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Y puse las instrucciones sobre el certificado de las acciones.

Pensé que la había convencido pero no tocó ninguna de las dos cosas. Las miró y al cabo de un instante dijo:

—¿Danny?

—¿Si, Ricky?

No quería levantar la mirada y su voz era tan baja que apenas la podía oír. Pero sí la oí.

—Si me presento, ¿te casarás conmigo?

Mis oídos me zumbaron y las luces parpadearon. Pero respondí con seguridad y con voz mucho más fuerte que la suya:

—Sí, Ricky. Eso es lo que quiero. Es por lo que estoy haciendo todo esto.

Aún tenía otra cosa que dejarle: un sobre preparado con la inscripción «Para ser abierto en caso de fallecimiento de Miles Gentry». No se lo expliqué a Ricky; sólo le dije que lo guardara. Contenía pruebas de la abigarrada carrera matrimonial y demás de Belle. En manos de un abogado, sabía que una demanda sobre el testamento de Miles no pudiera siquiera discutirse.

Luego le di mi anillo de clase del Técnico (era todo lo que tenía, y le dije que era para ella): estábamos prometidos.

—Es demasiado grande para ti, pero puedes guardarlo. Tendré otro para cuando despiertes.

Lo sujetó con fuerza en su puño.

—No querré a ningún otro.

—Bueno. Ahora es mejor que te despidas de Pet, Ricky. Debo marcharme; no tengo ni un minuto que perder.

Abrazó a Pet y me lo devolvió, me miró fijamente a pesar de que las lágrimas le corrían por la nariz dejando unas marcas claras.

—Adiós, Danny.

—No me digas «adiós», Ricky, sino «hasta luego». Te estaremos esperando.

Eran las diez menos cuarto cuando regresé al pueblo. Un helicopterobús salía para el centro de la ciudad dentro de veinticinco minutos, de modo que fui en busca del único almacén de automóviles usados y realicé una de las transacciones más rápidas de la historia, vendiendo mi coche por la mitad de su valor a cambio de dinero en efectivo. Me quedó solamente tiempo para meter a Pet de contrabando en el autobús (no quieren a que gatos que se marean en el aire) y llegamos a la oficina de Powell poco después de las once.

Powell estaba muy molesto porque yo había anulado mis disposiciones para que la Compañía de Seguros Mutuos administrase mi patrimonio, y se mostraba particularmente dispuesto a sermoneame por haber perdido mis papeles.

—No resulta muy fácil pedir al mismo Juez que apruebe su depósito dos veces durante las veinticuatro horas. Es de lo más irregular.

Le enseñé unos billetes, dinero resplandeciente, con unos números muy bonitos.

—Déjese de broncas Sargento. ¿Quiere usted mi asunto o no? es que no, dígalo, y se lo llevaré a Valle Central. Porque yo quiero ir hoy.

Siguió furioso, pero accedió. Luego gruñó sobre lo de añadir seis meses al período de sueño frío y no quería garantizar una fecha exacta para el despertar.

—Los contratos generalmente se extienden por «más o menos de un mes», a fin de tener en cuenta posibles incidentes administrativos.

—Pues este contrato no. Este contrato dice 27 de abril de 2001. Lo que no me importa es si pone arriba Mutuos o Valle Central. Señor Powell, yo compro y usted vende. Si usted no vende lo que quiero comprar, me iré donde me lo vendan.

Modificó el contrato y ambos pusimos nuestras firmas.

A las doce en punto estaba de vuelta para mi examen final ante ~ el médico. Me miró.

—¿Ha permanecido sobrio?

—Sobrio como un juez.

—Eso no es una recomendación banal. Ya veremos. —Me examinó casi con tanto cuidado como lo había hecho «ayer». Por fin dejó su martillo de goma y dijo—: Me sorprende. Está usted en mucho mejor estado que ayer. Es algo sorprendente…

—Doctor, no lo sabe usted bien.

