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Luis llevaba más de diez años viviendo en Valencia. Había encontrado allí un trabajo en un banco francés, por lo que sólo iba a Barcelona en Navidades y algún que otro fin de semana. Aunque había vivido con varias mujeres, desde que hacía más de un año rompiera con la última, con Clara, parecía decantarse cada vez más por la vida de soltero. En esto, como en tantas otras cosas, los dos hermanos habían desmentido las apariencias y la opinión de todos aquellos que creyeron que Antonio nunca se casaría.

En la radio, con la lluvia de fondo, una mujer hablaba ahora de un problema de impotencia de su marido. Decía que un médico le había dicho que podía ser la ansiedad y el estrés. Pronunciaba esta última palabra con una acentuación incorrecta, lo que delataba en ella un bajo nivel social y cultural. Desde su micrófono falsamente maternal, la locutora se regocijaba con el morbo de sus preguntas.

– Irene, ¿crees que haces todo lo que a él puede excitarle?… ¿sabes si tu marido ha tenido en su vida alguna experiencia homosexual?

Lejano al diálogo radiofónico, sin reparar en esas palabras sin sentido que se perdían en el repiqueteo del agua sobre el coche, Luis recordaba ahora los ilusos reproches de su hermano cuando tenía dieciocho años, su ingenuidad al intentar convencerle de la importancia de luchar para cambiar el mundo y de no convertir sus vidas en la mera reproducción de la de su padre o en el homogéneo resultado de los convencionalismos de un colegio de jesuitas. Antonio llegó a estar seguro de que la única manera de desmarcarse de la forma calvinista de entender el trabajo que tenía su padre era escapándose de casa. Hasta que éste murió, cuando Antonio todavía no había terminado la carrera, Luis había sido por contra el típico hermano responsable que sintoniza con su progenitor. El señor Enrique López, abogado mercantilista pasado al mundo de los negocios, acumuló durante los años prósperos de los planes de desarrollo una fortuna considerable. Abrió varios restaurantes y hoteles, pero su incontrolada ambición por crecer le llevó a apostar demasiado fuerte por una urbanización en Comarruga que no funcionó. Sus empresas se endeudaron y se descapitalizaron hasta que, al no poder hacer frente a las deudas, llegó la quiebra. Los últimos meses de Enrique López fueron sumamente difíciles. A la angustia económica se agregó la angustia existencial motivada por un cáncer de garganta. A pesar de ser sólo un joven estudiante de derecho, Luis estuvo bien informado de los acuciantes problemas de su padre; le hacía pequeñas gestiones y, cuando apenas le quedaron ánimos para ir al despacho, cuando su voz se enronqueció hasta lo incomprensible, su hijo mayor permaneció tardes enteras acompañándole. Por el contrario, algunos años antes, Antonio había ocasionado no pocos disgustos a la familia, como el de su escapada de varios meses de convivencia hippie en una masía de Gerona o el pequeño escarceo con la heroína. Frente al firme propósito de Luis de abrirse camino profesional, Antonio era un progre convencido de que su futuro seguiría otros derroteros menos «enajenantes».

Identificado más con su madre, Antonio veía a su padre como la víctima de una religión equivocada. La señora López se sentía atraída por la música. Antonio la había acompañado muchas veces a escuchar conciertos al Palau, lo que creó entre ellos una complicidad de la que no participaban su padre ni su hermano. Ella había cursado estudios de piano, aunque, desde hacía mucho tiempo, sólo se animaba a tocar en contadas ocasiones. Decía que ya lo había perdido todo y que lo hacía muy mal. Sólo cuando Antonio le pedía que tocara algunas piezas de Satie o Mompou, intentaba recordarlas y las interpretaba muy despacio para no equivocarse. Con su madre hablaba de música y de las imágenes y de los climas que sugieren algunas melodías. Escuchaban juntos a compositores españoles como Albéniz, Granados o Falla y compartían también su atracción por Ravel y Debussy. A él le sorprendía que a ella le gustaran compositores como Stravinsky o Schönberg y que incluso apreciara el jazz (sobre todo algunas cantantes como Billie Holiday o Sarah Vaughan). Con su padre, en cambio, Antonio tendía a mostrarse displicente y le contrariaba con frecuencia desde posiciones orgullosas y retadoras. Cuando Enrique López se metía con su pelo largo y su vagancia, le respondía con acritud e insolencia y le recriminaba sin remilgos que sólo pensaba en el dinero y que su vida era vacía y «unidimensional». Fue después de uno de estos enfrentamientos cuando Antonio se marchó por primera vez de casa dando un portazo. Su padre le había reprochado su decisión de estudiar filología en lugar de económicas y habían llegado a insultarse alzando la voz. Estuvo dos días sin llamar y la señora López culpó a su marido por inflexible y duro. Cuando regresó permanecieron más de un mes sin hablarse, con la tensión que eso generaba en las comidas y en las cenas. Luego se reconciliaron y se prometieron que un incidente como el ocurrido nunca más se volvería a repetir. A los pocos días de la reconciliación, incitado por su mujer, Enrique López le propuso a Antonio que le acompañara en un viaje a Nueva York. La idea le pareció muy bien porque, entre otras cosas, no conocía Estados Unidos. En Nueva York se instalaron en el hotel Royalton, esa reliquia de la posmodernidad que una amiga bastante esnob de la familia les había recomendado.

