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—Desde luego —dijo Dios—. Será un honor.

—Para nosotros también, Alteza —se apresuró a decir Ptaclusp, siempre leal a la monarquía.

—Me refería a que será un honor para vosotros —dijo el gran sacerdote.

Se volvió hacia el patio que se extendía entre el río y la base de la pirámide, una gran explanada en la que se alineaban filas de estatuas y estelas conmemorativas de las grandes hazañas del faraón Teppicamón XXVII,[18] y extendió un dedo.

—Y ya podéis ir quitando eso —añadió.

Ptaclusp reaccionó con una mirada entre inocente y abatida.

—Esa estatua —dijo Dios—. Me estoy refiriendo a esa estatua de ahí.

—Oh. Ah. Bueno, pensamos que cuando la vierais en su sitio… eh… con la luz adecuada y todo eso, y tampoco hay que olvidar que Chist-Hera el Dios con Cabeza de Buitre es muy…

—Esa. Estatua. Fuera —dijo Dios.

—Como desee Vuestra Reverencia —murmuró Ptaclusp con un hilo de voz.

En aquellos momentos la estatua era el menor de sus problemas, pero había empezado a obsesionarse pensando que nunca conseguiría librarse de ella.

Dios se inclinó sobre él.

—No habréis visto a una joven rondando por aquí, ¿verdad? —preguntó.

—Oh, aquí no hay mujeres, mi señor —dijo Ptaclusp—. Traen muy mala suerte.

—Ésta iba vestida de una forma bastante provocativa —dijo el gran sacerdote.

—Nada de mujeres, nada de mujeres.

—El palacio no está lejos, ¿comprendes? Y aquí debe haber muchos sitios en los que esconderse —insistió Dios.

Ptaclusp tragó saliva. Oh, como si no lo supiera. ¿Que podía haberle impulsado a… ?

—Os aseguro que aquí no hay ninguna mujer, Vuestra Reverencia —dijo.

Dios le observó durante unos momentos más con el ceño fruncido, acabó volviéndose hacia Teppic y descubrió que ya no se encontraba allí.

—¡Por favor, pedidle que no estreche la mano de nadie! —gritó el constructor de pirámides mientras Dios echaba a correr tras los distantes destellos que el sol arrancaba a la máscara dorada. El faraón seguía pareciendo incapaz de comprender que lo último que deseaban sus súbditos era tener un hombre del pueblo como monarca. Los trabajadores que no consiguieron apartarse a tiempo del camino de Teppic se apresuraron a esconder las manos detrás de la espalda.

Ptaclusp se había quedado solo. El constructor de pirámides se abanicó con la mano y fue tambaleándose a refugiarse en la sombra de su tienda.

Donde le estaban esperando Ptaclusp IIa, Ptaclusp IIa, Ptaclusp IIa y Ptaclusp IIa. La presencia de un contable siempre hacía que Ptaclusp se pusiera un poquito nervioso, y cuatro contables juntos suponía una experiencia casi insoportable especialmente cuando los cuatro eran la misma persona. También había tres Ptaclusp IIb; los otros dos —a menos que ya fuesen tres—, estaban supervisando los trabajos de construcción.

Ptaclusp alzó las manos y las movió en un gesto entre cansado y conciliador.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo—. Vamos a ver, ¿cuáles son los problemas de hoy?

Un IIa le alargó un montoncito de tablillas de cera.

—Padre, ¿tienes alguna idea de lo que es el cálculo? —preguntó utilizando el tono de voz estridente y afilado como una navaja que emplean los contables para que sirva de prefacio a la exposición de un acontecimiento inesperado que va a salir carísimo.

—Explícamelo tú —replicó Ptaclusp dejándose caer sobre un taburete.

—Es lo que he tenido que inventar para hacer las hojas de salario y cuadrarlas —dijo otro IIa.

—Creía que eso era el álgebra —dijo Ptaclusp.

—Dejamos atrás el álgebra la semana pasada —dijo el tercer IIa—. Ahora estamos de cálculo hasta las cejas. He tenido que desdoblarme cuatro veces para resolver los problemas que plantea, y hay tres yo trabajando en… —Lanzó una rápida mirada a sus hermanos—, en la contabilidad cuántica.

—¿Y para qué sirve eso de la contabilidad cuántica? —preguntó su padre con voz cansada.

—Ya te lo explicaré la semana que viene. —El líder de los contables clavó los ojos en la primera tablilla de cera—. Por ejemplo… ¿Conoces a Lu-Khas, el pintor de frescos?