Cogí a Pet y lo tranquilicé mientras le daban el primer sedante. Luego me tumbé y les dejé que se ocuparan de mí. Imagino que podía haber esperado otro día, o incluso más, pero la verdad es que estaba desesperadamente impaciente por regresar al 200l.

A eso de las cuatro de la tarde, con la cabeza de Pet descansando sobre mi pecho, y sintiéndome muy feliz, me deslicé de nuevo hacia el sueño.

12

En esta ocasión mis sueños fueron más agradables. El único desagradable que recuerdo no fue muy malo, sencillamente frustrante. Era un sueño frío, en el que me encontraba perdido por pasillos que se ramificaban, probando todas las puertas que encontraba, pensando que la siguiente sería la Puerta al Verano, donde Ricky me estaría esperando al otro lado. Pet entorpecía mi marcha «siguiéndome» por delante, con esa exasperante costumbre que tienen los gatos de pasar y pasar entre las piernas de quienes tienen la seguridad de que no les van a pisar o dar una patada.

A cada nueva puerta Pet pasaba por entre mis piernas, miraba, descubría que afuera todavía era invierno, y daba la vuelta, casi atropellándome.

Pero ninguno de los dos abandonó su convencimiento de que la puerta siguiente sería la que buscábamos.

Esta vez me desperté con facilidad, sin sentirme desorientado. La verdad era que el médico se sintió algo molesto de que lo único que yo quisiera fuese el desayuno, el Times del Gran Los Angeles, y nada de charla. No creí que valiera la pena decirle que aquella era mi segunda vez. No me hubiese creído.

Había una nota aguardándome, fechada una semana antes: era de John.

Querido Dan, Está bien, me rindo. ¿Cómo te las arreglaste?

Contra los deseos de Jenny accedo a tu demanda de no irte a esperar. Ella te envía su cariño, y confía en que no tardarás mucho en venir a vernos… He intentado explicarle que esperas estar ocupado durante algún tiempo. Los dos estamos bien, aunque yo tengo cierta tendencia a andar en ocasiones en que antes corría. Jenny es aún más hermosa de lo que era antes.

Hasta la vista, amigo,

JOHN

Posdata: Si lo que incluyo no es suficiente, llámame por teléfono; hay mucho en el mismo sitio. Creo que no nos ha ido mal.

Pensé en llamar a John, para saludarle y plantearle una idea colosal que se me había ocurrido mientras dormía: un dispositivo para que el baño dejara de ser una tarea para convertirse en un placer sibarítico. Pero por fin decidí no hacerlo; tenía que pensar en otras cosas. De modo que hice unos apuntes mientras la idea aún estaba fresca, y me dormí un rato, con la cabeza de Pet metida en mi sobaco. Me gustaría poderle curar esa costumbre: resulta halagador, pero muy pesado.

El lunes, 30 de abril, salí y fui a Riverside, donde tomé un cuarto en la vieja Posada de la Misión. Como era de esperar, pusieron reparos a que llevase un gato a mi cuarto, y un botones automático no se deja ablandar por las propinas, lo cual no es una ventaja. Pero el ayudante de la gerencia se mostró más flexible; estaba dispuesto a escuchar razones, siempre que fueran crujientes. No dormí bien, estaba demasiado excitado.

La mañana siguiente, a las diez, me presenté al director del Santuario de Riverside.

—Doctor Rumsey, me llamo Daniel B. Davis. ¿Tienen ustedes aquí en depósito a un cliente llamado Federica Heinicke?

—Me imagino que puede usted identificarse.

Le enseñé un permiso de conducir emitido en Denver, y mi certificado del Santuario de Forest Lawn. Los miró y luego me miró a mí.

—Creo que debe salir hoy. —Pregunté con ansiedad—: ¿Por casualidad hay alguna cláusula que me permita estar presente? No me refiero a la rutina del proceso, sino en el último momento, cuando esté a punto para el estimulante final y vuelta a la conciencia.