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Un día, precisamente cuando acabábamos de cenar, Belle me dijo:

—¿Vuelves al taller, cariño?

—Desde luego; ¿por qué?

—Bien, porque Miles va a reunirse con nosotros allí.

—¿Cómo?

—Quiere celebrar una junta de accionistas.

—¿Una junta de accionistas? ¿Para qué?

—No será larga. La verdad es, cariño, que en estos últimos tiempos no te has preocupado mucho de la parte comercial de la compañía. Miles quiere atar algunos cabos sueltos y concretar ciertas políticas.

—Me he dedicado intensamente a la ingeniería. ¿Qué otra cosa crees que tengo que hacer para la compañía?

—Nada, querido. Miles dice que no será largo.

—Pero ¿qué ocurre? ¿Es que Jack no es capaz de manejar la línea de montaje?

—Miles no dijo de qué se trataba.

Miles nos estaba esperando en la planta y me dio la mano como si no nos hubiésemos visto desde hacía un mes. Dije:

—¿Miles, de qué se trata?

—Trae el programa, ¿quieres? —le dijo a Belle.

Eso solo debería haber bastado para hacerme comprender que Belle había mentido al decirme que Miles no le había dicho de qué se trataba. Pero no se me ocurrió… Diablos, ¡me fiaba de Belle!… y mi atención fue requerida por otra cosa, pues Belle se dirigió a la caja, hizo girar el botón y la abrió.

Dije:

—Y de paso, cariño, anoche intenté abrirla, y no lo pude conseguir. ¿Has cambiado la combinación?

Estaba manipulando papeles, y no se volvió:

—¿No te lo dije? La patrulla me pidió que la modificase, después de aquella alarma de robos que hubo la semana pasada.

—Ah… Pues me tendrás que dar los números, o de lo contrario a lo mejor una de estas noches tendré que llamaros por teléfono a una hora absurda.

—Desde luego.

Cerró la caja y puso una carpeta sobre la mesa que utilizábamos para las conferencias.

Miles carraspeó:

—Empecemos.

—Está bien —contesté—. Querida, puesto que se trata de una reunión oficial, puedes empezar a tomar notas… Bueno… Miércoles, dieciocho de diciembre, 21 horas veinte minutos, presentes todos los accionistas… Pon nuestros nombres. Bajo la presidencia de D. B. Davis, presidente del consejo de administración. ¿Queda algún asunto pendiente?

No quedaba ninguno.

—Bien, Miles; es cosa tuya. ¿Algún asunto nuevo?

Miles carraspeó:

—Deseo revisar la política de la compañía, presentar un programa para el futuro, y hacer que el consejo considere una propuesta de financiación.

—¿Financiación? No digas tonterías. Tenemos excedente en efectivo, y cada mes nos va mejor. ¿Qué ocurre, Miles? ¿Es que no estás contento con lo que sacas? Podríamos aumentarlo.

—Con el nuevo programa pronto no nos quedaría efectivo sobrante. Necesitamos una estructura financiera más amplia.

—¿Qué nuevo programa?

—Por favor, Dan. Me he tomado el trabajo de escribirlo detalladamente. Deja que Belle nos lo lea.

—Bueno… Está bien.

A semejanza de todos los abogados, a Miles le gustaban las palabras polisilábicas. Miles quería tres cosas: a) Quitarme Frank

Flexible, entregárselo a un equipo de ingenieros productores, y sacarlo al mercado sin más demora; b)… Pero yo le interrumpí ahí:

—¡No!

—Espera un momento, Dan. Como presidente y gerente general tengo sin duda derecho a exponer ordenadamente mis ideas. ahórrate tus comentarios y deja que Belle acabe de leer.

—Bueno… está bien; pero la respuesta sigue siendo que no.

El punto b) trataba en realidad de que dejásemos de ser una empresa de un caballo. Teníamos algo muy grande, tan grande como lo había sido el automóvil, y habíamos entrado en el asunto al principio; por lo tanto teníamos que ampliarnos en seguida y montar una organización para la venta y distribución en el país y en el extranjero, con una producción correspondiente.

