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– Hijo mío, cómo he podido pasar por alto tantas veces el cariño que te tengo; apenas cierro los ojos y me viene a la memoria aquella tarde en la que te di por primera vez la mano, cuando comenzabas a andar en el jardín del Turó Park.

– No, papá, yo también te he perdido el respeto con frecuencia a pesar de que en el fondo también te quiero mucho.

Entonces se abrazaron y lloraron durante unos entrañables minutos, quedándose luego en silencio hasta que, repentinamente, les entró una risa floja del todo incontrolable. Tal era la calidad extraordinaria de la sustancia alucinatoria compartida, tal fue el soberano colocón contraído en esa especie de regresión a la infancia de Antonio, que durante largas y traviesas horas de júbilo, padre e hijo se pusieron a saltar en pijama sobre el colchón de sus camas, saliendo luego al pasillo para correr como locos por los salones y dejarse deslizar a gran velocidad sobre el bruñido parquet de madera de los corredores. Alguien protestó en la recepción, y el propio director estuvo persiguiéndoles como si fueran dos niños que se burlaban abiertamente de él. Por fin, cuando el máximo responsable del hotel se vio incapaz de atraparles, mandó llamar al servicio de seguridad, servicio que consistía en un negro inmenso cuyas manos redujeron al señor López hasta esposarle. «Déjame jugar con mi hijo, negro de mierda, no ves que es la primera vez que lo hago en mi vida», gritaba fuera de sí y con los ojos desorbitados.

Al día siguiente, el señor López no recordaba nada; sólo le dijo a Antonio que cuando llegó al hotel la noche anterior debía de estar muy cansado y mareado, pues se metió en la cama y tuvo una extraña pesadilla que ya no era capaz de recordar. Por pudor, Antonio no quiso desmentir el equívoco, ni mucho menos contarle la causa que había propiciado su artificial exaltación afectiva. Antonio entendió que esa experiencia, que para él había sido enteramente real, sería del todo ilusoria para su padre, al creerla soñada (aunque ya El Griego sabía que somos sombras de un sueño).

Al llegar a Barcelona, la lluvia había amainado y, con el incipiente claror del día, las luces de las farolas y los semáforos perdían su intensidad cromática en el reflejo brillante del asfalto. A lo lejos se dibujaban las curvas rojas de la caravana de coches que entraba lentamente en la ciudad. Luis pensó que él no era más que una lucecita en esa serpiente de infinitos destinos. En la Diagonal, unos hombres con impermeables de color amarillo barrían y amontonaban las hojas mojadas, mientras que los madrugadores basureros cargaban y volteaban ruidosamente los containers. De repente, un gato negro salió detrás de un camión de basura y cruzó a gran velocidad sin que a Luis le diera tiempo ni a poner el pie en el freno. Escuchó el inevitable golpe sordo y lo notó crujir debajo de las ruedas. Se detuvo a más de cincuenta metros del animal, puso el intermitente, bajó y se acercó. El gato se movía dando saltos como un pez recién salido del agua. Era impresionante verlo en esa enloquecida dispersión última de energía. Un basurero dejó su tarea para contemplarlo y Luis se sintió desconcertado, culpable.

– Si lo llevo corriendo a un veterinario, a lo mejor…

– Ése no dura ni un minuto -dijo el basurero con aire de seguridad.

En efecto, el animal siguió dando saltos sobre el asfalto y de golpe se quedó quieto y empezó a sangrar por la boca bien abierta en una mueca de pánico. Luis permaneció durante un rato mirando el cadáver inmóvil del gato, sin saber qué decir.

– Tranquilo, ya lo sacaremos nosotros.

– No me ha dado tiempo ni a tocar el freno.

– Casi cada día hay alguno que se mete debajo de las ruedas de alguien. Los gatos, ya se sabe…

Se despidió y regresó al volante. Qué extraño -se dijo mientras conducía de nuevo-, ¿cómo podía haber cruzado tan decidido hacia su muerte en una avenida tan grande y desierta en la que el ruido del coche habría tenido que ser evidente con bastante antelación? Pensó en las siete vidas de los gatos, [12] en la posibilidad de un suicidio del animal, en la relación y en el significado que esta muerte accidental pudiera tener con la de su hermano. Hasta el día gris y nublado que despuntaba en la ciudad parecía el decorado propicio a una muerte sin fin.

Al llegar a la plaza Francesc Macià, se situó en el lateral de la Diagonal y torció en Villarroel hasta llegar al Hospital Clínico. Como no encontró aparcamiento dejó el coche en doble fila, con el intermitente puesto. Al salir, notó el mal cuerpo del frío y del sueño. Se estremeció con ese encogimiento de estómago que provoca el miedo en la fatiga. Se detuvo, encendió un cigarrillo y aspiró con energía el humo como intentando llenar la oquedad que se abría ahora en su mente. La entrada del hospital le recordó el día en que Antonio se tomó su primer ácido lisérgico, a los dieciséis años. Había llamado a casa asustado y le pidió a Luis que no dijera nada a sus padres y que viniera a buscarle al bar Zurich de la Plaza de Cataluña. Luis lo encontró en un estado calamitoso y febril; tiritando, le confesó que le daba miedo volver a casa antes de que se le hubiera pasado el efecto. Hablaba con dificultad, describiendo maravillosas alucinaciones y terribles sensaciones de pánico. Había estado en las Ramblas con una puta y, en el mismo momento del orgasmo, había sentido su cabeza a punto de estallar y su cuerpo, repetido en el espejo del techo, fundiéndose y derritiéndose con el de la mujer, hasta gotear un líquido fluorescente sobre un pavimento ondulante que se movía como un oleaje. Decidió llevarlo al hospital para que le dieran un calmante que le rebajase el efecto de la droga. Ahora, próximo a verle muerto, estaba atravesando el mismo portalón grande de aquella noche, el mismo suelo de tonos oscuros, la misma rocalla con plantas de plástico, la misma fuente incesante que parecía querer paliar los momentos de dolor.

– Buenos días, soy el hermano de Antonio López Daneri; ingresó cadáver anoche.

– ¿El del premio? -preguntó una mujer con indiferencia profesional.

– Sí.

– Está en la sala de autopsias, al fondo del pasillo a la derecha.

Desde el otro lado del corredor, un grupo de periodistas le había oído y se abalanzaron sobre él acercándole a la boca sus pequeños magnetófonos. Le preguntaron por la novela, pero él respondió que no sabía nada de ella. Luego le siguieron por el pasillo, agobiándole y casi deteniéndole en ocasiones.

– ¿Qué quiso decir su hermano antes de morir?

– Por favor, dejadme tomar un café y luego hablamos. Estoy muy cansado, no he dormido en toda la noche, vengo desde Valencia conduciendo; ahora sólo quiero ver a mi madre. Además, yo no sé nada, ni siquiera que mi hermano hubiera escrito una novela.

No pudo quitárselos de encima ni en la puerta de la sala de espera. Allí estaba su madre vestida de negro, enrojecida y llorosa, con un gran pañuelo mojado y arrugado en las manos. Estaba sentada, como dormida, abrazada a la señora Rodenas. Al ver a Luis, ésta le apretó un poco las manos, despertándola de la sedación.

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[12] En la biblioteca de Tubingen se conserva una tesis doctoral, Die Kabahstiche Bedeutung der Nummer Neun (La importancia cabalística del número nueve) de Marcelo Yarmohnski, en la que se explica por qué en la cultura anglosajona se eleva de siete a nueve el número de las vidas del gato.