—¿Qué pasa con él?

—Él… Es decir, ellos han presentado una factura por dos años de trabajo.

—Oh.

—Dicen que corresponde a lo que hicieron el martes. Afirman que es algo relacionado con la naturaleza fractal del tiempo.

—¿Han dicho eso? —preguntó Ptaclusp.

—Es sorprendente lo que se les llega a pegar oyendo conversaciones por ahí, ¿verdad? —dijo uno de los contables fulminando con la mirada a los arquitectos paracósmicos.

Ptaclusp vaciló.

—¿Cuántos hay?

—¿Cómo quieres que esté seguro? Sabemos que había cincuenta y tres, y a partir de ahí han entrado en fase crítica. Oh, no cabe duda de que se les ve por todas partes… —Dos IIa se sentaron y formaron un puente con los dedos, lo que siempre es mala señal en cualquier persona que tenga cualquier tipo de relación con el dinero—. El problema —siguió diciendo uno de ellos—, es que después del entusiasmo inicial un montón de trabajadores se han desdoblado de forma extraoficial para poder quedarse en casa y enviarse a sí mismos a trabajar.

—Pero eso es ridículo —protestó Ptaclusp con un hilo de voz—. No son dos personas distintas. Todo lo que hagan se lo estarán haciendo a sí mismos, ¿no?

—Eso nunca ha detenido a nadie, padre —dijo IIa —. ¿Cuántos hombres han dejado de emborracharse hasta caer redondos a los veinte años para impedir que un desconocido muriese de complicaciones hepáticas agudas a los cuarenta?

Hubo un lapso de silencio mientras todos los presentes intentaban entender lo que acababa de decir.

—¿Que un desconocido… ? —preguntó por fin Ptaclusp con voz vacilante.

—Me refiero a él mismo con más años —aclaró secamente IIa—. Eso era filosofía —añadió.

—Ayer un cantero se dio una paliza a sí mismo —dijo un IIb con expresión lúgubre—. Empezó a discutir consigo mismo por su mujer. Ahora se está volviendo loco porque no sabe si el que recibió la paliza es una versión anterior de él o alguien que todavía no ha sido. Tiene miedo de que le pille desprevenido y se vengue. Y hay problemas aún peores, papá. Estamos pagando salarios a cuarenta mil personas, y sólo tenemos dos mil empleados.

—Estás a punto de decir que acabaremos en la bancarrota —suspiró Ptaclusp—. Ya lo sé. Todo es culpa mía. Yo sólo… Sólo quería dejaros algo que valiera la pena, ¿entendéis? No esperaba que las cosas se complicaran hasta estos extremos. Al empezar me pareció que todo iba a ser tan sencillo…

Un IIa carraspeó para aclararse la garganta.

—Las cosas… Eh… Las cosas no están tan mal como parece —dijo en voz baja.

—¿Qué quieres decir?

El contable colocó una docena de monedas de cobre sobre la mesa.

—Bueno… Eh… —murmuró—. Veréis… Eh… Se me ha ocurrido que ya que hay tanto movimiento temporal en marcha, pues… No hay ninguna razón para que las personas sean las únicas que se desdoblen. ¿Veis estas monedas?

Una de las monedas de cobre se desvaneció apenas hubo acabado de hablar.

—Todas son la misma moneda, ¿verdad? —preguntó uno de sus hermanos.

—Bueno… Sí —respondió el IIa. Parecía sentirse muy incómodo, quizá porque interferir con el divino flujo del dinero era un concepto totalmente desconocido para su religión personal—. Son la misma moneda con intervalos de cinco minutos.

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18

Los escultores encargados de los frisos habían tenido que hacer un considerable esfuerzo de imaginación. El difunto faraón había poseído muchos atributos excelentes, pero el de llevar a cabo grandes hazañas no figuraba entre ellos. La puntuación era: Número de enemigos convertido en polvo bajo las ruedas de su carro = 0. Número de tronos aplastados bajo sus divinas sandalias = 0. Número de veces en que sus piernas de coloso habían abarcado el mundo = 0. Por otra parte: Reinados de terror = 0. Número de veces que las sandalias del enemigo habían aplastado el trono del Viejo Reino = 0. Rostros de pobres pisoteados = 0. Número de cruzadas ruinosas emprendidas = 0. En definitiva, podía decirse que su vida había sido un empate a cero.