los hombres se dan a sí mismos nombres que tienen que ver con la escena británica. Y títulos: Sir Phallic Guinness, Sir Polla Tiesa Hopkins, Sir Dork Bogarde, por ejemplo. Lo que les gusta ahora es contratar a destacados actores para que interpreten papeles de «característicos», como los llaman. Algunos de mis clientes más jóvenes lo han hecho.

Y le citó unos cuantos actores que a Xan le resultaban más o menos conocidos.

– Pagan una miseria. Como a una estrella de segunda fila del rock. Pero, para una estrella del rock, tener una amiga porno está considerado como un grandísimo éxito.

– ¿En qué consistiría el trabajo?

– Bueno…, no tendrías que follar en la pantalla, y tampoco que actuar. Supongo que lo tuyo sería un papelito de mirón. Ya sabes: te aprendes tu, llamémoslo, papel en el taxi que te llevará a una villa mora cuyas dependencias serán antros de vicio. Habrán pergeñado una especie de guión en el que tú estarás presente mientras, por ejemplo, Brit y Polla Tiesa follan. -Rory se inclinó sobre la pantalla de su ordenador-. Mmm. Normalmente es como una parodia de una oferta de Hollywood: Prestigio, Ahorro, Presupuesto para cama, Salario de tres cifras. Pero esta oferta parece muy razonable. Más que razonable por un solo día de trabajo. Bueno…, así es Karla White. Es la que hizo Princesa Lolita… La nueva película se llamará Corona de azúcar, y tú harías el papel de Ramsés el Grande. ¿Sabes qué pienso que deberías hacer? -propuso Rory diligentemente-: Participa en algunos talleres. Da algunas clases. Tómatelo con tranquilidad. Y vuelve a ser el de antes.

Al igual que los otros vestidos de oscuro, los que eran atraídos a la ciudad por la mañana y liberados cada día a las siete de la tarde, volvió a su apartamento con una bolsa de plástico que contenía sus compras: provisiones para una persona. Calentó y comió unos cuantos bocados sabrosos, pero sin saber bien de qué eran, y bebió el vino tinto…, aunque no todo. Por espacio de casi una semana, sus mediodías y sus tardes habían sido viajes a la inconsciencia: despertaba en un apartamento donde, en apariencia, la noche anterior habían estado de juerga trece o catorce personas. Pero entonces, una mañana, mientras se exasperaba en el banco de gimnasia bajo los efectos de sus propios gases y ácidos, pensó que estar borracho era una forma de decir que, en tu opinión, el universo no tenía sentido. No, más aún: de decir que pensabas que el universo era una mierda. Y él dudaba de que ésa fuera su idea. Esa noche, pues, permaneció sobrio y se sentó mirando la pared. Estaba sobrio cuando se metió en el dormitorio y miró por la ventana la casa al otro lado de la calle: aquél era su status quo ante; era donde había estado hasta entonces.

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[30] Fucktown, «la ciudad de la jodienda», Lovetown, «la dudad del amor», Sextown, «la ciudad del sexo». (N. del T.)