Después de la cena, pasamos al salón y observé que el administrador no pasó con nosotros, aunque no se despidió formalmente. Simplemente, no estaba allí. Fue entonces cuando la madre de Alejandro, con la taza de la infusión entre las manos, me miró fijamente.
– Me recuerdas a alguien -dijo-, te debes de parecer a alguien que conozco. Llevo un rato dándole vueltas.
– Aurora conoce a la señora Holdein, la institutriz alemana de la tía Carolina -dijo Alejandro, dispuesto a contar toda la historia de las fotos, pero fue la tía Carolina quien lo interrumpió, ante la mención de la señora Holdein.
– ¡Pobre mujer! -exclamó-. Estuvo visitándome hace poco. Hacía años que no la veía. De no haber estado advertida de su llegada, no la hubiera reconocido. No se casó y anda por el mundo como alma en pena. Fue una mujer muy vistosa. Cuando estuvo en nuestra casa, la gente del pueblo venía a verla. Tenía un pelo que parecía de oro -dijo, acariciando las gruesas cadenas de oro que pendían de su cuello-. Mi padre lo decía siempre: hay que saber envejecer -concluyó.
Alejandro aprovechó su silencio para hablar de las fotos y de la coincidencia que nos había hecho conocernos.
– Muy curioso, sí -dijo la tía Carolina, sin convicción, e inmediatamente fijó su atención en Félix, que había seguido el relato de Alejandro con gran atención.
– ¿Cómo has dicho que te llamabas? -preguntó, sin aguardar respuesta-.¿Qué tal lees?
Félix le devolvió una mirada desconcertada.
– Me gusta que me lean en voz alta -dijo nuestra anfitriona, a modo de explicación-. Si te vas a quedar unos días aquí, hay que buscarte alguna ocupación. Los días son largos y es bueno tener algo que hacer. ¡Tengo ganas de volver a escuchar la lectura de esa novela tan estupenda! -suspiró-. Hace mucho que nadie me lee. Mira -dijo, alzando su mano y apuntando con el dedo índice hacia una vitrina llena de libros-, está allí, en el segundo estante. Es el libro naranja y azul. Cógelo, por favor. Vamos a hacer una prueba.
Félix se levantó, abrió la vitrina y cogió el libro.
– Muy bien -dijo la tía de Alejandro-, te escucho.
Félix se sentó con el libro abierto. Su voz se alzó, clara y potente:
– "1801: estoy de vuelta después de haber hecho una visita al propietario de mi casa, único vecino que pueda preocuparme. En realidad, este país es maravilloso. Yo no creo que en toda Inglaterra hubiese podido encontrar un lugar más apartado del mundanal bullicio. Es el verdadero paraíso para un misántropo; y el señor Heathcliff [1] y yo parecemos la pareja más adecuada para compartir este desierto. ¡Qué hombre magnífico! De seguro se hallaba lejos de imaginar la simpatía que me inspiró al sorprender cómo sus ojos se hundían en sus órbitas, llenos de sospechas, en el mismo instante en que yo detenía mi caballo, y cómo sus dedos se escondían con huraña resolución aún más profundamente en su chaleco, cuando le dije mi nombre".
Félix levantó los ojos hacia la tía de Alejandro.
– ¿Sigo? -preguntó.
– Ya es bastante, gracias -dijo ella, con voz satisfecha-. Lo has hecho muy bien.
Nuestra anfitriona nos dirigió una mirada de superioridad, como si estuviera instalada en una tarima o en un púlpito.
– No hay novela comparable a ésta -dictaminó. Algo más condescendiente, volvió a señalar la vitrina-. Es la biblioteca de mi madre. Se pasaba las tardes leyendo, hasta que perdió la vista. Araceli se ofreció entonces a leerle en voz alta. Tiene una voz estupenda, y mucha entonación. Para mi madre, ése era el mejor rato del día. Se pasaba el día esperándolo.
La tía Carolina agitó una campanilla y la joven que nos había acompañado a nuestros cuartos apareció en el salón, vestida con un uniforme negro de raso y el pelo recogido, esta vez anudado con un lazo también negro. Ayudó a la señora a levantarse y le ofreció su brazo, mientras ella murmuraba:
– Es hora de retirarse. En los pueblos nos acostamos muy pronto.