Empecé a tamborilear sobre la mesa. Podía verme jefe de ingenieros de una empresa semejante. Probablemente ni siquiera me dejarían tener un tablero de dibujo, y si agarraba una lámpara soldadora el sindicato se declararía en huelga. Tanto valdría que me hubiese quedado en el ejército y que hubiese intentado llegar a general.

Pero no interrumpí. El punto c) decía que no era posible hacer tal cosa a base de céntimos; se necesitarían millones. Empresas Mannix estaban dispuestas a aportar el capital, lo cual en realidad significaba que venderíamos cuerpo y alma y Frank Flexible a Mannix, y que nos convertiríamos en una corporación afiliada. Miles se quedaría de gerente de división y yo como ingeniero jefe de investigaciones, pero los días de libertad habrían terminado: los dos estaríamos a sueldo.

—¿Es eso todo? —dije.

—Pues sí… Discutámoslo y pongámoslo a votación.

—Debería haber ahí algo que nos concediese el derecho a sentarnos por la noche a la puerta de la cabaña y cantar canciones espirituales.

—No se trata de un chiste, Dan. Así tiene que ser.

—No me burlaba. Un esclavo necesita ciertas libertades para que esté tranquilo. Bueno, ¿me toca a mí, ahora?

—Di lo que quieras.

Hice una contrapropuesta, que hacía algún tiempo había ido formándose en mi cabeza. Quería que abandonásemos la producción. Jake Smith, nuestro jefe del taller de producción, era una persona competente; no obstante, continuamente me tenía que alejar de mi cálido centro creador para resolver dificultades de producción, lo cual era algo así como ser sacado de un lecho caliente para ser sumergido en un baño helado. Esa era la verdadera razón por la cual había estado haciendo tanto trabajo nocturno y me había mantenido alejado del taller durante el día. Ahora que estábamos montando más edificios con excedentes de guerra, y se estaba pensando en un turno de noche, veía llegar el momento cuando me faltaría paz y tranquilidad para crear, aun cuando rechazásemos ese desagradable plan de ponernos a la altura de General Motors y de Consolidated. Desde luego, yo no era un par de gemelos, y no podía ser al mismo tiempo gerente de producción e inventor.

De modo que propuse que en vez de ampliarnos nos redujésemos: otorgar licencias para Muchacha de Servicio y Willie Ventanas, y dejar que otros los construyesen y los vendiesen, mientras nosotros cobrábamos nuestro porcentaje. Cuando Frank Flexible estuviese a punto también lo otorgaríamos bajo licencia. Si Mannix quería las licencias y pagaba más que los demás, ¡magnifico! Entre tanto adoptaríamos el nombre de Corporación de Investigaciones Davis y Gentry, y la mantendríamos limitada a nosotros tres, con un mecánico o dos para ayudarme con los nuevos modelos. Miles y Belle podrían limitarse a contar el dinero a medida que iba entrando.

Miles movió lentamente la cabeza:

—No, Dan. Admito que otorgar licencias nos produciría algo de dinero, pero no tanto, ni mucho menos, como ganaríamos si lo hiciésemos nosotros mismos.

—Pero Miles, la cuestión es que no lo haríamos nosotros. Sería vender nuestra alma a los de Mannix. En cuanto a dinero, ¿cuánto quieres? Solamente se puede utilizar un yate o nadar en una sola piscina en un momento dado… y antes de terminar el año puedes tener ambas cosas, si es que las quieres.

—No las quiero.

—Pues, ¿qué es lo que quieres?

Alzó la vista:

—Dan, tu quieres inventar cosas. Este plan te deja que lo hagas, con todas las facilidades y toda la ayuda y todo el dinero del mundo. Yo, lo que quiero es dirigir un gran negocio. Una empresa verdaderamente grande. Tengo talento para ello. —Lanzó una mirada a Belle—. No tengo ganas de pasarme aquí la vida en medio del Desierto de Mojave, como gerente comercial de un inventor solitario.

Me quedé mirándole:

—No hablabas así en Sandia. ¿Quieres salirte, Pappy? Belle y yo, lamentaremos mucho que te vayas… pero si eso es lo que deseas, supongo que podría hipotecar esto, o buscar alguna otra solución, y comprar tu parte. No quisiera que nadie se sintiese atado.