Luis recordaba ahora, mientras conducía bajo la lluvia, la minuciosidad con la que Antonio le contó después ese viaje; la habitación doble en la que se hospedaron, las sábanas que se amontonaban inexplicablemente en el hall como si aguardaran la sangre de una virgen, la inmensa concha-urinario que recibía las gotas doradas con música de violines, mientras surgían en espiral creciente unas cintas de perfumes azulados que espumeaban hasta producir una repugnante ebullición verdosa. Por la noche, siguiendo las recomendaciones de la amiga esnob, fueron a cenar al River's Café, lugar idóneo para el romanticismo urbano desde donde se visualiza la panorámica imagen del Brooklyn Bridge y del skyline de Manhattan.

Antonio, en su ingenua juventud, pensaba que al menos en ese viaje debía tratar de compartir con su padre la mayor parte de cosas que le fuera posible. De pronto, una sonrisa se esbozó en sus labios: puestos a compartir, por qué no hacerlo con las drogas que tanto, pensaba, favorecen la comunicación. Le divirtió la idea de que su padre tomara medio ácido lisérgico (más podría ser demasiado para él). Qué extrañas asociaciones produciría en esa mente acostumbrada a los negocios la psicodelia del LSD. Tal vez su existencia se transformaría, se volvería más dulce, le subiría el sueldo al chófer, llevaría a mamá a un concierto en París… Tal vez, por el contrario, imaginara que los balances de la urbanización de Comarruga se agrandaban y le perseguían, mientras que de la concha-urinario salían cifras amenazadoras hasta ahogarle en una estela intratable de números rojos… Naturalmente, lo diluiría en el café con leche de la tarde sin que se diera cuenta. [11]

Después de cenar, Enrique López comenzó a sentirse mareado y se desabrochó la corbata y el primer botón de la camisa. Cuando un poco más tarde se incorporó para ir al lavabo a mojarse la cara, se sintió tan raro que le dijo a su hijo que llamara a una ambulancia. Pero Antonio, sabedor del origen de esas sensaciones, le recomendó que se tranquilizara, que sólo podía ser una bajada de tensión, que irían inmediatamente al hotel a descansar y que lo único que tenía que hacer era intentar dormir hasta el día siguiente. Al llegar al hotel, Enrique López comenzó a tener alucinaciones, comenzó a decir que la decoración del hall le parecía maravillosa (mucho más maravillosa que la de sus propios hoteles, que ahora rememoraba en la distancia con una tristeza inconsolable) porque conseguía transmitir «algo misterioso y como de encantamiento». Cuando llegó a la habitación y orinó en la concha rosada, se vio preso de una irreprimible melancolía que le hizo llorar y abrazar a Antonio en un gesto que recordaba la emoción y el candor de los héroes antiguos. Hasta su voz no parecía la suya:

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[11] Harold Bloom ha notado aquí un conflicto patemo-filial en el propio autor. Según Bloom, este pasaje refleja la ansiedad de la influencia que siente Gilabert a partir de cobrar conciencia de su propio padre. Harold Bloom, The Gilabert's Paternities in López and I (Yale Literature Review, New Haven, 2003).