Desde la puerta, sin muchas ceremonias, nos deseó las buenas noches.
Nos habíamos levantado y habíamos contemplado su lento desfile por el cuarto. Nuevamente vi los ojos de Félix prendidos en la chica.
– Voy a tomar una copa -dijo Alejandro, dirigiéndose hacia un armario que resultó ser un mueble-bar- ¿Qué queréis tomar?
Convertido de nuevo en nuestro anfitrión, pidió hielo y preparó las copas. Sirvió a su madre una copa de anís, sin preguntarle nada, y en el momento en que se inclinó sobre ella para dársela, vi que sus miradas se cruzaron, confiadas y cómplices. Los envidié.
Tomamos aquella copa y al fin la madre de Alejandro se levantó y nos deseó las buenas noches. Alejandro volvió a sentarse en su butaca y perdió sus ojos en la pared de enfrente. Su mirada no guardaba ninguna semejanza con la mirada huraña y desconfiada de Heathcliff, ni aquel cuarto era en absoluto parecido al que había habitado Heathcliff. Pero el aire enrarecido de la novela cuyo inicio acababa de ser leído en voz alta se había quedado flotando sobre nuestras cabezas. Y deseé tener las dotes de observación del viajero Lockwood [2] y su capacidad para escuchar serenamente apasionadas historias.
Al día siguiente, después del desayuno, conocimos a Araceli, que había iniciado las lecturas en voz alta en aquella casa. Estaba con la madre de Alejandro en la galería, una prolongación acristalada del cuarto de estar, que rebosaba de plantas y estaba protegida del sol por cortinas de estampado de flores. En medio de tanto color, Araceli no desentonaba. Era difícil decidir qué parte de su atuendo o su maquillaje era más llamativo. Se podía empezar por el pelo rojo o por la sombra morada de sus ojos, o por los zapatos verdes. Se levantó de un salto en cuanto nos vio y dio dos besos a Alejandro. Luego a mí. Me preguntó qué me parecía la casa. Fue la única persona en "Nuestro Retiro" que me hizo algo de caso.
Pero no me dio mucho tiempo a comunicarle mis impresiones, porque la dueña de la casa hizo su aparición y centró todas las atenciones. Seguía vestida de negro, pero con menos cadenas de oro sobre su pecho. Araceli la abrazó como si hiciera mucho tiempo que no la veía, y alabó su aspecto. Sin embargo, en seguida comprendí que aquella visita era cotidiana y que seguramente se intercambiaban las mismas frases todos los días.
– ¿Te vas a quedar a comer? -preguntó la tía Carolina.
– Hoy no puedo. Tal vez mañana -dijo Araceli, con acento apesadumbrado.
– Nunca puedes.
– Tengo mucho trabajo -replicó Araceli-. Y no tengo más remedio que trabajar. Tengo seis hijos y quiero que salgan de aquí. Ya me dirás qué futuro tienen en el pueblo. Pero mañana haré todo lo posible para quedarme. Mañana tengo la tarde libre.
Su amiga la miró con escepticismo.
– ¿Y Félix? -preguntó Alejandro.
– Desayunamos juntos -dijo la tía Carolina con un deje de satisfacción en su voz-. Luego se fue al pueblo. Demetrio le prestó la moto.
Araceli nos miraba interrogante y la madre de Alejandro explicó que Félix era un amigo de su hijo que había venido a reponerse de una enfermedad. La tía Carolina añadió en tono satisfecho y algo retador que era un chico muy educado y que leía estupendamente, con mucha entonación. La madre de Alejandro me sonrió entonces y creí percibir cierto brillo irónico en sus ojos.
Abandonamos "Nuestro Retiro" después de comer. Nos despedimos de las señoras de la casa, encomendando a Félix a su cuidado, subimos al coche y emprendimos el camino de vuelta. Antes de dejar la finca, volví la cabeza. Félix estaba sentado en las escaleras de piedra, como el perfecto guardián de la casa. Sonreía al frente con mirada soñadora. Asomada a una de las ventanas del piso de arriba, vi a la doncella de la tía de Alejandro, con el cabello suelto sobre los hombros. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, sobre la escalinata de la entrada.